Tabula rasa

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Me siento a escribir el post de todas las semanas y lo hago sin un tema específico o, por mejor decir, con tantos y tan diversos asuntos en la cabeza que no sé por cuál decidirme. Estuve leyendo estos días The Blank Slate (“La tabla rasa”) de Steven Pinker y, por ahí, se me ocurre hacer algunas reflexiones al respecto. La principal tesis del libro es que las ciencias sociales (la psicología, la antropología, la lingüística, etc.) han vivido durante más de cien años condicionadas por tres dogmas de fe en torno al ser humano; a saber, que la mente es igual y moldeable en todos los hombres y mujeres (tabula rasa), que el homo sapiens es bueno por naturaleza (buen salvaje) y que el “yo” individual controla el cuerpo de la misma manera que se conduce un coche o se pilota un avión (el duendecillo dentro de la máquina). Estos tres dogmas, cada uno por separado o en combinación, han impedido, según Pinker, una mejor compresión sobre la conducta humana.

 

Así, por miedo al determinismo biológico, se ha minimizado cualquier predisposición o habilidad natural y se ha puesto demasiado énfasis en el factor educativo y social a la hora de explicar las diferencias entre los individuos, por más que la experiencia nos diga una y otra vez que ni la crianza ni la educación explican por qué aquel señor de bigote es un magnífico matemático, un marido fiel y un padre responsable, mientras que su hermano, solo dos años menor, es un mujeriego y un cantamañanas de marca mayor.

 

La cercanía familiar (y no digamos racial) apenas es determinante en la conducta. Padres y hermanos pueden compartir un mismo sistema de valores y ofrecer quizá talento en alguna disciplina o actividad particular, pero las diferencias entre ellos son casi siempre notables. La única excepción dentro del ámbito familiar se halla en gemelos surgidos de un solo cigoto, los cuales suelen mostrar una conducta muy semejante, con gustos y manías parecidas, incluso cuando se los separa en la tierna infancia y se cría cada uno de ellos en un entorno diferente. Este hecho parece manifestar a las claras que todo individuo nace con un conjunto de características y predisposiciones que resultan como programadas de antemano, aunque luego puedan modelarse o transformarse en función de las enseñanzas recibidas y el medio en donde se crece.

 

El entorno desde luego marca. Se dice que los perros adoptan los tics y las manías de sus dueños y, así, una familia gritona tendrá un perro ladrador y una señora melindrosa y cursi acabará consiguiendo que su perrita sea tan melindrosa y tan cursi como ella. Con todo, nadie hará de un chihuahua un perro de caza ni un pequinés es la mejor elección para servir de perro policía.

 

Dicho lo cual, yo no exageraría el componente genético ni las tendencias innatas. El darwinismo social ha hecho mucho mal y, de manera velada, lo sigue haciendo. El cruce de perros de pura raza termina por crear especímenes enfermos y en muy contados casos el deportista de élite tiene algún hijo o nieto que herede sus dotes o su talento. No puede negarse que existe gente con mayor predisposición que otra para jugar al tenis, al ajedrez o al parchís, pero es ridículo pensar que el cruce de campeones puede dar, en dos o tres generaciones, un supercampeón.

 

Sin extenderme mucho más, diré que la psicología evolucionista defendida por Pinker en este libro y en otros suyos es muy cuestionable. Así, por ejemplo, dudo que el habla sea algo innato, como él piensa. El niño salvaje aislado de cualquier interacción humana que crece sin lenguaje pierde definitivamente cualquier capacidad verbal en cuanto cumple los seis o siete años. Innata es quizá la conceptualización y la abstracción mental. Así, la ciega y sordomuda Helen Keller vivió los primeros ocho años de su existencia en una negra tiniebla de silencio, pero ello no le impedía, según relató, abstraer y pensar a través de los objetos táctiles que le rodeaban. Algunos ponen en duda su testimonio, pero ¿cómo habría podido aprender a hablar si no tuviera capacidad alguna para abstraer?

 

Claro que a lo mejor caía en el espejismo de creer que su espíritu era una llama y que esa llama alumbraba la tenebrosa celda de su cuerpo sordo y ciego…

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.