The Beatles: It’s all too much – Una enciclopedia por entregas: disco a disco, tema a tema

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Quién fuera ruiseñor.
Quién fuera Lennon y McCartney,
Sindo Garay, Violeta, Chico Buarque.
SILVIO RODRÍGUEZ

Opened up my eyes
You could do no wrong
You gave the whole world hope
And made me strong
JIM CAPALDI, Song for George

You can’t go far without a guitar (unless you’re Ringo Starr)
BEN RALEIGH y ART WAYNE

Empieza la aventura: a partir de hoy, cada primer y tercer viernes de mes la gente estupenda de Frontera D publicará un artículo de mi obra sobre la producción musical de The Beatles. Cada artículo, un disco. Un single, un EP, un álbum o lo que toque. En orden cronológico, por supuesto, y asumiendo como canónica la discografía británica, que era sobre la que la banda tenía cierto control. A veces habrá que hacer algún ajuste porque no todos los discos contienen material inédito, o porque un álbum completo sea mucho tute para una sola vez, pero la cronología es sagrada. Si no, el artículo que estrena esta aventura no sería el de My Bonnie sino el de Strawberry fields forever/Penny Lane.

Gracias, Frontera D, y feliz 12º aniversario. 12 años, ahí es nada.

A modo de introducción: confesiones personales antes de quitarme de en medio

Creo que vive con la conciencia muy tranquila, pero no debería: es la culpable de que la maldita maquinaria se pusiera en marcha. Hablo de mi hermana Cristina, 16 meses mayor que yo. Sin su concurso, es posible que The Beatles nunca se hubieran cruzado en mi camino.

Corría octubre de 1983 y Paul McCartney había lanzado un adelanto de su LP Pipes of peace. El vídeo-clip de Say say say se emitía constantemente en la única televisión existente en la época, RTVE. Resultaba comprensible: la canción era un dúo con Michael Jackson, la estrella de moda, la que partía la pana en medio mundo con su álbum Thriller. El disco del estadounidense había generado ya dos números 1 en forma de single, pero quedaba la traca final: el séptimo sencillo extraido del disco de larga duración, el de la canción que daba título al álbum, estaba a punto de salir, y vendría acompañado por un clip revolucionario, un cortometraje épico de 13 minutos de duración que desataría definitivamente la locura.

Cristina ya había entrado en la edad de interesarse por los éxitos pop del momento, yo estaba a punto de hacerlo. En mi casa se escuchaba música, pero mis padres se habían quedado anclados en los clásicos franceses e italianos de su época y en los EPs del Dúo Dinámico. Nuestros viajes familiares eran amenizados con cassettes de María Dolores Pradera y con la Misa campesina nicaragüense de Carlos Mejía Godoy y el Taller de Sonido Popular. El único sonido contemporáneo y mínimamente en la onda que salía por los altavoces eran los éxitos de ABBA, un descubrimiento tardío de mi madre. Cristina escuchaba en su cuarto un par de cintas de su exclusiva propiedad: 20 diamond hits, de Neil Diamond, y la banda sonora de la película Grease. En octubre de 1983 se compró su primer vinilo: el single de Say say say. Por razones que aún no logro explicarme, a mí me gustó la canción de la cara B, un tema en solitario de McCartney. Y ahí empezó todo.

La pieza en cuestión era una horterada infame titulada (glups) Ode to a koala bear, una cursilada que el propio McCarney ha mantenido oculta tanto como le ha sido posible, excluyéndola incluso de las primeras reediciones ampliadas del álbum al que estaba ligada. Un truño. Un cagarro. Una afrenta al buen gusto. Pop dulzón con letra ñoña y coros infantiles. El nadir de una carrera.

Y, para mí, una puerta de entrada al Paraíso.

La canción no tiene un pase, yo lo sé, pero mis oídos de púber detectaron algo: aquel tipo cantaba muy bien, los arreglos instrumentales funcionaban a la perfección y el sentido melódico del compositor (que resultó ser el propio McCartney; por lo que sea, me fijé en esos detalles desde el principio) era evidente. Se acercaban las navidades y mis gustos estaban cambiando (mi limón ya era Schweppes, para que se me entienda), así que me comporté como el hombrecito que empezaba a ser y sus Majestades de Oriente supieron que había llegado el momento de tratarme como a un adulto: mi carta estaba encabezada por dos peticiones muy maduras. A saber, la cassette de Pipes of peace y el single de Secret messages, de la Electric Light Orchestra.

Melchor, Gaspar y Baltasar cumplieron, y a partir del 6 de enero de 1984 el tocadiscos del salón de mi casa reprodujo varias veces al día mi nuevo vinilo de siete pulgadas. Sé que la ELO también tiene sus detractores entre los puristas de la cosa, pero me consuela el hecho de que The Beatles recurrieran a su líder absoluto, Jeff Lynne, para que actuara de productor en su efímera reunión de los ’90. Una vez más me enganchó la cara B del sencillo, una canción olvidada por la Historia titulada Buildings have eyes. Eran las primeras señales de que me pasaba algo raro: quería saberlo todo, rebañar hasta la última esquina. Adiós, cómics de Marvel editados por Fórum; bienvenido a mi vida, rock ’n’ roll. Acabo de cumplir los 13, es hora de madurar.

