Todos los ocho de Marzo.

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«No creáis tener derechos. Es decir, no ofusquéis o deforméis la justicia, pero no creáis que se puede esperar legítimamente que las cosas ocurran de modo conforme a la justicia; tanto más cuanto que nosotras y nosotros mismos estamos bien lejos de ser justos».
Simone Weil, Cuadernos II.

El feminismo siempre va con los números por delante: tantos por cientos de menos salario, de menos puestos de dirección, de menos pensiones, de menos autoras, de menos premios, tantos por ciento de más  pobreza, de más maltrato, de  más trabajo no remunerado, de más silencio. A veces, y no sin críticas, también da la lata con las letras: humanidad, personas, criaturas; bienvenidos y bienvenidas al orgullo de la diferencia en una sociedad de iguales.

¿Por qué tantos números, por qué tantas letras? Porque seguimos siendo diferentes y además desiguales. Porque no avanzamos. La causa de la igualdad es un barco que se mantiene a flote pero en el que no deja de entrar agua de una u otra forma. Porque la igualdad de derechos es algo indiscutible racionalmente en nuestra sociedad moderna, pero la igualdad en el poder, en los lugares en los que se toman las decisiones de qué cuenta y qué no cuenta, de qué se va a recompensar y de qué seguirá silenciado, esa igualdad es todavía una utopía. 

De qué sirven los derechos sin las garantías para ejercerlos. De nada. ¿De qué sirve una Ley sin recursos humanos y financieros para aplicarla? De nada. ¿De qué sirve un Ministerio sin poder de decisión real sobre el cumplimiento de la perspectiva de género por parte del resto de Ministerios? Quizá esto último sí sea útil. Es útil para dar argumentos a los que criticaban la existencia de un Ministerio dedicado a la igualdad. Un Ministerio dedicado a recordar cifras escandalosas pero sin una sóla acción contundente, tan llamativa y desproporcionada como las cifras de desigualdad que maneja, destinada al cambio.  A veces nos da la sensación que es un Ministerio tan silencioso e invisible como la realidad discriminatoria que pretende cambiar.

La igualdad en abstracto ya no es la cuestión, el reto está en por qué se resisten mujeres y hombres a practicarla, a exigirla, a construirla, a darle vida, a dejarla caminar. Por qué las cifras que nos repiten no son tan insoportables, tan intolerables para que todos los días sean ocho de marzo.

Pilar Pardo Rubio. Estudió Derecho en la Carlos III y continuó con la Sociología en la UCM, compaginando en la actualidad su trabajo de asesora jurídica en la Consejería de Educación y la investigación y formación en estudios de Género. Desde el 2006 colabora con el Máster Oficial de Igualdad de Género de la Universidad Complutense de Madrid que dirigen las profesoras Fátima Arranz y Cecilia Castaño. Ha participado en varias investigaciones de género, entre las que destacan la elaboración del Reglamento para la integración de la igualdad de género en el Poder Judicial de República Dominicana (2009), Políticas de Igualdad. Género y Ciencia. Un largo encuentro, publicada por el Instituto de la Mujer (2007), y La igualdad de género en las políticas audiovisuales, dentro del I+D: La Igualdad de Género en la ficción audiovisual: trayectorias y actividad de los/las profesionales de la televisión y el cine español, que ha publicado Cátedra, con el título "Cine y Género". (2009). La publicación ha recibido el Premio Ángeles Durán, por la Universidad Autónoma de Madrid y el Premio Muñoz Suay por la Academia de Cine.   La mirada cotidiana que dirigimos cada día al mundo en que vivimos es ciega a la las desigualdades que, sutiles o explícitas, perpetúan las relaciones entre hombres y mujeres; visibilizar los antiguos y nuevos mecanismos, que siguen haciendo del sexo una cuestión de jerarquía y no de diferencia, es el hilo conductor de "Entre Espejos". En sus líneas, a través del análisis de situaciones y vivencias cotidianas y extraordinarias, se ponen bajo sospecha los mandatos sociales que, directa o indirectamente, siguen subordinando a las mujeres e impidiendo que tomen decisiones, individuales y colectivas, críticas y libres, que siguen autorizando la violencia real y simbólica contra ellas, que siguen excluyendo sus intereses y necesidades de las agendas públicas, que siguen silenciando sus logros pasados y presentes, que, en definitiva, las siguen discriminando por razón de su sexo y hacen nuestra sociedad menos civilizada, a sus habitantes más pobres e infelices, y a nuestros sistemas políticos y sociales menos democráticos y justos.