Stratfor: heraldo negro

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Los informes de la agencia Stratfor, especializada en asuntos de seguridad global, suelen tener prestigio como fuente de información privilegiada, aunque éste ha decaído en los últimos tiempos al ser víctima en su página web de un ataque de terroristas cibernéticos.

 

El más reciente boletín de Stratfor sobre el narcotráfico en México distingue dos aspectos: 1) el enorme decomiso de 15 toneladas de metanfetamina en Guadalajara, estado de Jalisco, el cual indicaría que los narcotraficantes mexicanos habrían ejercido un “profundo cambio” en sus actividades criminales, al transitar, afirma Strafor, de ser intermediarios a convertirse en controladores de un mercado ilícito independiente y redituable; y 2) los grupos criminales del narcotráfico mexicano son eso, y no cárteles, pues, explica de nuevo la agencia fundada y presidida por George Friedman, un cártel se caracteriza por sus acuerdos mercantiles en busca de una estabilidad de precios, por lo tanto, se debería emplear mejor para ellos la etiqueta propuesta por la Drug Enforcement Administration (DEA): “organizaciones criminales transnacionales”.

 

Como se sabe, Stratfor es un organismo que trabaja para los intereses del Pentágono, la industria de las armas y, a veces, para el Departmento de Estado y otras dependencias estadounidenses. De hecho, se le tiene como una Central Intelligence Agency (CIA) no oficial. Por lo general, sus informes reflejan los cambios de las instituciones de Estados Unidos vinculadas a la seguridad nacional.

 

En aquellos dos aspectos citados de su boletín reciente se observan más que hechos comprobables, elaboraciones de análisis estratégico que comienzan a modificar el enfoque, la puesta en escena conceptual-operativa y los usos de la terminología con el fin de adecuarlos a las transformaciones de la geopolítica estadounidense del futuro próximo.

 

Sobre el primer aspecto se puede decir que la realidad contradice lo que afirma Strafor: los narcotraficantes mexicanos han sembrado a lo largo de las décadas pasadas amapola para elaborar heroína y cannabis para obtener mariguana. Y lo han hecho a gran escala. Desde luego, también han sido intermediarios de la cocaína sudamericana hacia otras partes. Su experiencia y capacidad organizativas los han llevado a flexibilizar sus actividades de acuerdo a las circunstancias y las demandas del mercado (esto incluye otras industrias criminales). Para ellos, el negocio de la metanfetamina está lejos de ser un “cambio profundo”: se trata de otra adaptación más frente a un contexto cambiante.

 

En esa primera afirmación de Stratfor conviene leer un re-dimensionamiento de los narcotraficantes mexicanos (cuyos acuerdos empresariales al interior de cada organización han sido sistemáticos y eficaces en diversos periodos) que tiene como fin situarlos en un nivel de peligro mayor, que es lo que especifica el segunda aserto: al etiquetarlos como “organizaciones criminales transnacionales” pueden ser vistos en consecuencia como “terroristas”, como enemigos des-estatalizados, y ya no como cárteles adscritos a un país o territorio. El matiz es determinante.

 

Ulrich Beck explica que la sospecha de terrorismo radicaliza y flexibiliza la construcción de imágenes del enemigo, lo que permite el uso universal de la violencia armada en nombre de la “defensa interior”, la declaración de guerra contra los Estados que “no hayan atacado previamente”, la normalización e institucionalización del “Estado de excepción” y, por último, la des-legalización no sólo de las relaciones internacionales y los enemigos terroristas, sino también del propio Estado de derecho y de las democracias extranjeras (cf., Poder y contrapoder en la era global, Paidós, Barcelona, 2004, p. 38).

 

El boletín de Straftor encubre un factor que surge de inmediato cuando se habla de metanfetamina en el negocio global de las drogas: la influencia al respecto del sudeste asiático (Tailandia, Laos), las tríadas chinas y los intereses geopolíticos de la República Popular China en tal asunto. La conexión sino-mexicana está en el fondo de aquello que Stratfor no se atreve bien a bien a divulgar.

 

El endurecimiento de Estados Unidos respecto de la estrategia de combate a las drogas está en el horizonte de México. Ante este contexto, resulta tragicómico que el presidente mexicano grite en la frontera de ambos países: ¡No más armas!, luego de que su Gobierno adoptó una guerra contra el narcotráfico. 

Sergio González Rodríguez (Ciudad de México). Estudió Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es narrador y ensayista. Ha sido músico de rock, editor de libros y suplementos culturales y profesor en estudios de postgrado. Desde 1993 es consejero editorial y columnista del diario Reforma y del suplemento cultural El Angel. En 1992 fue Premio Anagrama de Ensayo (finalista ex aequo) en Barcelona, España, con la obra El centauro en el paisaje, y en 1995 recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez. Dos veces ha sido becario de la Fundación Rockefeller. Autor de diversos libros, en 2002 publicó su relato sobre violencia, narcotráfico y asesinatos contra mujeres en la frontera de México y Estados Unidos titulado Huesos en el desierto, que fue finalista del Premio Internacional de Reportaje Literario Lettre/Ulysses 2003 en Alemania, obra que se ha traducido al italiano y al francés. En 2004 publicó la nouvelle El plan Schreber, en 2005 una novela titulada La pandilla cósmica y en 2006 su ensayo narrativo De sangre y de sol. En 2008 publicó su novela El vuelo y en 2009 su crónica-ensayo sobre decapitaciones y usos rituales de la violencia El hombre sin cabeza, ya traducida al francés. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.