Súper Crédito Man y la profecía maya

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Mi
amigo Juan Premat me escribe:

«Vi
por televisión una propaganda de Súper Crédito, un deforme superhéroe muy
parecido a Robocop pero con chatarra de bajísima calidad. La escena muestra a
una familia tipo clase media (un varoncito y la nena), dentro de un auto de
clase media a punto de salir de vacaciones (seguramente a un lugar de clase
media), y el padre al mejor estilo chapulinesco dice: ¿y ahora quién podrá
ayudarnos? Entonces aparece el Súper Crédito Man y con dos toques mágicos
tranforma al auto en un coche moderno y decente que les cambia la vida para
siempre… todos contentos!! Gracias, supercrédito!, gritan los niños asomados
por la ventanilla, como si aplaudieran las acciones de Tribilin. Ahora bien,
¿quién termina pagando el crédito? Superchatarraman? Pronto culparán a los jefes
de familia por desalmados al negarse a sacar un crédito para comprar una
playstation? ¿Las próximas publicidades nos mostrarán a los niños sentados en
un sillón de odontólogo vendiendo sus pequeñas muelas mientras del brazo
derecho le extraen sangre para vender y así obtener el dinero para pagar el
crédito? Pero, eso sí, en las publicidades los niños sonreirán a las cámaras
mostrando orgullosos el ‘nuevo héroe’ estampado en sus remeras.»

 

Está
en sintonía con lo que siempre pensé: es como si la gente pensara que los
créditos no se tienen que pagar. Te dicen que puedes pagar dentro de tres meses
y te lías a comprar como loco, como si fuesen los presupuestos del Estado que
también parece que nadie los paga… Lo peor es que la mayoria de las veces se
utiliza ese dinero-trampa para cosas absolutamente prescindibles. Una tele de
plasma, un viaje, un traje caro, y luego una deuda impagable que se eterniza y
comienza a asfixiar la economía familiar. Un sinsentido. El pan nuestro de cada
día. Apenas un grano de arena más en esta sinrazón global que, por abreviar,
llamamos capitalismo.

El
mundo está al revés, cada vez más, y yo, sólo ahora que se acerca el 2012 del
que hablaba la profecía maya mientras el planeta se acelera cada vez más, entre
tsunamis y revueltas populares y amenazas de hecatombe nuclear, sólo ahora
comienzo a pensar que, quién sabe, a lo mejor tenían razón quienes dijeron
siempre que «cuanto peor, mejor», y entonces toda esta locura acabará
por llevarnos a una explosión que dejará renacer un nuevo mundo un poquito
menos ilógico… Quién sabe. Iremos viendo. Mientras tanto, hacen falta
urgentemente lúcidos que sepan ver la sinrazón del Super Crédito Man, y la
divulguen, así que gracias a Juan y a su Casa Dadá. Ya os
hablé de ella aquí. Un hermoso lugar de encuentro e intercambio que se inspiró
en los dadaístas, que, un siglo atrás, tuvieron ya la lucidez de entender el
sinsentido de los que nos llamamos cuerdos. Allí, en mi breve visita a la
Córdoba argentina, bailé linda música, comí rica comida y charlé con
poetas-filósofos que, ataviados con máscaras de oveja y de cerdo, nos hicieron
inspiradoras preguntas sobre qué es la verdad. Y hoy, que pienso en la locura
del mundo, que miro el cuadro del uruguayo Joaquín Torres -ese que desde hoy
quiero que presida este blog- mientras me digo que, efectivamente, América
Latina, y el mundo entero, están al revés, me pregunto con ellos qué es la
verdad, cuál es la verdad en la que nos han educado y cuál es esa otra verdad
que nos liberará. Si alguien tiene alguna pista, me encantará que este sea un
foro para compartirla…

 

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.