Terroristas

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Leo aquí y allá que hay Ayuntamientos en el País Vasco gobernados en secreto por ETA. Leo también aquí y allá que en las próximas listas electorales para las elecciones locales y autonómicas probablemente habrá gudaris clandestinos, camuflados bajo siglas ingeniosas. Leo aquí y allá que la cosa no parece tener fácil remedio. Leo La Casa de los Mangos Azules de David Davidar, traducida por Damián Alou y publicada por Anagrama hace siete años y encuentro (en la página 225 y ss.) el texto siguiente [Madhavan es un activista antibritánico que desprecia a Gandhi y pertenece a una organización armada proliberación de la India. Ha entrenado a varios jovenzuelos apasionados y ha llegado la hora del primer asesinato, el bautismo de sangre]:

 

“En la tarde del segundo día, Madhavan les dijo cuál era su misión. Tenían que asesinar al sargento. El grupo se quedó horrorizado. Se habían pasado casi treinta horas observando a aquel hombre, y era evidente que se trataba de un inofensivo policía de pueblo, padre de los siete hijos que habían contado en la choza y casado con una pobre mujer que trabajaba de la maiíana a la noche. Habían observado al hombre mientras estaba de servicio, vestido con su uniforme raído, y le habían contemplado en sus horas libres, chismorreando ante su choza, vestido sólo con un lungi, la tripa asomándole como un monte. No podían matarlo.

 

—Vuestro objetivo es un hombre decente —observó Madhavan tras un breve silencio—. Sólo acepta sobornos para comer, y procura no abusar, ha vivido aquí toda su vida, tiene siete niños (la viruela le arrebató a dos), no tiene amante, le pega a su mujer sólo cuando es absolutamente necesario y, en tales casos, con moderación, es un buen padre y sostén de la familia, y no gasta casi nada en bebida. Es un buen hombre, y en poco se diferencia de vuestros padres, tíos y hermanos. Pero también es un agente del hombre blanco, y por eso le mataréis. Lenta y dolorosamente, en presencia de su mujer y sus hijos, para que vuestro acto sea fielmente transmitido a las autoridades. Su muerte será una gran pérdida para su mujer y sus hijos, el bebé probablemente morirá, y las chicas no harán una buena boda. Y le mataréis sabiendo todo eso, porque es un símbolo de la opresión que atenaza a esta tierra. Y al matarle, os liberaréis de todas las inhibiciones que os impiden actuar en el interés de nuestra noble y justa causa.

 

Fue como si Madhavan hubiera estado hablando a estatuas de piedra. Incluso Neelakantha estaba atónito. El policía bostezó y encendió un biri, enseñándoles los dientes descoloridos a quienes le observaban, escondidos a menos de veinte metros, tras un montículo rocoso.

 

¿Cómo se mata a un hombre? ¿A sangre fría? Si eres un hombre como cualquier otro, un hombre inseguro dotado de sentimientos, reflexión, que intenta llevar una vida razonable, un hombre que no está dominado por la rabia, un hombre normal, ¿cómo matas a alguien que no te ha hecho ningún daño? ¿Le consideras una repugnante envoltura de mierda, meado y pensamientos sucios, y te dices que sería una bendición borrarle del lamentable trozo de tierra que ocupa? ¿O lo pintas como un monstruo para que te sea más fácil eliminarlo? Comprendieron que no había manera de ocultar la terrible verdad: que su objetivo era un hombre no muy diferente a ellos, que vivía y respiraba, que podía llegar a estar tan cansado de vivir que de vez en cuando pensara que sería una bendición dejar este mundo, pero que seguía adelante, día tras día, llevando la carga de la vida, dándole sentido, haciendo su trabajo, esquivando la ira de sus superiores, procurando darles de comer a su mujer y a sus hijos. ¿Era posible, mediante algún tipo de sutileza mental, considerar a ese pobre e ineficaz funcionario del estado como un ENEMIGO? ¿Podrían? ¿Serían capaces?

 

Como si leyera sus pensamientos, la voz de Madhavan se abrió paso entre su confusión.

 

—Apartad de vuestras mentes toda esta tontería emocional —dijo fríamente—. Tratadle como si fuera un animal. Apuntadle mientras se mueve, la mira delantera firmemente alineada con la muesca de la uve que hay en la mira trasera, la mejilla apretada contra la culata del arma, el seguro fuera, el dedo abrazando el gatillo. No apretéis, acariciad, como haríais con el pecho de vuestra amada. Acariciad el gatillo hasta el fondo, teniendo en cuenta la velocidad de la presa. Apuntadle, seguidle, acariciad el gatillo… Practicad la secuencia una y otra vez, ¡y pronto superaréis vuestros recelos! Aquella tarde, justo antes de que anocheciera, el policía puso rumbo a la comisaría alumbrándose con una lámpara de queroseno que llevaba en la mano. Charló unos momentos con su colega y regresó a casa. Pero no llegó. Madhavan apuntó y disparó.

 

La bala se hundió en la rodilla derecha de la víctima y ésta cayó hacia delante, la linterna con él, aunque el cristal, de milagro, quedó intacto. El policía comenzó a chillar, un sonido agudo que no parecía de este mundo y que inundó el crepúsculo. A continuación Madhavan disparó contra el joven policía que estaba en la veranda, y un rastro de sangre apareció en el pecho del muchacho. Pareció aceptar la bala sin dolor, pues no emitió ningún sonido. En silencio, como si no deseara que su muerte causara más alboroto que el imprescindible, se dobló hacia delante y cayó tras la balaustrada, fuera del campo de visión de los atacantes. Con calma, Madhavan les dijo a los novatos:

 

—Ahora voy a rellenar el cargador. Seis disparos, uno para cada uno de vosotros y otro para mí. Si uno de vosotros vacila, la bala será para él. Le meteréis la bala exactamente donde yo os diga. Cada disparo provocará el máximo dolor en ese hombre.”

 

No hace falta comentario alguno.