Tabique

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La fiebre te arrasa. El frío te domina cuando el calor apremia. La confusión es general. Meas muy amarillo; sudas y hueles extraño. Los pies dentro de un par de calcetines, cuando en Camboya siempre fuiste en chanclas. Y esa mantita a la que nunca prestaste atención te sirve de salvavidas.

 

La fiebre te arrasa. El frío te domina cuando el calor apremia. La confusión es general. Meas muy amarillo; sudas y hueles extraño. Los pies dentro de un par de calcetines, cuando en Camboya siempre fuiste en chanclas. Y esa mantita a la que nunca prestaste atención te sirve de salvavidas.

 

El ventilador apagado porque la tiritera era imparable. Y la tele por primera vez encendida aunque sin rumbo ni sonido. Crees morirte durante una gripe y te arrepientes de todas las veces que fuiste descalzo por la habitación, y de las que a sabiendas de que los aires acondicionados de mis casas ajenas estaban encendidos me paseé bajo el chorro mojado tras una ducha. Te arrepientes también de las cervezas frías bebidas a capón cuando sudado acababa de llegar a mi zulo. Y de las toses con esputos que recibían caladas y más caladas del Marlboro de la cajetilla roja a modo de extraño tratamiento médico.

 

No apetece ni aliviarse. Ni como ni defeco. Leer es harto imposible. Por lo que aceptas que la única salida es dejar pasar el tiempo enroscado entre una sábana y una mantita que apesta a mí mismo: a un olor irreconocible; a nevera abandonada a su suerte; a frío de matadero a primera hora de la mañana. Así que acabas durmiendo, dormitando y delirando en el avance de una gripe a la que cada año que pasa es más difícil echar del cuerpo.

 

Bebes agua y te sabe a alcantarilla; cuando no quieres reconocer que ese hedor proviene de tus entrañas; de tu boca que muestra lo que realmente somos cuando aún nos queda un buen trecho para palmarla. Porque sin desodorantes, perfumes, champús, suavizantes y una continua desinfección seríamos fosas sépticas.

 

En esas, y cuando repito que la tele encendida me hacía menos efecto que montañas de polvos de talco al que precisa sesiones de quimio, comencé a escuchar sonidos extraños en la habitación de al lado de mi negligente hotel que en sí es como un hogar. Quise pegar la oreja pero me dolían todos los huesos, por lo que debí quedarme dormido. Luego la pareja debió tomarse aquella sesión sexual muy a pecho ya que hasta febril consiguieron despertarme por medio de los golpes continuados contra el tabique y unos ruidos mucho más potentes que la obra que levantó este absurdo pabellón provisto de escuálidas habitaciones donde residimos gentes varias: todas extrañas.

 

Conseguí, reptando, acercarme hasta el tabique donde al borde de la extenuación pegué la cama y sobre ella dejé caer mi desvalido cuerpo empapado en sudor y que a cada minuto apestaba más y más a mí mismo. Y debo recalcar el tema del pestazo ya que mi nariz, por causas gripales, andaba desintonizada con el resto de mis órganos vitales. El oído, curiosamente, tiraba de mí. Y mis ojos, por fin, comenzaron a abrirse. La banda sonora que ofrecía la habitación de al lado era primorosa. De hecho la percusión era indomable. Gemían tan a la par que soñé, febril, que antes y después del acto eran una perfecta pareja de patinaje artístico: de esas que buscan los dieces obligándose en los años previos a ser como coreanos del norte, entrenando cual esclavos.

 

Lo bueno de vivir en un hotel a ocho dólares la noche –sin aire acondicionado, aunque con un ventilador coqueto que además de frescor perturbado aporta un ruido insidioso– es que las anécdotas que acontecen bajo sus sábanas y en sus pasillos entran dentro de la literatura más necesaria. Las putas y yo, yo y mis clientas, la de recepción durmiendo y los supuestos clientes cruzando la puerta, el ajetreo a la hora de las comidas cuando no hay restaurante alguno, y el estupor de saber que entre estas paredes se procede con la diligencia necesaria dándonos, los que pernoctamos, baños de pierna de suelta, de libre albedrío: de todo aquello que soñamos y solemos echar de menos.

 

Se escuchaban manotazos contra trozos de carne que desprendían música. Debía estar el muchacho golpeándole las nalgas. Porque no ha existido director de orquesta capaz de adaptar ese sonido –o esos instrumentos: el culo y la palma de la mano– en un drama que resalta lo que lejos que el ser humano está del cielo. Mucho más que del mono.

 

Sabes que han terminado porque el silencio te carcome. De ese tsunami a una balsa de aceite. De haber comenzado a convencerme de una paja febril a quedarme con la miel en los labios. La tele seguía encendida. Sin sonido. Un tipo engominado con no más de treinta años, jemer, hacía playback mientras sonreía a la cámara. Quise vomitar. Exactamente lo opuesto que me ofertaron durante una hora mis vecinos folladores. Que luego les escuché roncar –debían ser fumadores empedernidos; además de que tras tanto esfuerzo, y sin aire acondicionado… – y caí en un profundo sueño algo más cercano a la realidad que a la fiebre, que parecía que ya se disipaba. Hasta me sorprendió una erección. A buenas horas mangas verdes. En esas sonó mi teléfono: era un número desconocido. Y yo, que me anuncio en el Cambodia Times ya sabía de qué iba el asunto, por lo que esperé a que dejara de sonar el dichoso aparatito para enviar un mensaje acorde a la categoría que algún día querría atesorar: “Cuando acabe la faena te devuelvo la llamada”. Luego me masturbé. A marchas forzadas. Cuando ya era yo el que emitía sonidos extraños que, a lo mejor, hicieron despertarse a aquella pareja con la que me quedé con las ganas. Que es lo bueno de vivir en el tercer mundo: que gracias a sus deficientes construcciones uno puede obtener de detrás de un tabique bastante más de lo le ofrece un día completo en Luxemburgo.

 

 

Joaquín Campos, 28/09/14, Pekín.