Teletienda

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Serían las cinco de la mañana. Flower había llegado hora y poco antes. Y yo en su casa, de amo de llaves; en pelota picada, bebiendo Pinotage sudafricano para ahogar las penas que producen las parejas, que en sí son bastantes más que las alegrías. Porque en el fondo uno espera de un amor el súmmum y no acepta el padecimiento, que se creía abandonado al dejar la soledad vital, cuando esa desazón era bastante fácil de ocultar. Nada más cruzar la puerta, la clásica penetración. En la ducha, comentamos las jugadas más interesantes: había estado con el Grupo Tóxico dándole a la botella. Evidentemente, y al haber regresado en orden y concierto, era palpable que no había toqueteado el cuarto oscuro que se genera en cada noche que casi se hace amanecer; sobre todo si eres occidental, ganas miles de la moneda que sea al mes, y los tuyos viven a doce horas telefónicas y a 12.000 kilómetros de distancia.

 

Ya en la cama procedimos a dormir enroscados. La erección volvió, por lo que me di la vuelta en sentido contrario. Pero de pronto, como si de una pesadilla se tratara, su teléfono móvil comenzó a sonar de forma imparable. Suerte que el volumen estaba casi apagado. Yo evité que lo cogiera al no despertarla. Ya imaginaba qué tipo de cáncer intentaba turbar nuestro sueño que comenzaba a gestarse casi al amanecer, para ayudar a que el equilibrio entre nosotros nunca fuera exacto. Pero tras 34 llamadas perdidas sonó la puerta de casa de Flower como si detrás de ella nudillos de cien herejes ardiendo en el fuego eterno rogaran un chorro de agua fría. Flower se despertó; y yo me planteé disparar –no tenía arma; sigo sin disponer de alguna– a la persona que, suponía, iba a cruzar el umbral de la puerta. Finalmente fue Judith, otra a la que el cerebro le bailaba casi tanto como su sexualidad, vecina, americana, a la que Cynthia había llamado tras las 34 llamadas supuestamente ignoradas por Flower. Y sí, resulta que las serpientes a veces tropiezan; porque aquella se cayó desde la quinta planta de su casa hasta la segunda de un vecino. Se estampó contra el suelo y unos maceteros. Casi muere. O eso me quisieron contar. Sobra aclarar que para caerte a esas horas el dopaje tuvo que ser parte de la culpa. Flower salió despavorida y a los cuatro días la volví a ver. Porque a Cynthia la tuvieron que llevar a Bangkok –conviene recordar que Camboya a nivel médico, y en otras muchas facetas, es África– para tratarla, coserla, operarla, y ayudarla a que no pasara a la historia como una treintañera de la ONU que sin haber salido del armario a tumba abierta era más conocida en ámbitos nocturnos por sus fosas nasales que por su materia gris. Lo de siempre. Tampoco daría para una novela. Aunque sí para un par de capítulos de estas memorias al pie de la letra que me hacen levantarme de la silla, borrar las letras de mi teclado de tanto aporrearlas y sudar la gota gorda. Porque recordar es un ejercicio mucho más difuso que imaginar. Y en estas memorias la verdad es absoluta.

 

Aquellos cuatro días fueron mortíferos. La comunicación fue imposible, como tantas otras veces, mientras mi muchacha salvaba la vida –devolución de la que ella supuestamente le dio al recogerla del asfalto con la cabeza abierta tras un atraco callejero previsible– a una serpiente de cascabel que debía prometérselas muy felices en aquella habitación de aquel hospital de lujo tailandés. Yo, mientras tanto, hacía vida en su casa, rodeado de sus bragas, abrumado por su olor, por las últimas ropas que se quitó a tirones una hora antes de que aquella imbécil perdiera el sentido y cayera a un vacío que se finiquitaba en la terraza de un vecino. Nunca quise preguntar qué pasó realmente. Tampoco yo me merecía ni el parte médico oficial ni el informe del equipo de atestados de la policía de Phnom Penh. Pero en el fondo mi muchacha seguía compartiendo más tiempo con un cáncer que con un idiota. Algo así como hacer puenting cuando ya conmigo descendía las cuestas sin frenos.

 

En esas casi cien horas dormí a pierna suelta. Su cama, la atmósfera, la habitación, la luz tenue, casi respirable, compañera desde las seis de la mañana, me hicieron la vida tan feliz que a veces, en mis delirios de botellas de vinos a pares cada noche, dándole a la tecla e insultándola a través de Skype, pensé en que lo mejor sería quedarme con su apartamento, lejos de ella, de tanta inestabilidad, de tanto problema, de tanto agujero negro que estaba por venir.

