Transición mexicana 2012

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La transición en México del gobierno de Felipe Calderón Hinojosa del conservador Partido Acción Nacional (PAN) hacia el de Enrique Peña Nieto del tradicional Partido Revolucionario Institucional (PRI) indica la continuidad de una ortodoxia política que lleva vigente tres décadas: el mega-plan de integración de México a Estados Unidos. Tal fundamento hace uno de los dos partidos:  el PRIAN.

 

Peña Nieto está obligado no sólo a mantener el papel de México como apéndice económico del gigante del Norte, en una relación asimétrica y de absoluta dependencia, sino que deberá ahondar la sumisión a la Iniciativa Mérida y sus consecuencias brutales: el auge del endurecimiento del Estado, la sociedad policiaca y el para-militarismo como respuesta a la violencia y el poderío de los cárteles de la droga, producto de la manipulación geopolítica estadounidense.

 

Con el pretexto de la transición gubernamental, Calderón Hinojosa ha mantenido varios encuentros con Peña Nieto. Según ha trascendido en ámbitos de inteligencia, el presidente saliente ha negociado con el entrante cuatro asuntos estratégicos: 1) la garantía de que no habrá investigaciones judiciales, políticas ni administrativas contra el gobierno calderonista; 2) el apoyo del régimen peñista a una reforma laboral propuesta por Calderón Hinojosa como última medida antes de irse; 3) el gobierno calderonista ha entregado a Peña Nieto los expedientes “negros” en su poder sobre los nexos con el narcotráfico de diversos gobernadores y personajes del PRI, y que se negó a convertir en casos judiciales; 4) el gobierno de Calderón Hinojosa se comprometió a entregar una gestión administrativa en orden. Los cuatro puntos son los pilares de lo que se ha denominado una transición “tersa”.

 

Asimismo, y como parte de la ortodoxia política del PRIAN, Peña Nieto recupera las mismas banderas gubernativas de Calderón Hinojosa: el reformismo laboral, de energía, fiscal y de seguro social. Reformas postergadas en México desde décadas atrás. Lo paradójico es que muchos de los senadores y diputados de la actual legislatura son los mismos que bloquearon aquellas reformas en los últimos años.

 

La reforma laboral, por ejemplo, a atrapado a Peña Nieto entre la obligación de cumplir su acuerdo con Calderón Hinojosa y la imposibilidad de hacerlo por completo debido a su compromiso con las grandes centrales sindicales del país, en manos de líderes del PRI. El resultado promete ser una reforma muy distinta a la que propuso el presidente saliente, sobre todo, en cuanto a lo intocable de los privilegios de dichos líderes. Lo que sí se cumplirá será el castigo a los trabajadores en sus derechos y prestaciones. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe, por ejemplo, acaba de declarar que dicha reforma laboral estará lejos de incrementar el empleo.

 

El PRIAN augura corporeizar a lo largo de los próximos seis años ese tipo de contradicciones profundas, que provocarán amplio descontento social, movilizaciones y tensiones crecientes, sobre todo, entre los jóvenes, cuyo futuro carece de viabilidad bajo aquella ortodoxia política y sus paradojas improductivas. En particular, porque Peña Nieto carece de una visión estratégica en lo que se refiere a la vinculación entre educación, ciencia y cultura de cara a las nuevas generaciones, para ya no hablar del problema del desempleo y la vigencia de la economía informal y subterránea en la que se debaten los jóvenes. (El Banco Mundial ha dicho también en los últimos días que los monopolios y la economía informal son los grandes impedimentos económicos del país). La alternativa de Peña Nieto es infame: manipulación comunicativa, entretenimiento y tecnocracia populista en lugar de soluciones reales.

 

Ante la ONU, en su última comparencia como presidente de México en tal foro, Calderón insistió en condenar la demanda de drogas en Estados Unidos y, por vez primera y contra su discurso prohibicionista contra el tráfico de enervantes a lo largo de su gobierno, abogó por abrir el debate anti-prohicionista.

 

Los más de 70 mil ejecutados en su guerra contra las drogas comienzan a pesar sobre sus hombros.

Sergio González Rodríguez (Ciudad de México). Estudió Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es narrador y ensayista. Ha sido músico de rock, editor de libros y suplementos culturales y profesor en estudios de postgrado. Desde 1993 es consejero editorial y columnista del diario Reforma y del suplemento cultural El Angel. En 1992 fue Premio Anagrama de Ensayo (finalista ex aequo) en Barcelona, España, con la obra El centauro en el paisaje, y en 1995 recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez. Dos veces ha sido becario de la Fundación Rockefeller. Autor de diversos libros, en 2002 publicó su relato sobre violencia, narcotráfico y asesinatos contra mujeres en la frontera de México y Estados Unidos titulado Huesos en el desierto, que fue finalista del Premio Internacional de Reportaje Literario Lettre/Ulysses 2003 en Alemania, obra que se ha traducido al italiano y al francés. En 2004 publicó la nouvelle El plan Schreber, en 2005 una novela titulada La pandilla cósmica y en 2006 su ensayo narrativo De sangre y de sol. En 2008 publicó su novela El vuelo y en 2009 su crónica-ensayo sobre decapitaciones y usos rituales de la violencia El hombre sin cabeza, ya traducida al francés. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.