Starco

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Starco se parece al chucho que salía en Algo pasa con Mary, pequeño e insoportable, con la pelambrera tan suave como un estropajo, ese tipo de perros ante los que reprimes tus ganas de pegarles una patada y lanzarlos por la ventana. Su ladrido estridente se escucha desde el portal. En cuanto la dueña de la casa abre la puerta se frota lascivamente contra mi pantalón negro dejando unas manchas viscosas.

 

La anfitriona nos recibe a una amiga y a mí con pijama de hombre, sudadera al más puro estilo de camionera de Kentucky en busca de un cacho de pescado, el pelo recogido en una coleta sobre la grasienta cabeza y unos pies descalzos y negros con la laca de uñas a medio pudrirse. Lo exótico del salón lo haría digno de un reportaje de 16 páginas en la revista El Mueble, no por la elegancia de la decoración, sino por lo variopinto de los presentes que aportan más color que todo el mobiliario junto.

 

Tomamos asiento. La dueña, siria y cristiana, acumula profesiones muy poco respetables en su currículo. Además de periodista y activista ha hecho de su casa un centro de acogida para los desgraciados sirios que han arribado en el Líbano. Me comunica de antemano que si accedo a que seamos compañeras de piso tendré que hacerme a la idea de que un sinfín de desarrapados y perseguidos por la ley alternarán por aquel salón. No hace falta que lo jure. En menos de 5 minutos ya he visto a una vieja en bata y con la cabeza cubierta que se bambolea mirándonos extrañada desde una mecedora; su marido, con gorrito blanco, camiseta de algodón raída y unos calzones que le alcanzan hasta el sobaco deambula por la cocina cagándose en la puta madre de Bashar al Assad, y a ellos se suman el compañero sexual de la siria, al que piensa dar pasaporte en breve, y un mítico de la noche libanesa al que cuesta situar en un entorno que no sea un bar.

 

Mi colega periodista pone unas cervezas en la mesa ante el gesto un poco contrariado de la efigie que se agita en la mecedora y anuncia con aspavientos al mundo que desde las ventanas de Beirut solo se ve mierda por todas partes… Una auténtica visionaria. Yo mastico cacahuetes compulsivamente, Starco me sorprende atacándome por el culo, ah… los perros y los hombres…, mientras el resto de presentes se extravían por los cuartos, hambrientos, desorientados, como en ese salón de los pasos perdidos que inauguró un amigo mío…

 

Nos enseñan la cocina no sin antes explicar que la limpieza de las zonas comunes es una de las máximas respetadas en ese acogedor hogar. Los potajes cocinados por la de la mecedora en los últimos 20 días siguen allí junto a una pila de latas, cajas de galletas y pasteles, lentejas, arroz y restos de comida esparcidos como sacos arpilleros. El cuarto de baño no desentona en la línea de pulcritud y recogimiento que caracteriza a las otras estancias con unos magníficos chorretones marrones esparcidos cual lágrimas en el suelo de la ducha. Para un desertor del ejército oficialista sirio quizá el paraíso… yo estoy a punto de pedir que alguien me traiga una puta fregona y unos guantes.

 

Llega el momento decisivo: soy conducida a la que podría ser mi nueva habitación escoltada por un perro que sigue follándose mi pierna con rictus nervioso. Un colchón tirado en el suelo y un pequeño armario son los dos únicos enseres. Ella me aclara que en caso de que fuera necesario dar cobijo a una nueva remesa de 30 compatriotas suyos siempre habría espacio para tender más colchones en mi habitación… Me imagino a mí misma allí, meditando, intentando escribir más de cinco líneas seguidas sin que la policía libanesa se presente, una noche más, a hacer una redada. La idea de levantarme por la mañana y encontrarme 35 Coranes y 57 personas tiradas en los sofás tampoco termina de convencerme del todo aunque no ignoro las ventajas de presentarme en la Embajada Siria y denunciarlos a todos: una casita de por vida en Latakia, petroleros rusos surcando el mar, vodka matutino y arenques con Vladimir y Natasha, Hassan Nasrallah de vacaciones, cabezas de salafistas colgadas de las farolas en un paseo marítimo junto al Mediterráneo…

 

La siria me ha caído bien aunque nunca vaya a vivir con ella. Le preocupa el estúpido mundo en el que vivimos, yo quiero dinamitarlo conmigo en él…