«¡Tengo que ser más!»

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Puede que el verdadero conflicto esté en su identidad, igual que el de la roja, donde el clasicismo convergente se mezcla con una mocedad primaria en “un caos de ruidos, un caos de sueños, ¡tengo que ser más!”, decía Whitman y dirá Artur desde su cueva.

 

Uno está de acuerdo con eso que decía Hugues de que la barba de Jeremiah Johnson, un punto por encima de la de Pirlo, resulta insuperable. Se ha tenido barba y pelo largo. La fotografía de esta página lo muestra de forma vaga, en un intento, no fracasado en su totalidad, de recorrer mentalmente lo salvaje. Pero lo salvaje es Jeremías y también Andrea, uno que huye de la vulgaridad del hombre y el otro que lo hace de la vulgaridad del fútbol. Uno ya se ha afeitado huyendo de las canas y la raleza, de vuelta a la aburrida civilización. En la selección de fútbol no huyen, no inician nada porque deben de creer que su rondo viejo es clasicismo, una sonata que se creía inmortal y que no encaja como no le encajaba a Mozart la canción de bienvenida que le tocaba Salieri en ‘Amadeus’, modificándola en el acto. A ver si los de Del Bosque van a ser unos Milli Vanilli en la época dorada del playback. Aragonés se inventó un estilo viendo que lo importante era bailar. Las tendencias van y vienen, y a lo mejor lo que Florentino vio en su día en el marqués fue que no le sacarían nunca de la levita y por eso buscó y buscó en el mercado un diseñador joven para estar siempre a la moda. El equipo español es ralo y canoso y se empecina en seguir, como Mas, quien amenaza con que habrá conflicto si no le dejan vencer con su tiquitaca. Para el caso quizá sea mejor el taca-taca recordando a los de naranja adelantar a los de rojo como adolescentes excitados a los ancianos por la calle, mientras éstos les gritan con la mano levantada, o con el bastón: “¡sinvergüenzas!”. Artur, el Artur de cada día, está a un paso de empezar a levantar la voz y los brazos porque ya le adelanta todo el mundo. Puede que el verdadero conflicto esté en su identidad, igual que en la roja, donde el clasicismo convergente se mezcla con una mocedad primaria en “un caos de gritos, un caos de sueños, ¡tengo que ser más!”, decía Whitman y dirá Artur desde su cueva. Tanto hablar de la caverna que no se ha dado cuenta de que ya sólo pueden encontrarle los espeleólogos. Si Esopo o Samaniego vivieran incluirían su ejemplo en las fábulas. A veces uno escucha a los de la Esquerra y piensa que no sólo le han quitado los votantes, sino hasta el seny que ha sustituido por una flamenquería (pobre) pubescente, que en su búsqueda de colegas ha llegado hasta Carolina del Norte. Más de uno estará preocupado por su comportamiento mañana en la proclamación del nuevo Rey, como lo estaban las hermanas Morkan en su fiesta ante la llegada de Freddy Malins en ‘Los muertos’ de Joyce. Y más que como un personaje real, ni siquiera literario, ya se le está viendo como un dibujo animado. Un Lucky Luke que cabalga hacia el ocaso, “I’m a poor lonesome cowboy…”, con la utópica necesidad de golear.