Tertulia en el Tatiana

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Estábamos de tertulia en la terraza del Tatiana, en pleno paseo marítimo, con una brisa fresca, pero agradable. Anochecía. Unos bebían vodka y otros, como yo, un riquísimo batido de chocolate. La conversación había ido derivando por derroteros cada vez más lejanos a mis gustos e intereses: de la crisis económica a la Eurocopa, del alcalde de Nueva York al candidato Mitt Romney, de Rihanna a Lana del Rey, de los pantalones de cintura alta a lo Katherine Hepburn a los pantalones abombados y medio caídos, de las alergias de primavera al cambio climatológico. De pronto, entre la cháchara de unos y otros, alguien me preguntó, casi a voz en grito, si había leído algo interesante estos últimos días. Le dije que sí, que en estos días había estado releyendo La isla del tesoro. Otro amigo, con el oído al parche, se volvió y me regaló una sonrisa maliciosa. Y luego, tras apurar su vaso de vodka, remachó:

 

–Una lectura o relectura de mucha enjundia, la verdad es que sí.

 

Pasé por alto el aparente sarcasmo, pero no pude por menos de señalar que lo mío había sido una lectura indolente, como quien lee cómics, sin otra pretensión que divertirme con la prosa transparente de Stevenson y la trepidación casi onírica de una historia de chiquillos. El amigo, que no parecía estar tan de broma como pensé, trajo a colación la ambigüedad moral del personaje de Long John Silver y no sé qué otras cosas más como sacadas de La infancia recuperada de Fernando Savater. Asentí con cierta desgana y sólo añadí, con claro retintín por mi parte, que a veces cansaba tanto comentario trascendente en torno a una narración decididamente intrascendente. Mi comentario no hizo gracia a nadie de los que me lo habían oído y, en especial a Lidia, mi amiga periodista, que me llamó rancio académico y me acusó de hacer una divisoria totalmente anticuada entre la literatura de burlas y la de veras, aunque ella empleó eso de high brow and low brow culture.

 

–¿Y no es siempre así? Una cosa es escuchar los Kindertotenlieder de Mahler y otra a Chris Brown o a 50 cent; una cosa es leer el capítulo de los lestrigones del Ulises y otra muy distinta las aventuras del capitán Alatriste en los Mares del Sur. ¿Acaso tu cerebro funciona igual cuando ve un episodio de Seinfeld que una película de Terrence Malick?

 

Mi comentario molestó aun más a Lidia, que volvió a acusarme de elitista y pedante.

 

Yo me defendí.

 

–Llámame como quieras, pero no deberíamos confundir. La isla del tesoro es un juguete divertidísimo que se lee de una sentada y uno se lo pasa genial mientras lo lee, pero al terminar no queda nada más que ese buen rato pasado. En cambio, Guerra y paz trasciende a su lectura, va más allá de lo contado, deja un poso permanente. Hay otras exigencias, otros resultados. Y lo mismo te diría de otras muchas obras catalogadas como de “high brow”. No toda lectura es igual, aunque todas tengan su razón de ser. El único baremo, pienso, debería ser la calidad.

 

El señor Real, que estaba al otro extremo de la mesa, me dio la razón. Sastre, sin embargo, meneaba la cabeza con desaprobación. Lidia iba a decir algo más, pero desde el fondo del restaurante oímos que el partido de España, que daban en diferido, había comenzado. Así que nos levantamos y dimos por concluida la tertulia. Al acomodarnos delante de la televisión, Lidia, ya más sonriente, me preguntó si el niño Torres rompería su maleficio.

 

–No lo sé, pero yo le recomendaría que leyera a Stevenson en inglés para quitarse la ansiedad y los malos rollos.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.