¿Termina una vida con la muerte?

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Mientras apuro las últimas horas en el Baix Empordà, tratando de averiguar algo que no sé, tratando de volver a pensar (escribiendo) algo que ocurrió en Ruanda en 1994, algo que no podía ni imaginar, ni sospechar, ni mucho menos desear…

me llega una fotografía de Ramón Zarauza, que fue proel de mi padre a bordo del Chuvias, su snipe, con estas palabras: “Año 1979 en Melilla delante del Gran Numa”, y trato de recordar dónde estaba yo aquel año. Acaso ya retornado de mi segunda fuga y pactando el traslado a Madrid para empezar a estudiar periodismo en la Complutense a cambio de cancelar el teatro…

el viento y la luz, ceñidos por el sepia del tiempo, parecen darle a la fotografía una aureola sentimental, como si contemplándola, de alguna manera, traslucháramos también nosotros, supiéramos qué hacer con el tangón, estar al tanto del peligro que siempre encierra la botavara, ceñir, colgarse, saber avizorar de dónde vendrá el viento, cómo aprovechar la próxima baliza. No, no quise saber nada de la vela porque quería alejarme al máximo del balandro de mi padre porque para mí (y para él, probablemente) estaban hechos de la misma madera, un casco hecho a medida del mar y del tiempo…

entonces rastreo en mis aparejos y me doy cuenta de que está más presente de lo que concibo, con vestigios de su papelería, del papel de cartas y los sobres de correo aéreo con el que tal vez ahora le sigo escribiendo al más allá, a recordarle…

no es de extrañar que, mientras apuro los últimos compases de Verano, la última toma del Cuarteto estacional de Ali Smith, me queden rondando dos preguntas, que me sirven tanto para el Chuvias como para mi abuela Emilia y su tierra roja, como para lo que trato de averiguar sobre Ruanda antes de que la noche y la desmemoria me venzan:

“¿Termina una vida con la muerte?

¿Cómo definimos una vida?”…

entonces me vuelvo a asomar al mar de Pals como si sobre esa gran pizarra azul el tiempo se diluyera entre un balandro que navegaba en aguas de Melilla en 1979 y este día de invierno en el Bajo Ampurdán, como si pudieran ser el mismo mar, ajeno a todos nosotros, que con su belleza sin compasión nos borra y nos devora, y que al mismo tiempo nos da la oportunidad de hacernos preguntas, como si el mundo estuviera bien hecho a pesar de todo, o pudiéramos hacer algo con la parte que nos toca del bien y el mal.

Anoche llovió a mares y volví a oscuras por los caminos que bordean los arrozales envuelto en plásticos, con miedo a extraviarme. Y como siempre en estas ocasiones pensé, con un determinismo infantil digno de mejor causa, que acaso tenía un sentido. Y así, entre consuelos, vacilaciones de la voluntad, caprichos y tiempo que transcurre con nuestra alma de juguete dentro, acabamos descubriendo que la vida iba en serio, y tratamos de que el mal no se salga con la suya.

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