Spain

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El invierno ha entrado hasta por debajo de las puertas en busca y captura de todo lo que en el verano se construyó tan ingenuamente. El frío reclama su sitio y no queda otra que subirse las solapas del abrigo que nunca llevé a la lavandería, apretar el paso y buscar un refugio, antiaéreo a ser posible.

 

Enfilo hacia la calle 13 y dos escalones por debajo del asfalto, bajo un toldo rojo y un cuadro pseudopicassiano, me encuentro con la puerta del Spain, un bar-restaurante envejecido y de comida terrible al que no puedo dejar de venir. Sirven Estrella Galicia y tapas gratis. La disposición de las botellas en la pared de detrás de la barra es, probablemente, el trazo ibérico más evidente, mucho más que los carteles de toros, las fotos de la Giralda, el collage de billetes del mundo, los ladrillos rojos en las paredes y una talla de madera oscurísima que representa a un conquistador difícil de identificar: ¿Cortés?, ¿Pizarro? Miro a las botellas del Spain y no me cuesta imaginar los bares de España, donde unos se emborrachan en silencio, rumiando las historias más tristes del mundo, y otros se emborrachan sin poder mantener la boca cerrada ni un segundo.

 

Anoche entramos en el Spain y parecía el set de rodaje de una película de Lynch. No había nadie en el lugar, los camareros con sus chaquetas rojas iban y venían a consultar los resultados de las elecciones en la televisión y se marchaban al fondo del local con los andares más extraños. Luis, el anciano barman, siempre mascullando su mal humor, con una tendencia creciente a hablar solo y a beber sangría de una taza de porcelana, se quedó dormido en una pose como de estatua viviente, con una media sonrisa de bailarín de película que una vez fue muy famoso y ahora actúa en un abandonado teatro de Broadway lleno de pulgas. Se quedó ahí clavado y nos empezamos a reír, pero la risa se fue apagando y dejamos de forzar las muecas y al final salimos en silencio a fumar un cigarrillo. Anoche no sonaba Julio Iglesias.

 

La CNN daba resultados calamitosos para Obama y en todos los presentes -alguna pareja había entrado ya al lugar- había un desdén muy neoyorquino: qué rara es la gente fuera de nuestra república veneciana, cómo es posible que voten a esos paletos racistas. Mi amigo Tomás y yo intercambiamos un par de apuntes: todas las candidatas republicanas se parecen a Palin -está creando un ejército de replicantes, dijo él- y los senadores, una vez elegidos, viven como reyes -ese fue el mío-, como esos tipos maquiavélicos, calvos y hedonistas que rodeaban al emperador de turno en las películas de gladiadores de la Semana Santa.

 

Antes de irme le pregunté a Luis cuándo abrieron el lugar. Me dijo con desgana que «hace unos cientos de años», con un acento gallego que ni todos los inviernos de Nueva York han podido borrar. Quiero moderadamente a Luis, aunque nunca se acuerde de mí o se quede dormido cuando le pido la cuenta. Luis cuida el refugio.