El caso es que yo no sabía nada. Tardé semanas en descubrir que aquel señor que salía en la portada de mi flamante cassette, que yo reproducía una y otra vez en la pletina cuando Cristina me dejaba un hueco (los Reyes Magos le habían obsequiado con la cinta de Thriller), tenía un pasado musical. Como vivo en este mundo, sabía que en los ’60 había existido un grupo muy exitoso llamado The Beatles (en España, siempre, los Beatles), pero el único miembro de la banda al que era capaz de identificar individualmente era al fallecido John Lennon. Yo ya cantaba de corrido The other me, una de las canciones del único larga duración de mi propiedad, cuando descubrí que Paul McCartney había sido un beatle. Ni idea, oiga. Comienza entonces otro de los imprescindibles ritos iniciáticos de la adolescencia: construirse una comunidad de aprendizaje.

Haré la historia corta. Un buen amigo, Carlos Linares, me prestó su copia en cassette de una recopilación española de la banda, titulada a la sazón 20 éxitos de oro. Fueron veinte trallazos que me estallaron en las tripas y que pude haberme perdido de no haber sido por la generosidad de Carlos: mis padres no tenían ni un solo disco de los de Liverpool y yo andaba ávido por conocer su música, así que me abalancé sobre la estantería del salón de mi amiga Marta Piédrola una tarde que avisté la cinta de marras, pero Marta se negó a prestármela porque era de sus padres. Carlos, que andaba por allí y escuchó la conversación, me trajo su copia al día siguiente. Semanas después me prestó otro recopilatorio, Love songs, y más tarde el primer álbum original que escuché de pe a pa, Help! Yo estaba en el nirvana.

Pero me faltaba un guía, un maestro, un gurú, alguien que pudiera poner orden en mi anárquico proceso de aprendizaje. Por suerte, los astros me habían sido propicios: en septiembre de 1983, al inicio de mi séptimo curso en E.G.B., se había incorporado a mi clase un tal Gonzalo Sánchez-Terán y nos habíamos caído bien desde el principio. El día que descubrió mi naciente pasión se forjó una amistad imperecedera: los hermanos mayores de Gonzalo eran fans irredentos de los conocidos como Fab Four y él mismo era ya lo más parecido a un experto con lo que yo podía soñar. Aprendí todo con él y se convirtió en un compañero de vida. Hoy, casi cuarenta años después, seguimos compartiendo conversaciones sobre detalles que a nadie más interesan incluso a través del WhatsApp aunque, me alegra decirlo, The Beatles son solo la sal de nuestra relación. Los dioses, además, actúan a veces con criterios de justicia poética: la conversación en la que Alfonso Armada me propuso, para mi sorpresa, publicar mi obra sobre la producción musical de The Beatles en Frontera D, fue auspiciada por Gonzalo. Ocurrió el día de su boda con la maravillosa Shirin. Así deberían ocurrir siempre las cosas.

El primer vinilo que me compré, en la mítica Discoplay de los Sótanos de Gran Vía de Madrid, fue A hard day’s night. Le siguieron todos los demás. Recuerdo con especial ilusión el siguiente 6 de enero, fecha en la que me convertí en el orgulloso propietario de un doble álbum que mi magra economía de adolescente no me permitía adquirir: el espectacular “doble blanco”, de título oficial, simplemente, The Beatles. Compraba también libros que hacían crecer de a poco mi incipiente sabiduría, recortaba artículos de prensa… Por diversión, compilé todas las tiras de Mafalda que citaban al grupo, que no eran pocas (el personaje, por supuesto, era fan, como lo era yo de Quino). Y, sobre todo, seguí encontrando en el camino amigos que compartían mi pasión. Uno de ellos se llamaba Marco Gordillo. Nos pasábamos horas cantando temas de The Beatles a voz en grito.

Me acabé convirtiendo en un estudioso, pero por pura diversión. De los obsesos, eso sí. De los que saben que aquella mierda de canción desconocida que ocupaba la cara B de Say say say fue publicada con una mezcla ligeramente distinta en la edición australiana del single, aunque en el maxi-single local se incluyó la versión distribuida en el resto del mundo. Le grabé la discografía completa de The Beatles a decenas de amigas y amigos y les daba la turra comentándoles anécdotas sobre cada canción. Algunos, inesperadamente, parecían genuinamente interesados en la información no solicitada que yo les brindaba, así que empecé a ponerla por escrito. El plan era poder regalar un pequeño opúsculo que complementara la música. Contaba con tenerlo terminado en unos meses. Empecé en 1991.

The Beatles llevan presentes en mi vida desde los trece años. Me abrieron además la puerta a toda la música contemporánea: nunca me arrepentí de poner el foco de mi atención en la producción artística de un grupo que ya se había disuelto cuando yo nací, pero también soy hijo de mi tiempo. Mi prima Marta Monterroso compartía esa dualidad conmigo en los ’80. Escuchábamos juntos a The Beatles pero también a The Smiths, a Siouxsie and the Banshees, a Peter Gabriel, a Sting, a Talk Talk, a Prince y a Glutamato Ye-Yé. Mi hermano pequeño, Alberto, se convirtió en otra víctima de la beatlemanía, aunque fue feliz el día en que me descubrió, él a mí, las bondades de la primera banda que conoció y amó antes que yo, Nirvana. (Mi otro hermano, Pablo, no consigue salir del bucle de las doscientas versiones de Tubular bells de Mike Oldfield; Cristina sigue escuchando a Neil Diamond y los discos más mainstream de Rod Stewart, aunque se redime parcialmente con su pasión por Elton John; Blanca, nuestra hermana pequeña, tiene buen gusto e intenta continuamente convertirme a la fe verdadera, el culto a Jack White, por más que yo le insista en que no hace falta: soy devoto desde hace años.) Los de la pandilla de entonces no teníamos posibilidades de acudir a un concierto de The Beatles pero encontramos excelentes sucedáneos: los sevillanos Escarabajos (conservo como una joya su CD de 2001 Lennonphile, conformado por maquetas que Lennon dejó inconclusas y que arreglaron y grabaron como tomas terminadas de estudio) y los madrileños All Together Band. El batería de esta última formación era el gran Carlos Hens, procedente de mis siempre admirados Elegantes. Como el mundo es muy pequeño, aquí se cierra otro círculo: el subdirector y director de arte de Frontera D, Emilio López-Galiacho, fue el teclista de Elegantes desde 1986. También tuve la oportunidad de escuchar, en la sala Penny Lane de Santiago de Chile, a la banda de tributo local Beatlemanía. Allí estaba una vez más Gonzalo, con nuestros amigos chilenos Marión Gajardo y Ricardo Lagos.

