Tapizar la intemperie

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La telemática es hoy una de las grandes herramientas de conquista del territorio. Se instrumentaliza mediante el concepto decobertura y su materia prima es la señalTener cobertura está empezando a ser una condición básica para considerar vivible la intemperie.

 

La telemática es hoy una de las grandes herramientas de conquista del territorio. Se instrumentaliza mediante el concepto de cobertura y su materia prima es la señal. Tener cobertura está empezando a ser una condición básica para considerar vivible la intemperie [1]. Lo inhóspito cada vez tiene menos que ver con el clima y la topografía y más con la conectividad. La calidad y cantidad de la señal son ya un factor de habitabilidad importante y, sobre todo, un poderoso campo de negocio para lo que Alberto Corsín llama el capitalismo de las atmósferas [2], cimentado sobre la idea de la conexión ubícua y permanente. La nueva disponibilidad de lo exterior, lo hostil, lo salvaje, a estar telemáticamente conectado en todo momento con lo interior, lo adaptado, lo regulado, es el fundamento de nuevos procesos de urbanización inmaterial que están permitiendo cambios importantísimos en las relaciones entre el mundo y el ser humano, convertido ahora en un nodo permanente de transmisión y recepción.

 

La colonización telemática de la intemperie es un proceso ambigüo con varias caras. El exterior conectado facilita formas distintas de habitar, permite alternativas a la ciudad, favorece la descentralización confortable, garantiza cierta seguridad en proyectos nomádicos de vida; pero a la vez abre la puerta a nuevas formas de control y vigilancia. Corsín se refiere a ello como militarización de la intimidad [3]. No es solo un problema de poder político sino también de dominación económica: el consumidor geolocalizado es un objeto de deseo para las corporaciones. Una de las grandes bazas de la llamada computación ubícua es su tendencia a la invisibilidad, a la miniaturización, a la desaparición [4]. Esto hace que cada vez seamos menos conscientes de que la estamos usando, lo cual tiene una parte buena —nos hace sentirnos más naturales [5] y aparentemente liberados de la tecnología— y otra mala: al ser cada vez menos conscientes de que, aunque permanezcamos en la intemperie, no dejamos nunca de emitir y recibir información y de usar cosas que hacen lo propio sin que nos demos cuenta, estaremos cada vez más desprevenidos frente a controles e intromisiones no deseadas.

 

Si en el mundo desarrollado podemos distinguir entre una interioridad conectada y una exterioridad sin cobertura, en los dos tercios restantes no hay distinción porque no existe la posibilidad de conexión a internet. Todo allí es intemperie digital. Para solucionarlo se están buscando tecnologías alternativas. El gigante Facebook ha comprado recientemente la empresa de drones alimentados por energía solar Titán Aerospace, con los que pretende llevar internet a miles de millones de personas que todavía no pueden conectarse. Facebook encabeza la iniciativa internet.org, que reúne a líderes en tecnología, organizaciones sin fines de lucro, comunidades locales y expertos trabajando juntos para que los dos tercios del mundo que no cuenta con acceso a internet, lo tenga . Con el lema Todos conectados. En cualquier lugar del mundo, la iniciativa defiende la conectividad como un derecho. Pero lo cierto es que también es un gran negocio. Todo territorio conectado es un territorio conquistado para el capitalismo digital y los señores del aire [6]. La colonización y la urbanización siempre han sido herramientas del capitalismo, y en el caso de la colonización telemática no podría ser de otra manera. En este caso, la cubrición con atmósferas digitales corporativas sustituye a las campañas militares, a las expropiaciones, a la mecánica de la desposesión.

 

 


 

 

[1]  El valor comercial de la cobertura y la lucha de las grandes proveedoras de señal por llegar cada vez más lejos queda de manifiesto en uno de los anuncios de 2013 de la operadora Vodafone. En él, un grupo de alpinistas colgados de una pared montañosa por encima de las nubes en los Mallos de Riglos (Huesca), retransmite por videoconferencia su interpretación de la canción «Don´t worry, be happy». Al final del anuncio, una voz dice: «Con Vodafone sientes la tranquilidad de tener todo lo que necesitas. Cuando tienes todo lo que necesitas, empiezas a hacer cosas nuevas» http://youtu.be/YJNmzqucQjA

 

[2] Alberto Corsín. Conferencia en Medialab Prado sobre Ciudad Expandida, 4 Diciembre 2012. http://medialab-prado.es/article/ciudad_expandida

 

[3] Quien no emite información es sospechoso de ocultar algo. Corsín, op. cit.

 

[4] Mark Weiser, el ideólogo y creador del concepto de computación ubícua, abría su seminal artículo The Computer for the 21st Century en el Scientific American de septiembre de 1991 con esta frase: «The most profound technologies are those that disappear. They weave themselves into the fabric of everyday life until they are indistinguishable from it.» Weiser y sus colegas en Xeros PARC buscaban una nueva forma de relación con los ordenadores en la que estos quedaran desvanecidos en el fondo y el primer término lo ocupara siempre el factor humano. Situaban su investigación en las antípodas de la entonces emergente —y pronto popularísima— realidad virtual, en la que el auténtico protagonista era el ordenador que contenía el mundo en el que el usuario debía entrar y donde permanecería aislado de todo lo demás. Por eso llamaron también a la computación ubícua embodied virtuality, en el sentido de que en ella prima el mundo humano y las interacciones entre individuos. Así hablaban de los futuros ordenadores que pretendían concebir: «Machines that fit the human environment instead of forcing humans to enter theirs will make using a computer as refreshing as taking a walk in the woods.»  En 1991 la tecnología no estaba aún preparada para las brillantes ideas de Weiser. Su pronta muerte en 1998, a los 47 años de edad, hizo que no pudiera ver nunca llevados a la práctica sus conceptos, que sin embargo hoy definen a la perfección nuestra relación con los dispositivos telemáticos y marcan, sin ninguna duda, las tendencias futuras. Tras el visionario Weiser, desde finales de los noventa creció sin parar el campo de la computación ubícua, al que también se bautizó con el mucho más significativo y algo amenazante nombre de pervasive computing (pervasive: penetrante, impregnador) o el incluso más inquietante aún inteligencia ambiental. Entre la numerosa bibliografía que se fue publicando sobre el tema destacaría tres obras: el libro editado por Uwe Hansmann «Pervasive computing: the mobile world» (2003) —introductorio, claro, accesible—, el espléndido artículo de Jerry Kang y Dana Cuff «Pervasive Computing:Embedding the Public Sphere» (2005) —lleno de implicaciones arquitectónicas gracias a la co-autoría de Cuff— o el necesario «Everyware» (2006) de Adam Greenfield, libro de título ingenioso y sano espíritu crítico, que fue el primero en llamar la atención sobre los peligros de que cualquier lugar y cualquier cosa pudieran estar invisiblemente revestidos de capacidades telemáticas.

 

[5] Usando tecnologías de radiofrecuencia, algunas empresas, como la española EXCOM, están poniendo en valor el concepto de internet rural.

 

[6] Echeverría, Javier. Los Señores Del Aire: Telépolis Y El Tercer Entorno. 1a. ed. Colección Ancora Y Delfín, v. 870. Barcelona: Ediciones Destino, 1999.