Tenía que nadar

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Una de las glorias más grandes del distrito de Chorrillos en Lima es un pescador llamado José Olaya, que se nadaba la bahía limeña durante los años de nuestra emancipación, llevándole cartas secretas a los criollos separatistas. Nada podían hacer los españoles contra este chorrillano que se reventaba de frío nadando las misivas que preparaban el terreno para nuestra independencia.

 

Siempre me ha gustado nadar. En el Perú alguna vez me sentí José Olaya, brincando desde las rocas del balneario donde pasaba mis veranos. La belleza del brinco se avaporaba al cotejar el océano. Me daba vértigo estar lejos de la orilla, entre aquellas planicies acuáticas. Respetaba a quienes se jactaban de haber nadado en alta mar. Además, le tenía fe a una leyenda que afirmaba que mi abuelo se cruzaba aquel balneario a su antojo, retando al que se atreviera a seguirlo en ese mar arequipeño de temperaturas polares. Entonces no existían los wetsuits ni nadie sabía cómo se usaban unas aletas. Dice la leyenda que una vez su compadre quiso seguirlo en su aventura–envalentonado por una borrachera– y terminó entre aquellas peñas, moribundo, sufriendo en todo el cuerpo las heridas de las espinas negras de los erizos.

 

Si bien me gusta jactarme de mis veranos marinos, once de los doce meses del año yo era un animal de ciudad: aprendí a nadar en una piscina. Mis primeros aleteos, sobre una tabla celeste de tecnopor, fueron en la Academia Fernández Concha de Monterrico, frente al Centro Comercial Plaza Camacho. Me inicié en la piscina de los principiantes y jamás me promocionaron a la piscina de los avanzados. Supongo que mi asistencia, merced a mis padres, era irregular. Tuve dos o tres encuentros rápidos con la piscina del colegio Recoleta y mejoré un poco mi estilo libre y espalda (el de mariposa siempre me pareció inapropiado) en la piscina en forma de ocho del Club Rinconada. Entre cloro y pisos azules creo recordar que lo único que me interesaba de mis ejercicios limeños era estar preparado para dar el gran salto en el verano, para lanzarme al océano, al «agua de verdad» desde un piedrón que los moradores de nuestro balneario habían apodado –por ser el mejor sitio para que los botes se acercaran a dejarnos pescado– «El desembarcadero».

 

En enero, si mi madre no iba, me mandaba con familiares. Viajaba durante ocho horas bajo colchas y frazadas junto a mis primos, echados en los colchones improvisados sobre la tolva abierta de alguna camioneta. Partíamos alrededor de las 10 de la noche, y llegábamos al amanecer. Una prima, que me llevaba 20 años y estaba a cargo de la casa de la familia, era quien avisaba que se acercaban los botes. Apurada, metía unos panes y alguna otra comida en una bolsa y les encargaba a sus hijos la carrera hasta El desembarcadero. Yo iba con ellos. Bajábamos desde la casa por un camino de tierra rojiza, cruzábamos un pequeño pozo de agua, el puquial; y seguíamos por un camino de piedras. Saltábamos de una a otra, descalzos (me deshacía de mis zapatillas al principio del verano y no me las volvía a poner hasta regresar a Lima) y así llegábamos hasta El desembarcadero. Allí los pescadores recibían nuestro presente y nos entregaban otra bolsa con mariscos y pescado. No recuerdo quejas ni reclamos de ninguno de ambos lados por la cantidad entregada en este trueque. Tras despedir a la barca, mis primos y yo trepábamos a la piedra grande, nos sacábamos las camisetas y saltábamos al mar…

 

Cuando llegué a Nueva York me matriculé en una academia llamada Bally. Los horarios jamás funcionaron. Se necesita disciplina y voluntad. En el Bronx empecé a nadar en la piscina temperada en la universidad, pero a alguien se le iba la mano con las cantidades del cloro y uno siempre salía apestando a químicos. Mi nueva academia se llama Athletic Club y queda a solo 5 minutos manejando desde la casa. Tiene una piscina regular y otra olímpica con agua temperada. En las mañanas suele haber algún carril disponible para someterme a la autodisciplina de la natación.

 

Empecé una nueva rutina a fines de enero sin meterle mucha presión, tonteando entre las cuerdas. Ahora puedo nadar 42 vueltas antes de salir extenuado. A veces consigo la proeza de nadar sin detenerme. Hoy fue difícil: antes de las 26 vueltas ya estaba tomándome minutos extras para descansar. Mi estilo es «libre descuidado» aún con mucho espacio para mejorar. Debajo del agua a veces presiento que mi vida tiene un camino acuático.

 

También siento que de algún modo, la mente del nadador y del escritor están interconectadas. Entre respirada y respirada, pataleos desordenados y braceadas que exigen más preparación, siempre se me ocurre, de improviso, uno que otro argumento para un texto. Hoy no se me apareció nada. Así que me dije: de éso se trata. A la hora de escribir este texto, yo tenía que nadar.