Me ha tocado explorar territorios que me pasaron desapercibidos en mi infancia y me alegro de haberlo hecho. Si no, me habría perdido al resto de la sagrada tetralogía de los ’60 (The Who, The Kinks, The Rolling Stones, todos ellos muy cercanos a mi corazón), a gigantes del soul y del R&B (Otis Redding, Etta James, Ray Charles, Aretha Franklin) y a grupazos como Pink Floyd o Led Zeppelin. He descubierto, sin mapa que me guiara, a dioses oscuros como Tom Waits o Nick Cave, y he sucumbido ante la desbordante genialidad de Bob Dylan. El día en que, muy tardíamente, decidí empezar a comprar y escuchar por su orden los álbumes del de Duluth, el siempre presente Gonzalo me manifestó su envidia: él, curtido también en la discografía del bueno de Bob, ya nunca podría pasar por la experiencia de una primera audición de sus discos clásicos de los ’60, los ’70 o los ’90. Le entiendo perfectamente, y siento la misma pelusa cuando alguien descubre a The Beatles. Pero ojalá que le siga ocurriendo a mucha gente.

He intentado también, y creo que he conseguido, seguir estando al día: me interesan sonidos nacidos o consolidados en los ’90 y muy alejados de la música de The Beatles (Björk, Massive Attack, The Flaming Lips, The Magnetic Fields), tuve mi época hiphopera y alternativa (The Fugees, Missy Elliott, LCD Soundystem, M.I.A.), defiendo sin rubor que hay artistas que han seguido produciendo música de altísimo nivel en las últimas décadas (Sufjan Stevens, The White Stripes, Arcade Fire, Janelle Monáe) y me emocionan ocasionalmente propuestas más recientes (St. Vincent, Bon Iver, Vampire Weekend, Kendrick Lamar). Pero mi corazón será enterrado en Liverpool.

El 2 de noviembre de 1989 Paul McCartney ofreció su primer concierto en solitario en Madrid, en el entonces conocido como Palacio de los Deportes. Allí estaba yo, con 18 años de edad y con una emoción que no me cabía en el pecho. El 2 de junio de 2016, de nuevo en Madrid pero en el ya desaparecido Estadio Vicente Calderón, volví a cumplir con el ritual de veneración del ídolo. Ha sido la última ocasión que he tenido de hacerlo, y no sé si se repetirá. El 28 de junio de 2018, de nuevo en el Palacio de los Deportes que ahora se llama WiZink Center, disfruté de un concierto de Ringo Starr.

Lo mejor de estos conciertos es compartirlos con amigos que participan de tu afición. Gonzalo y Marco estaban allí en muchas de las ocasiones, incluyendo algunas en las que nos tocó trasladarnos a Barcelona (una visita que siempre mola) porque la gira no hacía escala en Madrid. En el concierto de Starr también estaba Carlos Santa María, mi cuñado. Era el último cómplice al que me faltaba por nombrar: tiene un conocimiento enciclopédico de la música, una colección de discos que multiplica la mía por cien y un corazón que no le cabe en el pecho. Además, sigue atesorando copias de las revistas británicas que compra y engulle cada mes y, cuando The Beatles ocupan la portada o son objeto de algún artículo particularmente interesante, me las pasa bajo cuerda en las reuniones familiares. Love you, Carlos.

Hay otros compañeros de camino a los que me dejo en el tintero: Fernando Sánchez-Arjona, Leonardo Moreno, Inés Toharia, Rodrigo Hortas, Rocío Tamariz-Martel, Santiago Pedrazzoli, Keka Puchades, Àngel Lázaro, Jorge Burón Sr. y Jr., Eloy Santos, Gonzalo Fanjul, María Iglesias, Jamie Salem, Berna Hudson, María y Miguel Rey —cuánto tiempo…—, Asunción Tirado, Román, Marcos y Ricardo Prieto, María Folqué, Javier Moltó —no, Javier, Loquillo está muy bien pero no juega en la misma liga—… y muchos otros. Con todo, esta obra está dedicada en primera instancia a los cuatro Jinetes del Apocalipsis, Gonzalo, Marco, Alberto y Carlos, without whom…

