Tiempo de aspersores

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A las siete de la mañana de un domingo de agosto, cuatro modestos aspersores en el parque solitario. Si el mundo no está bien hecho, se dice el caminante, poco le falta. Le gustaría, eso sí, saber pintar: sentarse ahí con un cuaderno y una cajita de acuarelas. O tener una cámara buena y entender de luz, planos y enfoques: fijar el lírico vuelo de las gotas en una pantalla o sobre papel. Aunque fuera sin su dulce melodía monocorde, a cuyo ritmo el paseante sonríe, afloja el paso, respira hondo, se relaja. Claro que también podría grabarla…

(«Déjate de tonterías»).

Un poco más allá, la jardinera se entrega concentrada a su labor. Menuda, morena, en uniforme de trabajo verde oliva, lleva enormes gafas de sol muy negras, y una pinza color celeste le recoge el pelo en la nuca. Con una mano dirige la manguera a un seto bajo, manteniéndola mucho rato en el mismo punto para inundarlo de agua, mientras entre los dedos de la otra, inmóvil, humea un cigarrillo recién prendido. Estática, absorta, ajena al hombre que camina por el parque desierto; inmersa en el silencio y su tarea.

(«Calla tú también y escucha»).

Repiten los aspersores su lento barrido en abanico, con una cadencia discreta: y por un momento las rociadas se entrecruzan para luego volver a alejarse. Pero el paseante sale del encantamiento, va cavilando otras cosas. ¿Por qué andarán tan lejos sus hijos? Y los ancianos que viven solos, ¿qué harán este domingo de verano? Aunque a ellos les da igual que sea domingo u otro día cualquiera. No es verdad que todo el mundo esté en la playa, no. El verano también es tiempo de hospitales. Cuánta amargura. Él mismo…

(«No será para tanto»).

Se ha preguntado alguna vez el viandante solitario por qué le fascinan el murmullo de los aspersores y sus mínimas ráfagas líquidas. ¿No será que ante ellos es imposible sentir dolor? ¿O que hablan de un mundo amable, pequeño y hermoso? Acaso es también porque le recuerdan a su abuelo: a la caída de la tarde, en verano, acoplaba el artilugio a una manguera y lo clavaba en un cuadro del huerto. El calor empezaba a ceder, y en la paz de la hora el agua hacía su trabajo, mientras se elevaba de la tierra un perfume penetrante.

Una estatua. Eso semeja el caminante ante la tenue cigarra de los cuatro aspersores. ¿Le ha hipnotizado el rumor o han sido más bien los miles de gotas que, contra un denso fondo de vapor de agua, flotan sin prisas y a la deriva, suspendidas en el aire? Se quedaría todo el día ahí, en el silencio de los aspersores, o hasta que la jardinera los desmontara. Pero la vida… Y reemprende su marcha sin dejar de oír el mensaje: una promesa de calma y frescor, más la idea repetida de que da todo un poco lo mismo.

(«¿Es que hay algo que importe de verdad?»).

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