Todos somos culpables

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He aquí un modo de hablar sin duda alarmante cuando resulta mero producto de una generalización abusiva, si es que no de una maniobra de distracción. Con las debidas correcciones, sin embargo, podría ejercer un papel imprescindible en la formación de la conciencia moral de las gentes. Tratemos de separar en él el material desechable para quedarnos con lo que nos sirve.

 

1. No interesa mucho cuando viene a expresar un sentimiento parecido a la culpa metafísica, del que no son pocos los rastros que todavía se descubren entre nosotros. El tópico encuentra su mejor aposento, desde luego, en la conciencia cristiana de pertenecer a una especie, la humana, sumida desde su primera falta en una historia del mal. Pero se trasluce también en ese sentimiento de indignidad por haber seguido con vida frente a los compañeros de infortunio o de infamia que perdieron la suya. O, más aún, en el horror insoportable de formar parte de una raza capaz de infligir tanto dolor a sus semejantes, de caer en las abominaciones más abyectas. A los que tras el genocidio judío decían avergonzarse de ser alemanes, H. Arendt replicaba que “yo me avergüenzo de ser un ser humano”.

 

Acoger la idea de humanidad trae como consecuencia política el que cada uno tendrá que cargar de una manera o de otra con el baldón imperdonable de todos los crímenes perpetrados por los seres humanos y sus pueblos. Da lugar a la enormidad  de pechar con todo el dolor y la culpa del mundo. Más acertado parece entonces limitar mi culpa al mal que en verdad he cometido y, en medida no menor, a cuanto de bueno hubiera podido hacer y no he hecho. Pues, nos amonesta Ricoeur, si me dedico “sólo a pensar ‘soy culpable de todo’, en el límite no soy culpable de nada”.

 

2. El debate que nos importa surge más bien a propósito de ese otro concepto de culpa colectiva expreso en las habituales manifestaciones de que todos somos culpables con relación a ciertos males de alcance público. A ese lamento, de sonido moral tan exquisito, se le achaca -como hacen ambos autores citados-  que en realidad sólo ha servido para exculpar en gran medida a los verdaderos culpables. “Donde todos son culpables nadie lo es”. Proclamar esa culpa universal equivale a una declaración de solidaridad con los malhechores, un falso sentimentalismo. Y así ocurre que las confesiones de una culpa colectiva son la mejor salvaguarda contra el descubrimiento de los culpables y la magnitud de semejante delito representa la excusa perfecta para no hacer nada.

 

Los móviles psicológicos más o menos conscientes de tales declaraciones pronto se dejan descubrir. Resulta muy agradable sentirse culpable cuando uno sabe que no ha hecho nada malo, pero muy duro reconocer la propia culpa y arrepentirse. La confesión de una culpa colectiva –nos enseña Todorov- puede funcionar a la vez como disculpa y gratificante distinción en el seno del grupo: “Decir que ‘todos somos culpables’ implica aquí decir ‘pero yo menos que vosotros, puesto que lo digo’. [Quien lo dice] asume un papel ventajoso con respecto a su propio grupo: el de custodio de los valores”. Así se asegura su propia gratificación, al tiempo que evita analizar y denunciar en voz alta los factores grupales que han propiciado los daños cometidos. Es un hábil modo de culparnos para mejor exculparnos.

 

3. Pero hay un sentido, con todo, en el que ciertamente todos los miembros de un grupo podemos llegar a ser, si no culpables, sí responsables en conjunto de algún daño. Existe una responsabilidad colectiva frente a un mal público que el grupo al que pertenecemos ha cometido cuando existe un grado considerable de acuerdo -o si no se detecta el suficiente desacuerdo- con las acciones grupales. Y también somos colectivamente responsables de las omisiones grupales, cuando ante ese mal público los ciudadanos nos comportamos como  simples espectadores conformistas.

 

Sería abusivo hablar de una culpa colectiva si tenemos en cuenta que los crímenes colectivos nunca han sido cometidos por todos los miembros de un grupo ni perpetrados en el mismo grado por todos los participantes. Del grupo también forman parte algunos o bastantes que los repudian. Así que nos quedaremos con la doctrina común de que la culpa es siempre individual, por más que se presentan muchas coyunturas que deben juzgarse en términos de responsabilidad colectiva. Si la culpa es la transgresión premeditada de una norma, sólo puede ser propia del individuo; si esa transgresión consistió en la participación o en el consentimiento de atrocidades cometidas por unos individuos en nombre de la comunidad, entonces hay que suponer además una responsabilidad colectiva. Esta última se refiere a delitos que no hubieran podido producirse sin la amplia indiferencia de un grupo.

