También podemos jugar

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Es un cliché pensar que la ópera es un espectáculo solemne. Tenores orondos con pechera y sopranos que llevan cascos de vikingo, como en los tebeos. Malo es que lo piensen los que no van al teatro, peor que lo hagan los aficionados. En el Teatro Real se está reponiendo un L’elisir d’amore que sucede en una playa. ¡Qué frivolidad! Bueno, un momento. El Elisir tiene una de esas tramas que ocupan media cuartilla: un chico pazguato está bebiendo los vientos por una muchacha que pasa de él. Ella es más de un amante nuevo cada noche. Por allí aparece un aguerrido militar que la seduce. El muchacho compra un filtro de amor a un charlatán que pasaba por allí. El brebaje resulta ser vino, lo que deparará divertidas consecuencias. Al final, en el pueblo corre el rumor de que Nemorino, que es como se llama nuestro amigo bolinga, ha heredado un fortunón, lo que suscita un nuevo interés en la chica anteriormente nombrada. Ya me dirán ustedes si la cosa es para apretarse mucho la corbata.

Siendo así, no veo muchos problemas en que a Adina (la mujer de la discordia) la hagan propietaria de un chiringuito, a Nemorino socorrista, al militar Belcore un chulo de playa y a Dulcamara, el admirable vendedor de crecepelos, lo pongan a repartir bebidas vigorizantes de esas que tienen mucha cafeína y que dan alas. L’elisir d’amore es una ópera divertida, con una música graciosona, unas melodías pegadizas y un aria memorable. En la propuesta Damiano Michieletto lo único que me molestó fue el protagonismo de los figurantes, que hasta en las escenas de coro aparecen en primera fila. En el foso, Gianluca Capuano nos ofrece una música con cierto airecillo mecánico. Si el bel canto no suele proporcionarnos grandes momentos para la orquesta, la batuta del italiano termina por hacerla simplemente presente. Me gustó muchísimo el Nemorino de Juan Francisco Gatell: una voz joven y clara que arma a un personaje bien compuesto, con una desternillante vis cómica que sacó carcajadas entre el público a base de tropiezos y bravuconerías. Hay que agradecerle especialmente que evite cargar las tintas en Una furtiva lagrima. Nemorino es, en esencia, un chaval con pocas luces: no debe cantar como Mario Cavaradossi (el personaje de Tosca), sino con la ligereza que le corresponde. También me parece destacable el Dulcamara de Erwin Schrott, que desarrolla a un personaje burlesco y simpático, con unas destacables habilidades histriónicas. Parece, a tenor de las críticas del estreno, que ha pulido su sillabato durante estas funciones. La Adina de Brenda Rae es muy insustancial, aunque se redime un poco en el dúo de amor del segundo acto. El Belcore de Alessandro Luongo es perfectamente olvidable. ¡Una pega! No sé quién se ocupará de los sobretítulos, pero esto es un sindiós. Con tanta síntesis terminarán por ponernos monosílabos.

Hacía mucho tiempo que no me reía en el teatro y, oigan, es algo que se agradece. No todo va a ser drama, destino y traiciones. Y si para ello es necesario poner a unos fulanos a retozar en la arena, me parece bien. Tenemos derechos a entretenimientos elevados: también podemos jugar.

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