Todos los principios son eternos en Madrid

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“Escribir en Madrid es llorar”

Mariano José de Larra

De los principios no se habla, y sólo se escribe cuando ya tienen su final; cobardes. Valiente el que en el albor de una buena historia empieza a recoger sus notas, y graba en el ojalá eterno recuerdo, los primeros destellos, el sol de septiembre aún aquí por llegar.

Me gusta empezar, y el esfuerzo inseparable en la ilusión de saber que los finales sólo pueden ser el resultado de abonanzar historias maravillosas que merecen ser escritas; cobardes. Al inicio de mi osadía en usar lápiz y papel –atemorizada por el error indeleble de la tinta del bolígrafo– para inventarme los principios, yo no leía aún a Mariano José de Larra. Fígaro, don Enrique el Doliente, y “ El pobrecito hablador” llegaron varias estrellas después. Así, al inicio de mi osadía del retozarse con la prosa impía y belicosa, Mariano José de Larra había dicho unos 170 años antes, «que en España escribir es llorar». Mentira.

Y unos 183 años después del artículo “Horas de invierno”, publicado en El Español el domingo 25 de diciembre de 1836, descubro que lo que realmente había ametrallado Larra es lo siguiente: «escribir como escribimos en Madrid es tomar una apuntación, es escribir en un libro de memorias, es realizar un monólogo desesperante y triste para uno solo. Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta».

Larra escribía esto a su regreso de París, y yo –osada y belicosa– lo cito en mis idas y venidas de Galicia, de dónde nunca regresaré; morriña. Madrid recoge los principios de todas las historias definitivas, porque a Madrid todos llegamos para regresar y es la ciudad de donde nunca volvemos. Escribir en Madrid es llorar, es romper sus cielos a gritos de grafito, es la herejía en el desafío a lo sagrado de la soledad, de la desesperación, la melancolía ante la incertidumbre de estar ante los principios eternos. Es encontrar la voz tras el arduo esfuerzo de haber abandonado la libreta púber en la que se recogían las medias historias, valientes, sin principio ni final: presentes.

Madrid es un folio en blanco sobre el que escribimos los que ya hemos vencido el miedo a lo eterno, al final, al regreso, a la morriña. Madrid es la libreta adolescente que ha madurado con las hojas ajadas, las anillas desordenadas, con una última hoja que se llama «desde aquí, ya en Madrid»: futuros.

Es mi primer post para esta revista, FronteraD, que desde un principio se baña en agarimo, admiración, calidez, morriña y agradecimiento.

Escribo desde Madrid, desde el Madrid que imagina Gloria Fuertes en sus versos: ¡Ojalá sea mentira esa bola de anhídrido carbónico que pende bajo el cielo de Madrid! ¡Ojalá sea verdad esa mentira del vidente que anuncia una tormenta de amor que acabará con la mala uva…!

 

Escribo en Madrid,con los restos de la salitre del cemento en la piel y en el tintero. Escribo pensando en Galicia, donde aterrizan todos mis principios eternos que tienen lugar en este Madrid. Valientes.

A Madrid viene quién debe y a escribir comenzamos los que hemos vencido el miedo a los principios.

En Madrid y en Galicia, escribir es soñar.

 

 

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Iria Miguens
Salitre y morriña. Mujer desde 1985, feminista desde que no está penado. Vivo en Madrid, siempre en Galicia. Médica desde que Santiago de Compostela, celebrándolo con lluvia, me invitó a Vigo. Y de Vigo al cielo, o a Madrid. Se aprende a leer cuando duele llorar. Nos vemos en todos los libros, en los teatros, en las pinturas, en el amparo del desasosiego de un folio en blanco. En lo miserable que haya en los párrafos de Loriga, en la prosa de Ferlosio, que lima el ego. En un Servicio de Urgencias de la Sanidad Pública, cómo no. No se necesitan escudos en las guerras de flores, me gustan las margaritas. Sangran sonrisas cuando la primavera llora sus primeros días. Lloran silencios cuando la indiferencia alumbra injusticia. Abrigada por la belleza del arte en la inocencia, en lo imposible.

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