Aunque no solo a ellos: en el concierto del Calderón tuve una compañía de lujo, la de mi hija mayor. María había empezado a descubir a The Beatles con la misma edad exacta que yo tenía cuando aparecieron en mi vida, 13 años, y ella y yo nos pasamos un año entero escuchando juntos en el coche la discografía de la banda (cuatro audiciones completas por disco, luego el siguiente) y la de sus cuatro miembros en solitario (en este caso una audición nos bastaba). Casi lloré de emoción cuando me confesó que Revolver le había entrado con más dificultad que los discos anteriores pero que, tras la tercera escucha, lo tenía por su álbum favorito. El día que me hizo un comentario con cierta mordiente sobre el sonido del bajo de una canción, creo recordar que Come together, supe que Dios existía. María tiene una hermana, Ana (quédense con su nombre, en pocos años recogerá su primer Goya en la categoría de dirección de producción), y un hermano, Carlos (todavía en Bachillerato pero con todas las papeletas para convertirse en el físico teórico más importante de nuestro tiempo desde Sheldon Cooper). Los tres, María, Ana y el decimoquinto Carlos que cito hoy, son hijos de aquella Marta Piédrola que no me quiso prestar la cinta de sus padres. Marta asegura que no le gustan The Beatles, pero ayer desayunaba tarareando There’s a place. Cuando le hago notar que canturrea continuamente temas de los de Liverpool, y que además suele elegir piezas oscuras y desconocidas para el gran público, me mira siempre con estupor: conoce cada una de las canciones al dedillo y, tal como ella lo ve, todas son famosas. Es culpa mía. Te quiero, Marta, aunque no tengo más remedio que insistir en que Los Secretos tampoco juegan en la misma liga.

Mi hija María (autora, por cierto, de la imagen que preside esta enciclopedia porque también es una artista) tenía 18 años cuando Paul cantó para nosotros. Era, de nuevo, la misma edad que yo había alcanzado cuando le escuché por primera vez en vivo. En aquel noviembre de 1989 fuimos muchos amigos los que acudimos al concierto y todos sumábamos más o menos las mismas primaveras. Todos excepto mi madre, que vino también y lo disfrutó de lo lindo. Siempre he pensado que doña Charo es la secreta protagonista de la canción de Dylan My back pages y que cada año es más joven que el anterior, y aquel día lo demostró una vez más. Autorizado como estoy por los propios Beatles, que dedicaron temas a sus progenitoras (Julia, Mother y My mummy’s dead en el caso de Lennon; Yesterday, Let it be e incluso I lost my little girl en el de McCartney; Deep blue en el de Harrison), brindo esta obra también a la madre que me parió… y que me acompañó a disfrutar de Paul en directo, como yo hice años después con mi hija.

Me queda forzar un poco la máquina: mi padre no quiso apuntarse al concierto del ’89 y se vería en serias dificultades si yo le pidiera citar más de dos o tres títulos de canciones de The Beatles, pero Paul también ha escrito un par de composiciones en homenaje a Mr. James McCartney: When I’m sixty-four y Put it there. Yo no puedo ser menos, así que esta va por ti también, papá. Sé que, al menos por la parte literaria que encierra el asunto, te sentirás orgulloso.

The Beatles en 2021

El pasado 22 de octubre de este mismo año, 2021, la Official Charts Company británica actualizó sus listas de ventas de singles y álbumes musicales, como hace cada viernes desde hace décadas. En el número 2 de la “Official Albums Chart Top 100” correspondiente a la semana de 22 al 28 de octubre aparecía un disco de nueva entrada. Se titulaba Let it be y los artistas que lo firmaban eran The Beatles. El número 39 de la misma lista lo ocupaba un recopilatorio de brevísimo título, 1. Era su tricentésima trigésima séptima semana en listas. También era un disco de The Beatles.

En realidad, Let it be es un disco antiguo. Más que antiguo, de hecho: salió a la venta por primera vez el 8 de mayo de 1970, hace más de 51 años, y fue un indiscutible número 1 en su momento. Se trataba del último álbum del grupo de Liverpool y era una obra póstuma: el bajista de la banda, Paul McCartney, había anunciado la disolución de la formación un mes antes del lanzamiento del disco.

Dos de los miembros de The Beatles ya no están entre nosotros: John Lennon murió asesinado el 8 de diciembre de 1980 por los disparos de un tarado que vivía obsesionado con él y George Harrison falleció el 29 de noviembre de 2001 por culpa del cáncer. Tanto Ringo Starr como Paul McCartney siguen en activo, publican discos regularmente y actuaban en directo hasta que la maldita pandemia interrumpió el habitual devenir de las cosas, pero suman respectivamente 81 y 79 años de edad. Ringo es bisabuelo desde 2016 y Paul hace años que se parece más a Jessica Fletcher que la mismísima Angela Lansbury. Hace unas semanas, Andreu Buenafuente bautizó este fenómeno como el “Síndrome de Paul McCartney”: aqueja a los rockeros que se hacen mayores y provoca que, con la edad, se conviertan en señoras. Lo sufren también Marilyn Manson, Robert Smith y Steven Tyler.

Buenafuente hizo un chiste divertido, pero sabe bien que McCartney merece un respeto: la banda de su programa, Late motiv (que nos abandona el próximo 23 de diciembre y a mí me deja huérfano), cierra la emisión todos los días con Back in the U.S.S.R. También remata el monólogo del jefe con el riff de Dizzy Miss Lizzy y, si se tercia, nos regala ocasionalmente otros temas de los de Liverpool, como Day tripper. El líder de la banda es el antiguo guitarrista de Golpes Bajos, Pablo Novoa (love you, Pablo). Si cambiamos de canal, de #0 a Antena 3, nos podemos topar con el concurso ¡Boom!, conducido por Juanra Bonet. El presentador se confesó recientemente fan de Genesis (pillé la referencia, Juanra), pero la concursante Ana Belén Melero, del equipo Libérrimos, luce camisetas de The Beatles con regularidad y habla constantemente de su amor por Liverpool (love you, Ana Belén). (El compañero de equipo de la concursante, Héctor Puertas, reivindica de cuando en cuando sus filias musicales con camisetas de La Banda Trapera del Río, abanderados del proto-punk hispano. Ole tus huevos, Héctor.)

