Son las pelotas

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Marjaliza (un nombre que suena siempre como un ruido habitual: el ruido de unos pasos, el motor de un coche, el aviso de un teléfono...), es como un monstruo que viviera en las cloacas...

 

En un país como España, carcomida por el político comisionista (un político y un comisionista o todo en uno), nos hemos acostumbrado a asistir a un partido de tenis (no es el fútbol, no, el deporte nacional) entre derecha e izquierda, que al fin y al cabo es lo natural. Puede que, de este modo, el bipartidismo no se acabe nunca, como las corridas de toros (hay un bipartidista potencial en cada uno de nosotros como un taurino y un no taurino), porque tiene las raíces profundas a pesar de que sus actuales representantes aparezcan en la superficie como livianas florecillas silvestres. A esta supervivencia contribuyen los medios (en ellos también hay un bipartidista), cuya cesión de espacio a los partidos emergentes, con alguna excepción notable, es la que se concede al sobresaliente y no al matador. Los medios tienen sus debilidades, como cada individuo (quizá habría que atender más a la naturaleza), y uno asiste a un discurrir de nombres, nombres extraños, casi estrambóticos, que se suceden con insistencia sin que se acierte casi nunca a ubicarlos con propiedad. Son las pelotas que van de un lado a otro de la red. Unos hablan sin cesar, por ejemplo ahora, de Marjaliza. Marjaliza (un nombre que suena siempre como un ruido habitual: el ruido de unos pasos, el motor de un coche, el aviso de un teléfono…), es como un monstruo que viviera en las cloacas (del Estado o de las calles, no se sabe) o como un adjetivo, peyorativo, por supuesto, que alcanza a todos, no sólo a quienes en realidad alcanza, que son muchos. Si uno es marjalizado puede darse por muerto, aunque efectivamente no muera aquí donde los políticos viven a resguardo, criogenizados como Walt Disney o como Rita Barberá, que va camino de dejar el mito del cineasta en anécdota si no existiera Manuel Chaves. El político es una cara, por lo general (hoy en el Congreso podemos encontrar, principalmente, una esfinge, una cara de Bélmez, una coleta y un busto, por este orden), que casi siempre acaba torciendo el gesto y algo más cuando le aparece un Marjaliza, una pelota que no esperaba, que perfectamente podría ser también un López López, incluso admitir pulpo como animal de compañía: bipartidismo puro. 

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