Ernst Jünger tituló así su estremecedor relato sobre su experiencia en las trincheras de Flandes en la Primera Guerra Mundial. El título lo tomó prestado de una saga islandesa. “Una tempestad de acero” era un kenning (de la raíz germánica kennen, “conocer”; el plural es kenningar) para referirse a una nube de flechas. Alguna de las sesiones interminables de Trommelfeuer, “fuego de tambor”, aquellos interminables bombardeos que caían durante horas sobre las trincheras para preparar el terreno a un ataque de la infantería, junto con la lectura homeopática de las sagas de los vikingos debieron darle como por ensalmo ese título al joven Jünger: In Stahlgewittern.
Borges era un devoto de las sagas islandesas. Leía su enrevesadísima lengua, el nórdico o islandés medieval como el latín (sus noches estaban llenas de Virgilio, dijo en un poema inolvidable), y la había estudiado y aprendido de manera autodidacta, pues supongo que era un poco difícil encontrar tutores de islandés medieval en Buenos Aires. Pero le cogió tanto gusto a la cosa que le dedicó unas páginas inmortales en su precioso libro Literaturas germánicas y abrió una pequeña academia privada de islandés. Creo recordar que María Kodama fue pupila suya. Leyendo a Borges supe por primera vez de los kenningar, de esas prodigiosas metáforas que describían sobre todo los hechos de armas de los Viking (así los llamaba Borges), la materia principal de esas sagas llenas de batallas, de traiciones, de tratados, de ruptura de esos tratados, de banquetes y melopeas de hidromiel homéricas, de matanzas, de sangre y acero. De tempestades de acero, en definitiva. Y de muerte, muchísima muerte y desperdicio de vida. Carne para los cuervos. Eso es un buen ejemplo kenning para designar una batalla.
Los kenningar suelen unir dos palabras para caracterizar una idea o un concepto o una figura muy simple que la audiencia de la época podía reconocer con facilidad, algo parecido a los epítetos Homéricos para caracterizar a los personajes. El auditorio de esta poesía oral conocía la historia, conocía a los personajes, reconocía, por tanto, los kenningar, y si no, alguien más avezado o anciano se lo podía explicar durante la recitación o performance, el nombre técnico en poesía oral. ¿Qué podía significar “el camino de la batalla”? Pues, simplemente, el océano, al que también aludían “lugar de las olas”, “morada de los barcos”. “Los que alimentan a los cuervos” (o a las águilas) eran los guerreros. El aire, “la morada de los dardos”. El dios Thor era “el que mata a los gigantes”. La batalla era “el fragor de los dardos”.
Un inciso acerca del origen de la palabra vikingo. Vikingo no era un etnónimo, es decir, el nombre con el que un pueblo se conoce a sí mismo. Designaba una actividad de saqueo estival que comenzó siendo un complemento para las economías de pura subsistencia de las poblaciones de los fiordos nórdicos.
“Hacer el Viking” era algo así como irse de aceifa (las incursiones que hacían los musulmanes por las tierras de cristianos, también conocidas como razias), pero en vez de tierra adentro, “de puerto en puerto”. Pues vik, significa “puerto”, “pueblo”, “población”. La geografía escandinava está llena de topónimos que terminan en –vik, como Rejkavik o incluso Vik, en la propia Islandia. Hay otras palabras muy parecidas en otras lenguas indoeuropeas: el –wich anglosajón, el vicus latino, del que proceden nuestro Vich, Vigo, Vicálvaro. Otra teoría diferente fara í víking, que hace referencia a viajar por el mar con remeros que se turnan. Un vikingr sería un individuo que ha participado en un largo viaje por el mar a golpe de remo.
Los pueblos eslavos con los que entraron muy pronto en contacto les llamaban también los “remeros”. Unos guerreros que llegaban todos los veranos por los ríos que eran las autopistas entre el Báltico y el Mar Negro, e incluso más allá, hacia el Mediterráneo: el Volga, el Dnieper, el Dniester, el Don. Y llegaban con unos barcos que impulsaban a remo (y hacían rodar sobre troncos para pasar de un río a otro); y eligieron la palabra que aquellos hombres tan extraños usaban para designar el acto de remar: los Rus’ o Rhōs, tal vez procedente de la palabra rōþs, “referente a remar”. En finés (Ruotsi) y estonio (Rootsi) así se sigue llamando a Suecia.
Eslavos y bizantinos utilizaron también otro nombre para los vikingos: los llamaban, uso la palabra española, Varegos (Værignjar en nórdico medieval), “hombres que han prestado juramento” (de la raíz germánica wara, “fidelidad”), pues estos guerreros ofrecían sus servicios como mercenarios a los príncipes eslavos y a los emperadores bizantinos, donde constituyeron la legendaria “Guardia Varega”, los más fieles guerreros del Lugarteniente de Dios sobre la Tierra (uno de los títulos del emperador bizantino). A los normandos (“los hombres del norte”) establecidos en la región de Francia que ahora lleva su nombre, Normandía, les podríamos denominar “los vikingos que dejaron de serlo”. Constituyeron allí un reino, otro en el Sur de Italia y en Sicilia, otro en Inglaterra y un estado cruzado, el Principado de Antioquía. Tras su victoria en Hastings (1066), muchos guerreros anglosajones abandonaron las islas británicas y se dirigieron a través del Mediterráneo hacia Constantinopla para unirse a la guardia varega. Está claro que los bizantinos no podrían hacer muchos distingos entre varegos propiamente dichos y anglosajones. La emigración laboral a Constantinopla era, por consiguiente, uno de los yacimientos de empleo más importantes para los nórdicos, a parte, claro está, del saqueo y la rapiña, para los vikingos. A aquella ciudad de piedra, de enormes palacios e iglesias con cúpulas doradas, la llamaron Miklagård (del nórdico antiguo Miklagarðr, de mikill “grande” y garðr “ciudad”), la gran ciudad, palabra que subsiste en feroés e islandés modernos para designar a Estambul. Los bizantinos y los griegos modernos ni siquiera le ponían epíteto a su ciudad, llamaban a Constantinopla simplemente “la ciudad” (polis).
Para los franceses y los anglosajones los viking eran los nórdicos, los Northmen, “los normandos”, “los hombres del norte”. De la ira de los Hombres del Norte, libera nos, Domine, rezaban los aterrorizados monjes de los monasterios de Irlanda, de Inglaterra, de las costas de Francia y de la península ibérica y los habitantes de París, tantas veces asediada por los vikingos. Unos guerreros que no tenían ningún miedo en el combate, pues no estaban especialmente apegados a la vida, ya que tenían la certidumbre de que si morían en el combate las valquirias los llevarían directamente al Valhala a ponerse ciegos de hidromiel. Ese era su paraíso, su esperanza de un más allá que no sólo no veían con terror, sino con enorme esperanza de pasar, valga la expresión, a mejor vida, claro está, siempre que dieran la talla en el combate. En las tempestades de acero






