Tortura e impunidad

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Un amigo paulistano me dijo una vez que si en Brasil el debate sobre la memoria histórica no ha tenido mucha relevancia es porque hay demasiadas violaciones de los derechos humanos hoy como para preocuparse por lo que ya es historia. Pero de aquellos barros, estos lodos. Si no hay depuración de responsabilidades, no hay transición democrática real. Hay continuidad.

 

La tortura se instauró como práctica rutinaria en tiempos de la dictadura militar, y ahí sigue, como herencia sádica y persistente. Por eso, gritan desde las asociaciones de derechos humanos, es tan importante que la justicia y la legislación brasileñas sigan oponiéndose a que se responsabilice a los culpables. Porque es esa misma cultura de la impunidad la que permite que los agentes del Estado, sean policías, militares o funcionarios penitenciarios, abusen de su autoridad sin pensar siquiera en las consecuencias. Del mismo modo que los homicidios por ‘balas perdidas’-rara vez son juzgados, las torturas que cada día se cometen dentro y fuera de las prisiones son sistemáticamente ignorados. Además de los detenidos, travestis, usuarios de crack y sin techo están en riesgo permanente.

 

En Brasil, los policías siguen entrenándose en la tortura, en esos mismos métodos macabros que los regímenes militares latinoamericanos hicieron tristemente célebres. La Escuela de las Américas, ubicada en Panamá, entrena desde los tiempos de los regímenes militares a soldados y policías de Brasil y otros países latinoamericanos. El nombre ha cambiado, para desvincularse de las dictaduras, pero los métodos siguen, más vigentes que nunca[1]. El Estado brasileño sigue matando mucho e impunemente, aunque en los años 70 mataba a los hijos rebeldes de las clases medias, y hoy la opresión estatal se ceba con los pobres. Así lo expresó Angela Mendes de Almeida, la compañera del periodista Luiz Eduardo Merlino, que fue torturado y asesinado por los militares: “Ahora no se aprisiona, tortura y mata a intelectuales, periodistas y estudiantes. Ahora el poder los compra y, aplaudido por gran parte de los medios de comunicación y de una buena parte de la clase media, siguen asesinando a los sin nombre, a los de la calle, a los negros, en fin… a los pobres”. A los invisibles.

 

Porque, no nos engañemos, son los pobres quienes están hacinados en esas celdas. Me lo explicó así el diputado Marcelo Freixo: “Cuando visitas una cárcel, parece que estás en una favela”. Sobran, así que los encarcelamos. Por eso suele decir Giva, de Tribunal Popular, que son “presos políticos”.

 

[1] Así lo explica Lúcia Rodrigues en el reportaje “Tortura é rutina em presídios”, aparecido en la revista Caros Amigos, septiembre de 2011.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.