Tierra henchida

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Mi blog en esta revista se llama Malabo, y es la capital de la república de Guinea Ecuatorial. Por ser un nombre oficial, el nombre con el que se le conoce en la UNO, o sea, la ONU, debería escribirlo con letras versales, así, República de Guinea Ecuatorial, como la gente de Congo  dice República Democrática del Congo, o cuando Kim Song Il dice que su país es la República Democrática de Corea. Pero a veces me sale la letra chica, pues sé que hay cosas de esta república que hay que mirar con lupa.

 

El título de esta entrega tiene algo que ver con la verdad de Dios, recogida en la Santa Biblia. Hay un rincón del libro santo en que se conmina a una pareja a que se multiplique y que llene la Tierra. O sea, que la llene de rusos, birmanos, cherokees, mongoles, malayos, mormones, sioux y comanches. Pero pese a la claridad del mandamiento, parecía que el método para llevarlo a cabo era reprobable, pues en cuanto los dos miembros de aquella pareja tuvieron la ocasión de comer la manzana, fueron fulminantemente expulsados del paraíso y pusieron en la entrada del mismo a un ángel armado de una espada.

 

Parece ser que tiene algo que ver con la persona que ofreció la manzana, el Diablo, ser extraño que desde las eras primeras de la humanidad se acostumbró a meterse en los asuntos de los hombres. La república de Guinea se vio afectada por el mandamiento, y cuando ya selladas estaban las puertas del antedicho paraíso, andaban por ella sus primeros pobladores. Lo que no se sabe es dónde esperaban antes de que se estallara el volcán, el tsunami o terremoto que propició la emersión de las tierras que dio lugar a los territorios que la conforman, pues bien sabido es que las tierras actuales de la Guinea actual son volcánicas, y las cosas se dicen por algo.

 

Sin resolver todavía este asunto, podemos decir que los pobladores de la isla de Bioko, que empezó siendo llamada Formosa, pasó por Fernando Poó y ahora se llama como lo hemos dicho, son los bubis. Es decir, que estos son los que deberían ser llamados indígenas de la isla. El apetito voraz de los europeos los llevó a las costas de Bioko, y en menos de lo que canta un gallo los bubis dejaron de pescar y se instalaron en Moka, tierra adentro. Razón: podrían haber sido apresados por los esclavistas para ser vendidos como mercancía en New Orleans. (Los compradores abrían la boca de los negros y certificaban la calidad de sus dientes).

 

Los bubis estaban hartos de que se les persiguiera, y es que quienes estudiaron un poco de sus huidizas costumbres llegaron a la conclusión de que ellos antes eran del continente, y hartos de que se les molestara, buscaron cayucos y se hicieron a la mar, teniendo como meta el pico, que desde las alturas medias, o la costa misma del África cercana, se veía. Llegados aquí, vieron el territorio y se instalaron donde quisieron hasta la llegada de los hombres voraces. Con cuatro vueltas que dieron estos hombres por la isla, la primera hoja de la historia ya estaba escrita, y hoy se puede leer que como el resultado de aquel ir y venir de aquella gente voraz, algunas partes costeras de la tierra de los bubis se poblaron de negros traídos de Sierra Leona, de Cuba, y de Nigeria.

 

Estos deberían ser llamados isleños de no ser por lo que pasó después con los que consiguieron que Manuel Fraga les diera la bandera de la república recién matriculada en la UNO. Hoy quedan testimonios de que sí hubo gente extranjera que hizo grandes esfuerzos para merecer ser llamada nativa. Aquí anduvieron, pues, nigerianos, sierraleonas, yaoundes, cubanos…, mirando todos ellos de reojo a los bubis. Estos mismos hombres voraces siguieron dando vueltas por los alrededores y descubrieron que muy cerca de Santa Elena, que es una tierra casi ahogada en la soledad del mar atlántico, estaba Annobón.

 

Claro que no se llamaba así, y de no ser por su voracidad no hubieran creído que aquel pequeño montículo valía para algo. No se amilanaron ante las dificultades, y conjurando peligros, sacando pecho ante el oleaje inquieto, dejaron en la nueva tierra a unos cuantos hombres y mujeres  traídos de donde un reyezuelo convino con ellos en el trato infame. Hubo entre aquella gente desgraciada que se dejó en aquella isla hombres y mujeres sacados con alevosía de Etiopía. (Esta verdad parece que es de libro). La voracidad de aquellos siglos fue tan contagiosa que en pocos años ya  tenían sus barcos navegando por los mismos mares los españoles, gente de una España que hacía pocos años que era todavía morisca.

 

Sí, la voracidad fue tan grande que España se lanzó al mar ¡antes de que descubriera  América! Fueron los españoles los que bajaron más al sur del Golfo de Biafra y dejaron su semilla en unas tierras que nunca creyeron suyas, pues el asunto llegó hasta la conferencia de París, un acontecimiento que tuvo lugar cerca de nuestros días. En el reparto de África España recibió una migaja, y es la tierra que más tarde se descubrió que estaba poblada por tribus playeras, tribus semiplayeras y tribus de ninguna manera playera, y que incluso consideraban que llegar al mar y verlo sería un acontecimiento que las marcaría para siempre. Esos son los pamues, llamados así hasta que decidieron que les gustaba más que se les llamara fang.

 

Todo este censo en prosa está justificado por la necesidad de dar nombre a los pobladores de Guinea Ecuatorial. Si han seguido el viaje, verán que los hombres de Guinea están agrupado por tribus o pueblos que, contados desde la puesta del sol hacia el interior de la tierra, son: annoboneses, bubis y los criollos, descendientes de los brazos traídos del África que habla inglés o dialectos adyacentes. Luego vienen los playeros de Corisco y los que poblaban las Elobeyes, poniendo los pies en la arena húmeda, el grupo que recibe el nombre grande de ndowé.  Después, los bujebas, que no eran tan amantes de la mar. Por fin están los pamues, que al día de hoy, está dicho, se precian de que se les llamen fang, y dicen de sí mismos que salieron de Egipto cuando se cansaron de llevar piedras de un sitio a otro y juraron no parar hasta ver el mar. Lo probable es que esta determinación fue la causante de que la vara de la jefatura nativa recayera en sus manos cuando Franco Bahamonde se cansó de luchar con los envidiosos del comité de descolonización de la UNO, alias ONU, y mandó conceder la independencia total a la república de Guinea Ecuatorial. ¿Para qué querían ver el mar los pamues, hoy fang?

 

Para que supieran qué decir, muchos siglos después, o sea, hoy, ante el hecho de que la riqueza se trae y se lleva por el mar. Y con este conocimiento, se justificaría el hecho de que sean los únicos que llevan la vara de mando desde aquello del mandao de Fraga Iribarne. ¿Para qué habrán hecho aquella larga travesía, si no?. No se puede hacer la discusión de este hecho sin el censo, y sin las mínimas lecciones de geografía y de historia regional. Como sabemos que urge emprender discusiones para saber qué se hace con Guinea para que sus asuntos anden por la senda recta, asimilando esta rectitud de la senda a resultados óptimos en la gestión del país, creemos que es obligatorio el recurso a los registros del pasado en busca de los argumentos que justifiquen nuestras posturas. Es una invitación.

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.