Let it be volvió este octubre a las listas de ventas gracias a una reedición deluxe que debía haber aparecido en 2020 y cuya publicación se vio retrasada por la pandemia. En 2017, Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band había alcanzado el número 1 aupado por una operación similar, y lo mismo sucedió en 2019 con Abbey Road. En 2018, el conocido como “white album” (el “doble blanco” en España, por culpa probablemente de nuestra vieja afición al dominó) escaló hasta el número 4. En esta ocasión fue el lanzamiento de Music of the spheres, de Coldplay, el que me jorobó la noticia con la que yo querría haber abierto mi argumentario: The Beatles son número 1 en 2021. Los Fab Four han tenido que conformarse con la medalla de plata, pero el dato sigue siendo impresionante. Decenas de miles de compradores del mundo entero, yo entre ellos, esperábamos con ansia la fecha del 15 de octubre para cumplir con nuestra obligación moral, acercarnos a alguna de las pocas tiendas físicas de discos que siguen existiendo y apoquinar los más de 100 euros por los que se vende la caja de cinco CDs, un Blu-ray y un libro.

Lo verdaderamente sorprendente es que a nadie le sorprenda el dato: insisto, hablamos de una banda que comenzó su andadura a principios de los años ’60 y se disolvió en 1970… pero que esta misma semana, el 17 de noviembre de 2021, protagonizaba una noticia en el Telediario de TVE. Hagamos un ejercicio mental y retrasemos las fechas 10, 20 o 30 años: pongamos que estamos en 2011 y Ella Fitzgerald compite por los primeros puestos de las listas con Lil Wayne; es 2001 y la juventud luce provocadoras camisetas, adornadas indistintamente con las efigies de 2Pac o de Frank Sinatra; es 1991 y Marlene Dietrich genera más titulares de prensa que R.E.M. Nada de esto sucedió jamás, ¿verdad? ¿Qué ocurre entonces con The Beatles? ¿Qué tienen de extraordinario?

Seamos honestos: la revolución empezó un poco antes, en los ’50, en los Estados Unidos de América. Los ingredientes del cóctel eran sociológicos (una juventud que por primera vez en la Historia tenía poder adquisitivo y ambiciones propias, procesos de concentración urbana), tecnológicos (había nacido la música amplificada, el mercado discográfico se democratizó) y, por supuesto, musicales (los ritmos de raíces negras empezaron a ser consumidos por público blanco y convergieron con las tradiciones populares de origen anglosajón). El rock ’n’ roll lo cambió todo y generó la primera figura atemporal: Elvis Presley, el Rey.

Europa pagaba todavía los platos rotos de la Segunda Guerra Mundial, así que los cambios llegaron con algo de retraso. Con todo, la juventud del Viejo Continente y en particular la británica no fue ajena a la excitación que provocaba aquella música, que algunos llamaban “del Diablo”. Miles de adolescentes vieron transformada su vida con los nuevos ritmos y un número no pequeño de ellos empezó a montar bandas amateur de música.

No existían escenas locales, pero aquellos jovenzuelos las fueron construyendo desde la base. Muchos aspirantes a estrella se quedaron en el camino, pero varios siguieron adelante. Algunos tenían talento, o aprendieron el oficio con dedicación. Unos pocos, además, tuvieron suerte. Fue el caso de The Beatles: su carrera pudo haberse truncado en varias ocasiones antes incluso de alcanzar la fama, pero la Fortuna les allanó el camino una y otra vez. Ellos, por su parte, pusieron esfuerzo y mantuvieron una fe inquebrantable: curraron como cabrones durante cinco años antes de que la suerte les sonriera en forma de contrato discográfico.

El timing resultó perfecto. Si la oportunidad les hubiera llegado unos meses antes, el tándem compositor de Lennon y McCartney no habría estado preparado y The Beatles se habrían limitado a lanzar al mercado versiones de otros artistas o temas compuestos por terceros. Si la suerte se hubiera retrasado un poco, el grupo se habría disuelto, harto de esperar una oportunidad. Algunas carambolas increíbles les llevaron a fichar por uno de los sellos más improbables, Parlophone, dependiente de la todopoderosa EMI pero especializado —a su pesar— en discos cómicos y artistas de segunda fila. Los músicos, aunque pudiera parecer lo contrario, tuvieron la suerte de su vida: el productor al mando era un tal George Martin, un tipo de formación clásica pero de mente abierta, curtido además en los trucos de estudio por necesidad y también por vocación. Con otro productor al frente del cotarro, las cosas habrían sido muy distintas.

La suerte es necesaria y The Beatles la tuvieron, pero no sirve para nada si no hay talento detrás. En este capítulo, los de Liverpool andaban sobrados. Llevaban media vida actuando y se habían fogueado sobre el escenario en clubes infames de Liverpool y también de Hamburgo, donde tocaban durante horas y siete días a la semana, de modo que dominaban la escena y eran maestros en la ejecución instrumental, así como en el arreglo de las canciones que componían su repertorio y que se contaban por centenares.

