Tomar nota o tomarnos por tontos, vamos

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Hay una costumbre mucho más española que la siesta, las tapas, el toreo o defraudar a Hacienda, aunque los periódicos que hablan en inglés y que nos sacan los colores cuando lo hacen sobre nosotros no la conocen. Es la de tomar nota. Los españoles somos muy de tomar nota, y eso está bien, pensaría, por ejemplo, un escandinavo educado, de esos que tienen una educación exquisita y una formación ejemplar y el armarito del baño sobre el lavabo repleto de antidrepresivos. Si uno toma nota no se olvida de algo, lo recuerda luego, lo estudia. Y así avanza. Y si uno avanza avanzamos todos. Se supone. Pues no, gilipolleces.

 

Hay una costumbre mucho más española que la siesta, las tapas, el toreo o defraudar a Hacienda, aunque los periódicos que hablan en inglés y que nos sacan los colores cuando lo hacen sobre nosotros no la conocen. Es la de tomar nota. Los españoles somos muy de tomar nota, y eso está bien, pensaría, por ejemplo, un escandinavo educado, de esos que tienen una educación exquisita y una formación ejemplar y el armarito del baño sobre el lavabo repleto de antidrepresivos. Si uno toma nota no se olvida de algo, lo recuerda luego, lo estudia. Y así avanza. Y si uno avanza avanzamos todos. Se supone. Pues no, gilipolleces.

 

Aquí en España lo de tomar nota es un eufemismo poliédrico, que lo mismo vale para una discusión de pareja que para la comparecencia de un presidente del Gobierno, y no-quiero-señalar-a-ninguno-en-concreto. Tomamos nota para vengarnos después, para amenazar y que se sepa que lo estamos haciendo. Así lo hacía, por ejemplo, Aznar, el político y escritor prolífico, el que presentaba uno de sus tontos de memorias, perdón, quería decir tomos, y se enteraba que le daban plantón los ministros de Rajoy. “Tomo nota”, dijo, mientras arrugaba el bigote, tensaba los abdominales y se tragaba los sapos. Ahí tomar nota no implica nada bueno.

 

Luego están los que toman nota para escapar del aprieto. A los que les dicen toma nota de esto, para cerrar una conversación, o acceden a tomarla, para escaparse de la misma. Cuando ya está todo dicho y no se le ocurre a uno una gran frase, rollo Churchill u Oscar Wilde o Luis Aragonés. Una de esas frases que luego te repiten los columnistas sesudos en sus columnas sesudas para hacerte ver que ellos han leído y tú no, pero que salen todas, siempre, de libros de citas, que hay muchos editados, e incluso páginas web, donde se pueden buscar por temas fácilmente. Que no hay que leerse a Oscar Wilde, vamos. Ni verse las películas de Woody Allen, que no está la cosa ahora para andarse con argumentos complicados.

 

Pero los mejores, los mejores, son los que toman nota para nada. Los que recurren a la coletilla por cuestión de imagen. Y que casi se atreven, por descaro ya, a hacer como que apuntan algo con un bolígrafo imaginario sobre un papel que tampoco existe. Ahí el mejor es Mariano, el presidente. Él sale y nos dice que tomará nota del resultado de las elecciones, que por supuesto que lo analiza y le preocupa lo que han votado los españoles, que su partido, aunque haya ganado, ha perdido, que si esto y lo otro.

 

Tomará nota. Lo repite. Aunque para él el suyo haya sido un problema de comunicación, como también cuenta. Y lo hace sin descoyuntarse de la risa, porque después, creo yo, de los despidos en diferido, las huidas por la puerta de atrás y las pantallas de plasma es lo que hubiera tocado hacer. Como su gran asesor, Pedro Arriola, ese gurú del-no-sé-qué al que me imagino en una cueva de los sótano de la sede del PP con un libro de recetas marchito y una enorme marmita en la que vierte ojos de dragón, espinas de rosas socialistas, pelos teñidos de Rosa Díez y cuentas de rosario de los ministros populares. Un ideólogo que también ha tomado nota de las elecciones y ha llegado a una conclusión certera e irrebatible: “Todos los friquis acaban planeado sobre Madrid”. Y lo sabe bien, porque es de Sevilla. Y su mujer, Celia Villalobos, una señora que anda cascando por las esquinas lo que sabe de su vecina, la infantita Elena, de Málaga.

 

No quiero ser mala, que no están los tiempos para serlo y llevo mucho tiempo al otro lado de esta frontera, alejada, en tratamiento, tratando de sobrevivir. Me voy a quedar con que todo esto es un problema de comunicación, como dicen, porque también eso es muy español y vale para todo, supongo. Y así hoy no se me corta la digestión. Otro día, si eso, ya me pongo en plan cínica.