 

Lo más claro es que la responsabilidad colectiva adquiere principalmente un carácter político y, por cierto, a través sobre todo de la omisión. Jaspers nos advirtió de que “podemos hacer responsables a todos los ciudadanos de un Estado por las consecuencias originadas por las acciones de ese Estado”, mientras no las hayan resistido lo bastante. Se notará que esta responsabilidad nace por algo que no se ha hecho (que más bien se ha consentido) y en razón de la simple pertenencia a un grupo, una pertenencia que la voluntad individual no puede sin más disolver. Esa responsabilidad existe del todo al margen de los actos de sus miembros singulares y no puede juzgarse mediante criterios morales ni ante un tribunal de justicia.

 

Esa clase de responsabilidad es el precio que pagamos por vivir la vida no encerrados en nosotros mismos, sino entre nuestros semejantes. No haber autorizado expresamente una  perversa dirección emprendida por nuestro gobierno en nuestro nombre o los atentados terroristas que pregonan cometerse en supuesto provecho de la comunidad étnica a la que pertenecemos, no nos libera de responsabilidad política si nuestra protesta no pasa de una negativa pasiva y vaga. En tanto que ciudadanos de ese Estado, tampoco somos moral o legalmente responsables de los pecados de nuestros antepasados, pero sí lo somos sin duda desde un punto de vista político. Para bien y para mal, el presente carga con su pasado. De esa responsabilidad sólo podemos escapar por el abandono de la comunidad, un abandono imposible porque tan sólo lograríamos cambiar una comunidad por otra…

 

No es verdad, pues, que el ser miembro de un grupo difumine las responsabilidades individuales (aunque pueda amortiguar su autoconciencia o la emoción que las envuelve), sino todo lo contrario. Pueden verse aumentadas por esa responsabilidad grupal, también calificada de vicaria, que viene por algo que individualmente no hemos hecho, pero de la que participamos como componentes de un grupo organizado. La falta está propiamente adscrita a una parte del grupo, pero su responsabilidad se atribuye al grupo entero. Naturalmente, aquellas responsabilidades personales varían en virtud de múltiples diferencias: según el tipo de grupo de que se trate (nación, comunidad, asociación, Estado), la clase de daño infligido, la coherencia del grupo victimizado, etc. Pero también difieren a tenor de las distintas funciones directivas y de las capacidades individuales entre los miembros del grupo.

 

Entre los grupos susceptibles de responsabilidad colectiva se encuentran aquellos que cometen sus atropellos por razones étnicas o raciales y que escogen a sus víctimas por su pertenencia a un grupo étnico o racial diferente. Pues bien, el simple hecho de compartir en silencio la misma identidad grupal que los perpetradores de tales excesos puede arrojar ya una especie de mancha moral sobre todos. Sin duda nos corresponde también alguna responsabilidad indirecta en las atrocidades cometidas por el grupo como tal cuando avalamos doctrinas que, en condiciones dadas, empujan hacia esas atrocidades. Mereceríamos asimismo ese reproche  en caso de que hayamos defendido en público la violencia contra las víctimas del otro grupo, o si hemos votado un régimen capaz de llevar a cabo actos semejantes, y ello sin que podamos aducir la ignorancia como disculpa, porque será una ignorancia culpable. Pero ya estamos viendo que esa responsabilidad se produce sobre todo por actos de omisión y por ciertas disposiciones que fomentan actitudes de conformismo, y no de resistencia. ¿O es que no nos pesa una responsabilidad como grupo precisamente por no organizarnos lo suficiente para combatir el mal colectivo que otros grupos (u otros miembros del nuestro) están causando?

Mayorcito, de 1945. Por origen local y afición personal, confieso que me sería aplicable aquel absurdo de pertenecer al “pensamiento navarro”. Imparto clases de Filosofía Política y Teoría de la Democracia en la Facultad de Filosofía de San Sebastián (Universidad del País Vasco). Me han publicado varias recopilaciones de artículos de prensa sobre cuestiones civiles actuales, muy en particular sobre el nacionalismo vasco de nuestros pecados. Entre mis ensayos éticos estoy prudentemente satisfecho de La compasión. Apología de una virtud bajo sospecha, La tolerancia como barbarie (En M. Cruz, comp., Tolerancia o barbarie) y La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral. En materia de filosofía política creo que son útiles manuales universitarios como Teoría política: poder, moral, democracia; El saber del ciudadano; Las nociones capitales de la democracia, obras colectivas de cuya edición he sido responsable. Soy colaborador habitual, desde el año l986, en las páginas de "Opinión" de El País y, más tarde, de El Correo y Diario de Navarra. Venido de movimientos ciudadanos como ¡Basta ya!, me afilié al partido Unión, Progreso y Democracia desde su nacimiento. Y no hay mucho más que contar.