Eran un grupo atípico: a pesar de que el liderazgo natural de John Lennon era indiscutible, no había un cantante principal en la banda. Todos asumían el papel por turnos aunque el reparto no era exactamente equitativo, John y Paul se quedaban una porción grande de la tarta. Y no es de extrañar: según la revista Rolling Stone son dos de los mejores vocalistas de todos los tiempos. En el ranking aparecido el 3 de diciembre de 2010 en la publicación estadounidense, Lennon ocupaba el quinto puesto mundial y McCartney el decimoprimero. Por si esto fuera poco, las habilidades de los músicos en la ejecución de las segundas voces y los coros eran estratosféricas. En este apartado hay que incluir también a Harrison. The Beatles contaban además con una intuición notable para concebir y ejecutar arreglos armónicos de dos y tres voces.

Y, claro, componían su propio repertorio. Hoy en día se da por supuesto que un ejecutante musical es, a la vez, el creador de sus canciones, pero no era así a principios de los ’60. Sinatra o Presley no escribían los temas que interpretaban ni se esperaba que lo hicieran. Había precedentes, qué duda cabe, pero eran excepción: Ray Charles, Chuck Berry, Buddy Holly… Fueron estos pioneros los que despertaron el gusanillo en Lennon y McCartney y, así, los dos amigos garabatearon varias decenas de canciones ya en sus años formativos. La mayoría fueron desechadas y ni siquiera llegaron a interpretarse en los modestos espectáculos en vivo de los inicios, pero sirvieron para ir haciendo músculo. El momento de la eclosión del genio llegó en el momento preciso, en paralelo a los inicios discográficos de la banda. Otra carambola del destino les puso en una situación que ni ellos mismos habrían soñado: debutaron con dos temas de su propia autoría. El inesperado éxito de aquel primer single, aunque relativo, les garantizó la continuidad del experimento. Todavía recurrieron a versiones de temas ajenos para rellenar los primeros álbumes, pero cimentaron su fama alrededor de sus innovadoras creaciones.

Que, en un tiempo en el que los artistas no escribían sus propias canciones, coincidieran en el mismo grupo dos músicos que habían empezado a componer en su primera adolescencia, antes incluso de conocerse, ya es una sorprendente casualidad. Que ambos demostraran con el tiempo ser dos de los autores más inspirados del siglo XX es poco menos que increíble. Que decidieran unir fuerzas en vez de competir, escribiendo juntos los temas o rematando las labores iniciadas por su socio, y que se complementaran como lo hacían, es casi un milagro. Pero que un tercero en discordia acabara revelándose como otro compositor sobresaliente no entra dentro de los patrones de la lógica. Y, sin embargo, sucedió: Lennon y McCartney, juntos y por separado, firmaron decenas de temas inmemoriales, y Harrison fue construyendo poco a poco su propia identidad hasta acabar aportando al repertorio de The Beatles otras canciones no menos imperecederas: Taxman, While my guitar gently weeps, Something o Here comes the sun, por citar solo las más evidentes. El cuarto en discordia, el batería Ringo Starr, no despuntó en este apartado hasta el último momento, pero se desquitó pronto. Hablamos de un tipo que alcanzó dos veces el número 1 en las listas estadounidenses a lo largo de su carrera en solitario, una de ellas como coautor de su propio éxito. Bruce Springsteen no lo ha conseguido nunca. Dylan tampoco.

The Beatles, además, tenían una imagen propia. No hablamos solo de sus originales peinados o de sus chaquetas sin cuello de los primeros tiempos, aunque la torpe crítica de la época no fuera capaz de ver más allá de aquellos detalles. Lo que la banda reflejaba era una actitud ante la vida: su humor liverpuliense, su porte desenfadado, su orgullo de clase, contribuyeron sin duda a conseguir que la juventud contemporánea fijara su atención en ellos.

Presencia y dominio escénico, habilidad instrumental, dotes vocales magistrales, genio creador, desparpajo… Una combinación explosiva, pero del todo insuficiente para trascender. Si no hubiera habido algo más, The Beatles serían parte importante de la Historia de la música popular del siglo XX pero no un fenómeno que mantiene su actualidad en 2021.

El caso es que sí, había algo más.

Para empezar, The Beatles tenían algo que decir. Sus primeras canciones remedaban el patrón literario del pop de la época y el apartado letrístico de aquellas composiciones estaba construido, en la mayoría de las ocasiones, con colecciones de frases hechas y con lugares comunes que envolvían temáticas invariablemente amorosas, pero la cosa cambió pronto. Los miembros de la banda, todos excepto John, eran de procedencia indiscutiblemente obrera, pero tenían inquietudes intelectuales y las habían cultivado desde niños. Lennon era particularmente hábil con el lenguaje y escribía desde siempre, retorciendo el inglés con pasmosa habilidad siguiendo la mejor tradición de Lewis Carroll, Edward Lear o James Joyce, y McCartney era un impenitente lector de novelas. Harrison, más introspectivo, guio a sus compañeros y a toda una generación por la senda de la espiritualidad oriental. En 1962 The Beatles eran unos simpáticos beatniks. En 1967, cuando todos los músicos de su quinta habían perdido el favor del público porque se habían mostrado incapaces de evolucionar, los antiguos Fab Four eran los líderes generacionales de la juventud hippie y le ponían banda sonora al Verano del Amor.

