Testamento

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Fotograma de la película ‘El curioso caso de Benjamin Button’ (2008).

Hace unas semanas tuve la desgracia de aprender que las herencias tienen de sorpresivo lo mismo que los regalos de Navidad que tú mismo te empaquetas: crees que van a ser solemnes, mucho mejores de lo que recordabas, intrincados, enigmáticos y llenos de detalles azarosos; pero al final todo se reduce a la extraña sensación de que lo único fortuito que hay en ellos es el tipo de papel que los envuelve. La culpa es de los príncipes africanos que mueren en extrañas circunstancias y cuyos familiares contactan contigo por e-mail para explicarte cómo cobrar cien mil millones de euros de repente. También de Forrest Gump, que defendía que «la vida es como una caja de bombones», pues «nunca sabes lo que te va a tocar [en ella]»; aunque luego termina sucediendo justo lo contrario, tal y como intuye Meryem El Mehdati en su novela Supersaurio (Blackie Books, 2022): «Tengo una teoría sobre la vida: es lo más parecido a una caja de bombones Nestlé caja roja 22 bombones 4,95 euros que existe. Si miras el reverso de la caja sabes qué te vas a encontrar».

Sin duda, las sucesiones testamentarias son injustas y cuentan con el agravante de la premeditación. Algo que te pilla tan de sopetón como la muerte -que, a pesar de haber sido anunciada, nunca nos encontrará lo suficientemente preparados- no debería de exigir tantas ataduras burocráticas previas; y eso que en el fondo -cuando nos invade el temor y el desconcierto- se agradecen, pero en el momento parecen deshumanizar cualquier escena. Es decir, ¿ustedes se creen que mi abuela, que falleció el pasado mes de abril, lo único que nos dejó como legado fueron sus enseres materiales? ¡Claro que no!

«En vez de la muerte era la luz», escribió Tolstoi al final de La muerte de Iván Ilich (Salvat, 1982). «-¡Se acabó! -dijo alguien sobre él. Él oyó estas palabras y las repitió en su alma. “Se acabó la muerte -se dijo-. La muerte no existe”». Y son éstas las lecciones que uno se lleva cuando tiene que lidiar con el final de un ser querido, no las relativas a los impuestos, los trámites administrativos o las esquelas. Porque, frente a la pérdida, ¿qué más da si sólo queda «pan y uvas por toda herencia», que es lo que le pasó a la familia de Bernarda Alba tras la muerte del patriarca?

Precisamente, de Bernarda y de Iván Ilich -de Tolstoi y de Lorca, por supuesto- aprendí mucho de mi abuela, de su forma de encarar el mundo y de su enfermedad, que, por cierto, era la misma que padecía la madre del protagonista de Todo lo que hay (Salamandra, 2013), de James Salter. En definitiva: de mi abuela, que empezó Filosofía y Letras -y que nunca me explicó el motivo, más allá de sonreír cada vez que le preguntaba-, descubrí el gusto por la literatura de un modo idéntico al que expresa Juan de Beatriz en su poema ´mi abuela no lee a bataille’:

«El amor es escaso, pero existe.
No entiende de tratados,
florece donde menos se le espera
y al igual que la dignidad
también se aprende.

Como mi abuela,
que no escribe su nombre,
pero parió una familia
y cita sin saberlo a un tal Bataille:
amar es afirmar
la vida hasta en la muerte.

(…)

Abuela,
enséñame tú ahora

¿cómo se dice vuelve
a quien se fue tan lejos sin marcharse [?]».

Y esa sí que es una bonita herencia, ¿verdad? Además, es tan sorpresiva que no la veremos elevada a escritura pública ni registrada en actas notariales, que es la prueba final que nos ayudará a discernir entre la importancia de las cosas y su urgencia. «Afirmar / la vida hasta en la muerte», ¡quién pudiera! Porque mi testamento serán estos artículos, pero jamás los hubiera escrito sin ella.

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