Todos los charcos

0
753

En las últimas horas del año, escribo las primeras palabras de 2014. Sin estridencias porque hace tiempo las nocheviejas me pillan con la vida a medio vivir. Mañana será otro día. Con la nostalgia justa, que en esos pliegues ya enredará la Semana Santa. Ayer no pasará tan rápido. ¿Somos memoria? Pero siempre en construcción. 

 

 

En las últimas horas del año, escribo las primeras palabras de 2014. Sin estridencias porque hace tiempo las nocheviejas me pillan con la vida a medio vivir. Mañana será otro día. Con la nostalgia justa, que en esos pliegues ya enredará la Semana Santa. Ayer no pasará tan rápido. ¿Somos memoria? Pero siempre en construcción. Por eso estos días los he dedicado a eliminar emails antiguos sin demasiada piedad, aunque un amigo me insista en que debería conservar algunos como reliquia. Como en el charco, en los calendarios –y quizá en las palabras– se condensa la fugacidad de lo que fue momentáneo y, sin embargo, será también para siempre. Breve el charco y su reflejo churrigueresco, a la vez es recuerdo perenne en piedra que sobrevivirá a todos nosotros. A todos los charcos. Las manecillas del reloj ponen hora a la fotografía. El agua terminará yéndose tal vez por el sumidero. O se evaporará sin que los que pasean lo perciban. Entonces la imagen perderá su profundidad. Dejará de ser un hoyo excavado sin chapoteos. Click. Y lo volverán a cubrir las baldosas.