Los cuatro de Liverpool eran mentes curiosas e inquietas y, por lo tanto, músicos curiosos e inquietos. Tan pronto como empezaron a ganar confianza en el estudio, y lo hicieron muy pronto, decidieron experimentar. No solo no copiaban fórmulas ajenas, tampoco repetían las propias por grande que fuera el éxito que hubieran obtenido con ellas. Los primeros experimentos fueron previsiblemente tímidos y limitados (percusiones originales, timoratos escarceos con los teclados, pedales de volumen, guitarras de doce cuerdas…), pero pronto abrieron la espita y el mundo del pop cambió de la noche a la mañana. Menos de tres años después de haberse estrenado como artistas discográficos, The Beatles estaban invitando al estudio a músicos clásicos para que les acompañaran en sus grabaciones. A finales de 1965 Harrison introdujo el sitar en la paleta sonora del grupo, y meses después ya componía canciones seriamente inspiradas en los ragas indios. Las voces se filtraban, los solos de guitarra se grababan en dirección contraria, se contrataba a media orquesta sinfónica para que tocara 24 compases de un batiburrillo sonoro sin partitura… The Beatles trabajaban además con un equipo de ingenieros de sonido audaz, imaginativo y tremendamente creativo y George Martin, su productor, era capaz de trasponer sus ideas a partituras que guiaran el trabajo de, digamos, una sección de viento, pero también osaba proponerles trocear una grabación de calíope, lanzarla al aire y recomponerla aleatoriamente para crear una base sonora que evocara el ambiente de un circo. Más suerte para The Beatles.

Los Fab Four acumulaban un amplio espectro de influencias estilísticas. Sus pasiones originales eran el salvaje rock ’n’ roll de los ’50 y el trepidante R&B afroamericano, pero ponían la oreja en todas direcciones. Componían remedando una gama infinita de estilos porque los habían mamado todos: el blues más puro y el C&W rural (y su primo el rockabilly), pero también la música de cabaret y las grabaciones de los grupos vocales femeninos. Atentos a lo que ocurría a su alrededor, se dejaron influir por el naciente soul y por el añejo folk de raíces, por la música electrónica de Stockhausen y por la tradición clásica indostaní. Hace pocas semanas, McCartney reivindicó el eclecticismo estilístico de The Beatles con una poco habitual pulla hacia sus amigos The Rolling Stones: “No estoy seguro de si debería decirlo, pero son una banda de versiones de blues, eso es lo que son. Creo que nuestra red de influencias era un poco más amplia que la suya”.

[… Y entramos así en terreno pantanoso, el de la eterna e inútil discusión. Podría ponerme estupendo y parafrasear a mi amigo Gonzalo: según él, los fans de Jagger, Richards y compañía insisten en el absurdo debate (“¿qué grupo es mejor?”) cuando los devotos de The Beatles sabemos que la única duda razonable es “Lennon o McCartney”. Pero no lo haré. Me flipan los Stones. Son unos monstruos, unos grandes, un regalo para el mundo. Solo me cansa el inmisericorde martilleo de los que van de puretas y repiten, una y otra vez, la agotadora cantinela: los Stones son rock, The Beatles son pop. Mis cojones treinta y tres, para empezar. Lo peor es que son pocos los que defienden a la banda londinense respetando al menos su nombre: el 90% de estos supuestos guardianes de las esencias los llaman “los Rolling”, maldita sea. Al próximo polemista que me encuentre le admitiré la discusión solo después de que me presente una lista de las 25 o 30 canciones que más le gustan de su supuesto grupo favorito. Yo le canto la mía de memoria cuando haga falta, y se la razono, pero me temo que hay mucho fan de boquilla. Si pasa la prueba, entraremos en materia. Quiero respuestas: si Yesterday es pop almibarado, ¿por qué los Stones tardaron tres segundos, después de escuchar la composición de McCartney, en ir corriendo al estudio para grabar As tears go by con un cuarteto de cuerda?; ¿no atufa un poco el arreglo instrumental de Paint it, black, grabada pocos meses después de la publicación de Norwegian wood (sitar veo, sitar quiero)?; ¿hacía falta meterse fallidamente en el jardín del rock psicodélico con Their Satanic Majesties request como respuesta al deslumbrante Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band? Estoy hasta el último pelo con este tema. (Por cierto, mi lista de temas favoritos de The Rolling Stones incluye las muy obvias (I can’t get no) Satisfaction y Gimme shelter, pero prefiero otras: Sympathy for the devil, Ruby Tuesday, You can’t always get what you want, Beast of burden, Little red rooster y, cosas de la vida, Brown Sugar, de la que ahora reniegan los propios… Rolling.)]

Los de Liverpool innovaban continuamente y siempre parecían ir dos o tres meses por delante de sus más directos competidores. No siempre creaban escuela, pero siempre parecía que lo hacían. No inventaron los álbumes conceptuales y hasta es discutible que Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band merezca la etiqueta, pero cambiaron las reglas del juego con sus LPs, convirtiendo el formato en el patrón con el que se medía la calidad de los artistas. Estaban a la vanguardia, aunque revestían sus experimentos con melodías que, la mayor parte de las veces, resultaban accesibles. Y si no lo eran, las convertían en accesibles: The Beatles educaban a su público y lo hacían avanzar con ellos. Y, encima, nunca tropezaban: son, probablemente, la mejor banda de rock de la Historia, pero también la más exitosa. Allá en los ’60, calidad y comercialidad no eran conceptos antagónicos. The Byrds lo petaban, Simon and Garfunkel lo petaban, Jimi Hendrix lo petaba, Cream… también lo petaban. Those were the days, my friend.

