Mozart sobreactuado

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El miércoles anduvo Teodor Currentzis por Madrid, traído por Ibermúsica. Venía con su orquesta, musicAeterna, para interpretar las dos últimas sinfonías de Mozart, la 40 y la 41, en su primer concierto tras el comienzo de la pandemia. Admito que fui con más curiosidad que entusiasmo: sus grabaciones de Bodas, Così Don Giovanni no me maravillaron, por decirlo suavemente.

La orquesta de Currentzis toca de pie, y él hizo que le pusieran el podio (esa tarima a la que se suben los directores) y el atril con la partitura para no usar ni lo uno ni lo otro. Se colocó entre los dos trastos y cerró el libro diez compases después para dejarlo en el suelo. Cuánta irreverencia, cuánta libertad, cuánta pantomima. No quedó ahí el espectáculo: el bueno de Teodor nos proporcionó una hora de deliciosos aspavientos y gesticulaciones forzadas que serían excesivas aunque estuviese dirigiendo a músicos con cataratas. ¿Quién quiere un director cuando puede tener un danzarín sandunguero?

Vayamos a la música. Currentzis tiene una orquesta que mezcla instrumentos modernos y de época (los vientos y los metales), aunque no haga una interpretación historicista. Así, disfrutamos, sin saber muy bien por qué, de unos berridos desafinados de las trompas en el primer movimiento de la 40 solo comparables a aquellos que hace unas temporadas nos ofreció Ton Koopman en el primer concierto de Brandemburgo. Por decirlo en pocas palabras, Currentzis usa a Mozart para su lucimiento personal, tanto musical como escénico. No todo es malo, conste: las lecturas personales de obras conocidísimas me parecen valiosas, porque las mantienen vivas. Disfruté mucho del Andante de la 40, que terminó con un Allegro espídico, tocado con tanta energía por los contrabajos que el resultado era más el ruido de los arcos que otra cosa. En general, la lectura que hizo Currentzis era deliberadamente épica, cosa que no sé si conviene demasiado a la obra de Mozart. El concierto prosiguió con sus tiempos acelerados, contraposiciones forzadas entre frases y un movimiento final de la Júpiter ruidoso y confuso.

Hay que decir el director ha hecho una orquesta a su imagen y semejanza que maneja con gran solvencia. Prueba de ello es el inquieto concertino, que saltaba y sentía la música tanto o más que el maestro. El público aplaudió entusiasmado a este enfant terrible de casi 50 años. El que no disfruta es porque no quiere.

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