Texto con ruido de fondo

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Lago Taghkanic, Nueva York. Domingo 17 de octubre de 2021, 4 de la tarde. Foto del autor.

A veces escribo en silencio. No puedo escribir con ruido.

Por qué escribo hoy si hay ruido. Por qué no pueden callarse.

*

Se necesita tiempo para escribir. En realidad para editar. La escritura es una conversación con uno mismo. Faltan los puntos, las comas, sobran palabras.

*

Empezar un diario era mi única opción de continuidad. Si uno no escribe se va el impulso, la destreza para escribir con brillo, para enfrentar la envergadura.

(Esta palabra le daría mucha risa a mi grupo de amigos de Nueva Jersey. Está todo ahí. Tarea: encontrar el origen de la palabra. Un/una filólogue que me lo explique ¿Cómo así?)

*

Pendientes: una reseña del libro de Jaime Rodríguez Z: Solo quedamos nosotros. Podría hablar sólo de la primera historia. De ese gato. La raíz del mal. Masculinidad. De cómo transformarnos o no en machos incompletos. Aceptarnos. De la conversación de hace dos sábados con Benny y con Mario, acerca del rol de Gabriela Wiener en la literatura peruana. De lo mucho que necesitamos a la Wiener.

Aquello requiere de más tiempo. De que no haya ruido. De que se callen.

Y no se van a callar.

*

Tengo pendiente revisar la caja de César Calvo sacada por Lustra Editores. Pensar el rol de las editoriales independientes en la literatura peruana. Sin embargo, tendría que leerme todo para escribir desde el conocimiento. Lo que han hecho no merece un trato superficial. Es importante.

¿Pero cuándo habrá el tiempo?

*

Ficciones. La semana ha estado llena de ellas. Trozos, fragmentos que se deslizaron desde los sueños. Conversaciones magníficas que se convertirían en grandes libros, o en el tema de ellos.

Habría que transcribirlos.

Pienso en eso mientras avanzo en las sombras, al lado de la Ruta 9, pisando las hojas, las semillas y ramas que han empezado a caerse desde el domingo. Podría escribir (¿más?) sobre ese hombre. Ese tipo que enciende la luz de la bicicleta antes de lanzarse a la oscuridad. Sobre esos pantalones largos que desde ayer lo protegen del frío.

Quisiera creer que las ficciones me seguirán esperando.

*

Escribir sobre la depresión, la enfermedad, el dolor.

Sobre las venas y los recuerdos.

Sobre las imágenes porno que flotan en la madrugada. Ella. El deseo, el calor entre las sábanas.

El despojo, la inseguridad, la impotencia.

Los amigos que llenan un vacío. La falta de certezas. El mundo más allá de mi mundo. Los cielos azules de Nueva York. Los pocos recuerdos valiosos que me sostienen. El tiempo que creo que no pierdo, pero tal vez sí.

¿Qué se pierde cuando uno no lo escribe? ¿Qué gana el mundo?

¿Acaso el tiempo que tardo en escribir tiene un sentido?  (Aclaro: más allá de que me sostiene,  impide que me caiga. Siempre.)

Pensar: En la lucha por ser eterno. En esa ceguera. Esas ínfulas. Esa insolencia.

*

Cuando María Esther Vázquez, en el libro de Mariana Enríquez, dice que “Borges se reía con una risa bastante desagradable, porque eran como gritos“, me da un poco de vergüenza.

El tipo hablaba con desprecio acerca de mucha gente. No era buena persona, está claro.

Mas estuvo ilusionado. Su dolor tuvo que ser el de cualquier infeliz: ¡Ella odiaba su risa!

Tantos libros en colaboración para seguir sufriendo de amor.

(También podría escribir sobre La hermana menor y lo necesario que sería este tipo de publicaciones en las bibliotecas peruanas. Pero con qué tiempo. Así que dejo la inquietud. A ver si alguien tiene más espacio, la necesidad de sujetarse de un libro)

Ahora hay mucho silencio. Como si se hubieran marchado todos.

Es otro tipo de ansiedad.

Voy a mirar.

Chau.

 

 

 

 

 

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