Teoría de la Superviviente

En donde el autor se pone intenso de medio pelo recordando a las mujeres que sobrevivieron a cabestros solo sensibles al tacto

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Todos los días, hora a hora, las vemos: en el mercado tranquilizando al niño hiperactivo, con esa falda azul que alegra un día de primavera (¡y alergias!), en el suave pliegue de la camisa que compras, en la policía que sonríe con sarcasmo al ponerte una multa por idiota sin mascarilla y con cigarro, en el metro mirando el reflejo de lo que no fueron…

Todas, casi todas, madres solteras en su madurez -padre desaparecido- lanzadas a la vida sin ruedines vía relación tóxica. Radiantes en su melancolía, atractivas en su determinación, resueltas en su voluntad…y con esa mirada que huye el contacto luego de años, décadas, de terrorismo psicológico.

Recordaba este colectivo, aquellas supervivientes de relaciones inmundas de todo género, al ver Jane B. par Agnès V. Birkin había acabado su noviazgo con ese perverso polimorfo que era Serge Gainsbourg en 1980. Ocho más tarde la cineasta belga Agnès Varda decidió filmar su 40 cumpleaños en un diciembre frío y de nubosidad variable. Una mujer que vuelve a nacer y que Varda permitió observar al espectador cual calendario de adviento, cada ventana una Birkin, hecho película.

Birkin como musa en Jane B. par Agnès V (1988)

Birkin se ganó una segunda vida como actriz, algo más que la portada anoréxica del Vogue, gracias a su raro candor en estos filmes. Criatura inglesa descendiente del planeta inocencia, vendió su corazón y alma al príncipe pop de las tinieblas para resistir como recuerdo doliente de un tiempo y un lugar. Esa sensibilidad, que transforma cada fotograma en una hipnosis de ternura, tiene una metáfora en la gran pantalla: los animales que Birkin compraba disecados como alegoría del amor que “durará siempre”.

Esa fue la fórmula que engendró la teoría de nuestra superviviente.

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