Soy un vendedor

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Ha pasado el jueves marrón y el viernes negro. También el lunes cibernético.

 

Ya pasaron las ofertas, gangas e ilusiones con las que llega corriendo a Nueva York–y a tantos hogares de este país– la Navidad. Los mercaderes, esos que George W. Bush equiparó el año 2001 con los soldados patriotas que aterrizaron en las calles de Kabul y Kandahar para vengarnos del movimiento talibán («Si quieres ayudar a tu país, sal a comprar. Gasta») han conseguido, por segundo año consecutivo–desde el 2011 el viernes negro empieza a la medianoche del jueves de Acción de Gracias–, que algunos ilusos acampen por varias noches frente a las tiendas de electrodomésticos; y que salgan felices con sus pantallas planas gigantescas por menos de 100 dólares; y con sus teléfonos de última generación por 69 dólares.

 

No sé cómo se sentirán los compradores compulsivos al ver que los siguientes días la misma oferta sigue en Internet; en las pantallas de Amazon, eBay o en tantas otras que inundan mi correo electrónico una semana después, con mensajes como éste: «Cyber Monday is back!».

 

Debe ser una sensación única, aquella de que tu futuro–tus ilusiones del futuro–dependan de que alguien meta la mano en el bolsillo y saque la tarjeta de crédito o unos cuantos billetes. Nunca fui un vendedor. Corrijo: nunca fui un buen vendedor. Sin embargo, el mundo se mueve con el color del dinero. Se vende y se compra; y –al parecer– así avanzamos.

 

Fui un pésimo vendedor en Newyópolis. Recorrí alguna vez las calles de esta ciudad, pensando en aquel cortometraje memorable escrito y dirigido por el peruano Augusto Tamayo: Mercadotecnia. En esa peliculita de 10 minutos, Tamayo retrataba algunos días en la vida de un joven limeño bueno para nada; quien gracias a sus contactos ingresa a trabajar como vendedor de enciclopedias. El joven sale de sus reuniones de mercadotecnia convencido del éxito; gritando a todo pulmón «¡Soy un vendedor!» La tragedia del vendedor de enciclopedias evoluciona en la Lima de los años 70s, puerta por puerta.

 

Así sigue siendo la vida del vendedor en el siglo XXI y en el primer mundo. Yo lo comprobé en Nueva York, entre Brooklyn y Queens; como uno más entre los miles de valientes vendedores de a pie.

 

Estaba sin trabajo y una compañera argentina me dijo que allí se podía hacer buen dinero. Dediqué dos sábados consecutivos a charlas motivacionales en un pequeño local en Queens, donde me enseñaron los secretos para vender–en cómodas cuotas–los universalmente reconocidos filtros de agua y juegos de ollas de Royal Prestige. Vendí un filtro y unas cuantas ollas a mis familiares; y dejé muy pronto el negocio, al darme cuenta de que nadie en el equipo «profesional» de ventas era capaz de absolver un pequeño reclamo de una prima a la que le vendí mi primer filtro. ¿Cómo le das la cara a tu primer cliente, para decirle que si quiere devolver el producto, o que se lo cambien, va a tener que cubrir los costos del envío?

 

Era un negocio casi estrictamente dirigido por dominicanos. Mi jefa directa, en nuestra primera incursión callejera (en un supermercado de Brooklyn, donde repartíamos cupones a cambio de información); me informó que los dominicanos eran los más gastadores de todos los neoyorquinos. Dijo que ellos compraban a manos llenas; y que aprovecharse del derroche de sus compatriotas había sido el secreto para su rápido ascenso en los rangos ejecutivos de su prestigiosa corporación multinacional.

 

Acompañé a mi amiga argentina en unas visitas a los arrabales de Queens. Edificios inmundos, sin pintar, infestados de ratas, donde vivían los más pobres entre los pobres. Allí llegó mi amiga con la información de unos cupones; lista para venderles un filtro a los residentes: «Para proteger la salud de sus hijos, pues la calidad del agua es muy mala, debido a las cañerías viejas y a los rastros de plomo». No logró venderles el filtro de agua, pero sí les vendió un filtro para la ducha, pues el que ellos tenían–mucho más barato, del supermercado– había sido mordido por una rata. Era casi surreal ver al hombre de la casa, un mexicano pizzero que decía ganar casi 500 dólares a la semana y vivía en un pequeño estudio, al parecer con una familia de 8 personas; mostrarnos la manguera con las mordidas del roedor visibles en la manguerilla de plástico. Mi amiga, por supuesto, le vendió un filtro más caro, con manguerilla de acero inoxidable.

 

La siguiente visita fue a una mujer a quien sus ollas Royal Prestige carísimas, garantizadas de por vida, después de su primer uso, se le habían cubierto de un color negro imposible de ser arrancado. Empezó a quejarse con calma y terminó arrancándose los pelos y dando gritos, amenazando con agarrarnos a palos por estafadores. Mi amiga, con mucha paciencia, prometió regresar con una respuesta de su supervisora; y así conseguimos salir vivos de aquel percance.

 

Luego armé una compañía editorial, asociado con una administradora de negocios políglota, multirracial, viajera internacional y peruana; e imprimimos una guía del mundial de fútbol del año 2006. La venta de publicidad fue un desastre, pero aún así hubiéramos salido bien librados, si es que la compañía distribuidora –un grupo de mafiosos cubanos de la ciudad de Hackensack en New Jersey– no nos hubiera engañado con las ventas. Muy tarde nos dimos cuenta que tal vez la mayor parte de las revistas jamás salieron a la calle; y que a ellos sólo les interesaba distribuir a nuestra competencia, nada menos que el grupo Televisa. Vendimos muchísimas revistas en Miami y en el sur de los Estados Unidos; sin embargo, yo y mi socia–que pasaba por una cruel experiencia de divorcio–perdimos dinero. Unos años más tarde aún me llegaban cartas del IRS pidiéndome información, porque con la frustración de las malas ventas nos habíamos olvidado de cerrar la compañía y hacer los reportes trimestrales.

 

Estos dos últimos años me tocó vender mi propio libro. Demás está decir que fue una mala experiencia. Felizmente la editorial Estruendomudo de Lima parece que hizo bien su trabajo –y sé que un dinerito me espera al llegar a Lima, para pasar la Navidad.

 

Hay gente que nace para escribir y otra que nace para vender. Claro que, humanos al fin, incluso los escritores nos sentimos de vez en cuando tentados por la ambición del negocio. Cuando eso sucede, siempre, miro otra vez –y me inspiro–el cortometraje de Tamayo; en el cual un enternado barbudo de veintitantos años le demuestra a sus compañeros que Dios y él están juntos en los negocios. «Porque Dios y yo, atacamos a fondo», ronca el personaje, como una fiera; mientras sus compañeros lo levantan en hombros gritando: «¡Soy un vendedor!»

 

Otro de mis amigos vendedores resume su profesión con estas palabritas sabias, que tal vez tengan su origen en experiencias de corte masoquista: Se sufre pero se goza. Frase que también describe con agudeza, ahora que lo pienso, el sacrificado oficio del escritor.