Tocados con bacías de barbero

0
251

Hay en esa costumbre del fasto catalanista, de la solemnidad impostada, del marco de las películas ‘Princesa por sorpresa’ un ridículo subyacente, casi inevitable.

 

Hay en esa costumbre del fasto catalanista, de la solemnidad impostada, del marco de las películas ‘Princesa por sorpresa’ un ridículo subyacente, casi inevitable. Por costumbre uno acaba aceptando cualquier protocolo que desde la lejanía se ve como el de una corte exótica, fabulosa, donde caben las corbatas, las calzas, los sombreros y hasta las camisetas de David Fernández. Entre tapices y salones góticos transcurre casi todo en esta novela gráfica de caballerías por entregas. No aparece planteado ningún otro escenario. Incluso el pueblo, más soberano que ninguno, se niega a mirar más allá del segundo acto, confiados en su destino glorioso, como el Henslowe de ‘Shakespeare in Love’, el empresario teatral que siempre decía que todo iba a salir bien y cuando le preguntaban  cómo, respondía: “No lo sé, es un misterio”. Hay una circunscripción palaciega en el sentimiento independentista, un decorado del que no cabe salir en estos prolegómenos de la patria de los que uno piensa que ni sus impulsores querrían verse fuera, pues no es lo mismo vender el ideal de Sissí que tratar del hundimiento del Carmel. Ni Artur habla de cómo sería una Cataluña independiente, ni los ciudadanos partidarios de ella quieren saberlo, lo cual pinta este cuadro de una irrealidad, de una fantasía tan cándida y fanática que no cabe sino atribuírsela a una sociedad constituida sobre el desvarío como la personalidad de don Quijote. Nada hay más español que Alonso Quijano, quien quizá soñara con mareas de paisanos en defensa de su dama, todos vestidos con armadura, tocados con bacías de barbero, festejando el advenimiento de una nueva era que se acaba al traspasar ese lienzo donde sólo está la pared, como un molino de viento, de la que cuelga el marco recargado de museo.