 

Trasañejo iba tirando. Mis angustias se mantenían ocultas cuando cocinaba, iba al mercado o charlaba distendidamente con mis clientes, confiados a pierna suelta en lo que yo les dijera. Algunas mujeres que yacían sobre mis sillas, con sus anos adosados a los cojines que tanto Sancho como yo elegimos, se me ofrecían como la pescadera me recordaba la nueva partida de gambas salvajes de veinticinco centímetros de longitud. Pero yo desechaba las ofertas soñando con que Flower se centrara en su vida, que a fin de cuentas era la mía. Lo que estaba claro, y aún no había tenido oportunidad para decírselo, era que la juerga se había terminado. Porque no es lo mismo que te atraquen dos veces en un mes a que una amiga caiga desde un quinto puesta hasta las cejas.

 

Viendo el Teletienda camboyano desde casa de Flower, cuando yo no veía la tele desde que vivía en Menorca, hace ya casi una década, soñé con que aquella imbécil hubiera estado comprándose muñecas hinchables en vez de dándole a lo que fuera en su terraza. Porque aquella caída perpetró otro insondable agujero en nuestra quebrantable relación, pura del amor más obsesivo, con el sexo a la par y de par en par, pero carente de una estabilidad que hasta que conocí a Flower nunca ni la había echado de menos ni la había querido encontrar. Aquel Teletienda camboyano –que luego sospeché que sería vietnamita o tailandés, porque en este país esta todo por hacer, incluso la telebasura–, me abdujo como nuestra relación en una madrugada evitable en donde en silencio veía como una pareja de asiáticos con sonrisas postizas vendían aparatos de cocina que según anunciaban “hacían de todo”. Luego, libremente, me quedé dormido sobre el sofá, despertando pronto por la novedad de no haberlo hecho en su brutal cama, ring de boxeo sexual, y asumiendo que lo mejor era depender de las agujas del reloj laboral y comenzar el día con sueño aunque por la mañana. Cuando metía mis pies en los zapatos –en Camboya como casi en toda Asia los zapatos se dejan en la puerta de casa donde te descalzas al entrar y te calzas al salir–, y serían las nueve de la mañana, Flower subía las escaleras, destrozada, con problemas de movilidad, cargando un bolso menudo que en su espalda parecía una pesa de 400 kilos. Ni la besé. Luego le di las llaves de su casa, en un ejercicio tan repetitivo que ya comenzaba a apestar a broma o a problema con desembocadura en planta psiquiátrica de hospital, cuando comenzó a llorar de una manera que ya no sabía si era por la serpiente o por mí. De pronto asumí que entre una anglosajona y un español habíamos generado una comunicación etrusca; muerta; donde la distancia se hacía más honda que la fosa de las marianas y las llaves se cambiaban de manos como los anillos en los recién desposados.

 

El camino a casa fue sublime: otra vez cargado de calzoncillos, camisetas y libros que me resultaban familiares mientras deseaba estar con ella y haber tenido la capacidad para odiarla. Porque la educación recibida y los caminos elegidos ayudan a que podar sea difícil y tragar lo habitual. Creo que no debieron pasar siete minutos cuando un mensaje de ella cambió mi paso y ritmo de mi corazón, que no el sentido de mi camino: “Te quiero”.

 

Como diría Cortázar, “las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma”. Y yo, escribiendo este nuevo capítulo de una vida tan real como la vida misma, tiemblo sólo por recordar, rogando un Alzheimer que me saque de esta catástrofe que como los cuadros lisérgicos que según desde que posición los mires te ofrecen dos imágenes: la dorada y la morada; la vestida y la desnuda; la buena y la mala.

 

A los tres días, mientras yo hacía oídos sordos a sus clásicas ofertas –el acto sexual, contestar cada mensaje en su móvil, volver a su apartamento– Sancho me ofreció otro jarro de agua fría.

 

–Oye, ¿Flower es lesbiana?

 

–No lo creo, Si acaso bisexual. Pero incluso todavía lo dudo. ¿Por?

 

–No, por nada. Es que en su página de Facebook, en la sección de ‘tiene una relación con’, ha puesto a Cynthia.

 

 

Casi me da un pasmo. Conté hasta siete –como los japoneses– y le envié un correo requiriendo una explicación. Por supuesto la explicación fue paupérrima: “Es que en el hospital me dijo que estábamos unidas para siempre. Pero nada de lesbianismo”. Lo curioso es que meses antes, en esa misma sección, era su ex el que salía reseñado. Y que según Sancho –yo no uso Facebook: no me interesa saber quiénes se acuestan con mis diversas ex ni qué comen mis amigos o dónde se van de vacaciones–, ese dato era inequívoco, o al menos sospechoso, de que Cynthia, como Kim Jong-un, había lavado la cabeza a una mujer, como he dicho tantas veces, independiente de sus novios pero dependiente de sus amigos, aunque algunos de éstos, al final, se convirtieran en sus enemigos. Tanta educación en las mejores escuelas para caer abducida por una serpiente de cascabel y enamorada de un calco con melenas sin más estabilidad que sus dos piernas.

 

 

Joaquín Campos, 27/05/14, Bangkok.