Staccato 2.602

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No sé si la cuarentena estará reñida con soñar. Yo lo sigo haciendo cada noche cuando el insomnio me da tregua.

Staccato 2.602

Al fin me he decidido a salir en pleno confinamiento. Me he confeccionado una mascarilla casera con un pañuelo unida por imperdibles. Tengo la nevera vacía y no tengo más remedio que ir al supermercado. Mientras camino por la calle me doy cuenta de que se me ha olvidado la mascarilla en casa. Tampoco encuentro la lista de la compra en el bolsillo, rebusco y rebusco, pero no la encuentro. Tendré que improvisar, que remedio. En el super me siento apabullada por la gente, parece que todos tienen prisa por llenar el carro y volver a sus casas. Los altavoces alertan de que contamos con diez minutos para pasar por caja. Repiten el mensaje una vez y otra. Doy vueltas hasta terminar en la frutería, cojo unas peras. Otra vez el altavoz grita. Estoy buscando un champú, parece más importante el estado de mi pelo que la comida, cojo un bote rosa. Tampoco llevo reloj, así que no sé cuánto tiempo he consumido de los diez minutos. En la cola para pagar, veo a Sylvia Plath que lleva un paquete de levadura y a Francesco Gabani, imposible de reconocer con la cabeza rapada. Me acercaría a ellos, pero no creo que sea el momento.

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Estoy en el examen, me encuentro tranquila y confiada. Es fácil, me sorprende que todas las respuestas sean la b). Estamos tan próximos unos con otros, que puedo ver con claridad el examen del de al lado. También tiene su hoja repleta de respuestas b, lo que me tranquiliza. Pienso que, si tan fácil está resultando, habrá muchos aprobados. La gente va terminando, a mí aun me quedan algunas preguntas. Trato de concentrarme, sería una putada fastidiarla justo ahora. Se me nublan las preguntas, no veo nada. De repente, el examen se ha convertido en una hamburguesa con mucho kétchup y mostaza. Quito los panes buscando las preguntas, pero no las encuentro.

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C.V está en lo que parece el cuarto de Miguel. Está lanzando un discurso sobre lo mal que le ha ido en la vida, su mala suerte personal, su noviazgo fallido. Yo estoy sentada frente a él oyéndole con atención. No me conmueve lo que cuenta, al contrario, me parece una artimaña para conseguir mi interés. Un niño que está a sus pies jugando con unos cochecitos, le abraza efusivo y le dice: ¡papá, yo a ti te quiero mucho! Me fijo en su hijo, tendrá unos diez años, tiene cara de niño antiguo. Me pregunto si él a su edad se parecería a su hijo.

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Vivimos frente a frente. Desde la ventana que da al patio, la veo con su chaqueta roja floreada y una coleta. Tiene el mismo gesto serio de costumbre. Va a venir a casa, yo estoy nerviosa. Hemos preparado una bolsa con ropa para entregarle. En el suelo, hay una camisa negra de transparencias con dos bolsillos vaqueros en el pecho. Pienso que sería ideal para Cristina López. Al llegar, me pregunta por las oposiciones. Se nota que lo hace por quedar bien sin ningún interés. Se lo cuento, pero veo que no me escucha.

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Se nota que estoy soñando, porque la niebla que lucía por la mañana ha desaparecido y ya no estamos en Londres como lo estábamos antes, ahora caminamos por unos Nuevos Ministerios vacío, es medio día y luce el sol. Jota se parece increíblemente a Pedro Aguilera, su mismo pelo rizado, misma barba, diría que es él, si no supiera que es imposible. Lleva un abrigo de pieles que me recuerda al que lleva John Kite en la novela de Caitlin Moran. Acaba de terminar de escribir una obra teatral, y el estreno será próximamente en un teatro alternativo. Me muestro interesada en asistir, de hecho, se lo digo “Quiero asistir”. Me dice que no, que tiene que ultimar unos detalles, que tenga paciencia. Su respuesta es contundente, sin posibilidad de réplica por mi parte. O eso creo por el modo en que pronuncia ese “no” largo que escapa de su boca firme. Nos despedimos y cuando me quedo sola, pienso en la paciencia, la que tengo y en la paciencia que me pide. Y decido que no le haré caso, iré a ese estreno, y por una vez haré lo que me dé la gana.

 

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Foto: Dora Maar

 

 

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