Temas de la semana y temas de siempre

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Con esto de pasar tanto tiempo solo en mi cabeza, cada vez se me da mejor imaginar conversaciones. El otro día, por ejemplo, estuve hablando con Chiquito de la Calzada. Estábamos en una terraza con vistas al mar, bajo un toldo blanco y amarillo, y el resto de las mesas estaban vacías. Nos sentamos en dirección a la orilla, apoyados en la fachada del cafetería, sin mirarnos de frente.

Pronto me sorprendió, pues se mostró calmado y poco hablador. Nada de chistes, nada de bromas. De hecho, si no hubiese sido por mí, probablemente no hubiésemos intercambiado ninguna palabra. Parecía estar meditando, más en su cabeza que en la realidad. Aun así, me fue imposible no hablarle, como también me fue imposible no romper el hielo torpemente: consideré oportuno iniciar la conversación recurriendo a los temas de la semana. Gran error.

«Han generado cierto revuelo las declaraciones de Cristina Morales, la ganadora del Premio Nacional de Narrativa», le dije, y guardó silencio. La verdad es que no pintaba nada aquello, así que me callé yo también. Me encendí un cigarro y le ofrecí otro, pero lo rechazó. «¿Y qué me dices de lo de Franco?», volví a preguntar. Y entonces contestó con un resoplido disuasorio. No insistí más. Guardé el paquete de tabaco y opté por no forzar la conversación. Si no hablábamos, tampoco pasaba nada. Se estaba bien, la mañana era tan tranquila que se percibía el crujido de mi cigarro en cada calada.

Pasado un rato, pensé que no iba a hablar nunca. Pero me equivoqué. Sin dejar de mirar el mar, susurró: «Ya no le dedico tiempo a los temas de la semana, prefiero los de siempre». Entendí que quería quitarle hierro a las polémicas de marras —lo cual constituye hoy día una muestra de espíritu revolucionario—, así que asentí. Y estuve un rato dándole vueltas a lo que me había dicho. Hasta que decidí profundizar en el asunto, abordar esos temas de siempre.

Sin embargo, cuando me giré para hablarle, de golpe, se levantó y saludó a alguien que estaba en la playa. Era su mujer, que iba a bañarse. Agitó primero la mano para indicar que el agua debía de estar muy fría, y después se señaló la sien como diciéndole que estaba loca. Ella saludó, sonrió y se metió en el mar. Y Chiquito volvió a sentarse y a guardar silencio.

Esta vez sí que concluyó nuestra conversación. El huevo temporizador de la cocina, con un timbrazo, me devolvió a la realidad: la pizza estaba lista. Me quedé paralizado unos segundos, los necesarios para recorrer el tramo que separa lo onírico de lo real, y cuando finalicé el trayecto me topé con la cara de B., que riéndose me dijo: «¡Cómo te lo pasas en tu cabeza!».

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