Prácticamente todas las innovaciones que debemos a The Beatles se han convertido en la autopista por la que han circulado después los mejores músicos contemporáneos (y los peores también, aunque con menor fortuna). Todo suena tan obvio cuando se escucha su música hoy en día que no somos capaces de caer en la cuenta de lo rompedor que resultaba, para la época en la que aparecieron las canciones, abrir I feel fine con un feedback de guitarra, cantar Eleanor Rigby con el acompañamiento de un octeto de cuerda, grabar voces en dirección contraria en Rain, adornar Tomorrow never knows con loops de sonidos saturados o romper los tímpanos del respetable con Helter skelter.

Esta obra pretende ayudar a entender la relevancia de los aportes de The Beatles a la música contemporánea y enmarcar las canciones en su contexto. Con todo, hay un único motivo real por el que el viaje puede resultar interesante: la música que nos regalaron The Beatles es espectacular. Todo lo dicho anteriormente no valdría nada si aquellos cuatro músicos no siguieran poniendo los pelos de punta en este 2021. Pero eso es exactamente lo que ocurre: Twist and shout todavía te saca a bailar, Hey Jude te clava en el sofá y Across the universe te transporta a mundos oníricos.

Y no olvidemos que I am the walrus sigue siendo vanguardia pura.

Y que We can work it out le alegra el día a cualquiera.

¿Conoces Happiness is a warm gun? Droga dura para los sentidos.

Dale una oportunidad a las caras B: The inner light te conecta con el Universo entero.

Y a las caras A, qué coño: Get back es una puta maravilla.

Que sepas, además, que en los primeros discos se esconden sorpresas inesperadas: I’ll cry instead te corroe las entrañas, pero lo gozas como si no hubiera un mañana.

Y suma y sigue. Agita el bombo, saca una canción al azar y disfruta. Es altamente improbable que salga el mojón de Little child. Ya sería mala suerte…

The Beatles 1962-1970: su discografía británica

Los enlaces van activándose a medida que se publican los artículos correspondientes. Aparece uno (al menos) cada primer y tercer viernes de mes.

1962
My Bonnie (single) [Tony Sheridan & the Beatles]
Love me do (single)

1963
Please please me (single)
Please please me (LP)
From me to you (single)
My Bonnie/Cry for a shadow/The saints/Why (EP) [Tony Sheridan with the Beatles]
Twist and shout (EP)
She loves you (single)
The Beatles’ hits (EP)
The Beatles (No. 1) (EP)
With The Beatles (LP)
I want to hold your hand (single)
The Beatles’ Christmas record (flexi-disc)

1964
All my loving (EP)
Cry for a shadow (single)
Can’t buy me love (single)
Ain’t she sweet (single)
Long tall Sally (EP)
A hard day’s night (single)
A hard day’s night (LP)
Extracts from the film A Hard Day’s Night (EP)
Extracts from the album A Hard Day’s Night (EP)
I feel fine (single)
Beatles for sale (LP)
Another Beatles Christmas record (flexi-disc)

1965
If I fell (single)
Beatles for sale (EP)
Ticket to ride (single)
Beatles for sale No. 2 (EP)
Help! (single)
Help! (LP)
We can work it out/Day tripper (single)
Rubber soul (LP)
The Beatles’ million sellers (EP)
The Beatles third Christmas record (flexi-disc)

1966
Yesterday (EP)
Paperback writer (single)
Nowhere man (EP)
Yellow submarine/Eleanor Rigby (single)
Revolver (LP)
A collection of Beatles oldies (LP)
Pantomime: Everywhere it’s Christmas (flexi-disc)

1967
Strawberry fields forever/Penny Lane (single)
Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (LP)
All you need is love (single)
The Beatles’ first (LP) [The Beatles with Tony Sheridan & guests]
Hello, goodbye (single)
Magical Mystery Tour (2 EPs)
Christmas time (Is here again) (flexi-disc)

1968
Lady Madonna (single)
Hey Jude (single)
The Beatles (2 LPs)
The Beatles sixth Christmas record (flexi-disc)
Pop party! (3 LPs) [VV.AA.]

1969
Yellow submarine (LP)
Get back (single)
The ballad of John and Yoko (single)
Abbey Road (LP)
Something/Come together (single)
No one’s gonna change our world (LP) [VV.AA.]
The Beatles seventh Christmas record (flexi-disc)

1970
Let it be (single)
Let it be (LP)
From then to you (LP)

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Carlos Prieto Dávila, Putxe para muchos, está felizmente casado y tiene dos hijas y un hijo, y también buenas amigas y amigos. Dicho lo importante, el resto: estudió la carrera de Derecho y luego dos postgrados, uno en Migraciones Internacionales y otro en Políticas Públicas, Desarrollo y Pobreza. Actualmente es director de Comillas Solidaria en la Universidad Pontificia Comillas. Su experiencia profesional incluye asimismo el ejercicio de la abogacía en ámbitos de exclusión social (Derecho Penal, Laboral, de Extranjería) y la gestión y evaluación de impacto de proyectos de cooperación internacional. Algo sabe de Aprendizaje-Servicio y otros temas relacionados con su desempeño profesional, pero solo se considera experto en una cosa: The Beatles. Cantó Imagine junto a su amigo Leo en el escenario del mítico Cavern Club de Liverpool. Los dos lo hicieron fatal.

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