Transterradas. El exilio infantil y juvenil como lugar de memoria

Fragmento de ‘Eslabones de una misma cadena’ por Marisa González de Oleaga

Uno de los efectos más claros, permanente y a largo plazo, de un desplazamiento forzado, es la soledad. La pertenencia original, esa que nos liga a un grupo humano y a un paisaje, queda en suspenso y las nuevas pertenencias suelen ser provisionales y, muchas veces, no fructifican o se desdibujan ante la esperanza del regreso. Cuando el desplazado vuelve, si es que lo hace, comprueba que ya nadie lo reconoce. Es el que se fue, el que conservó intacta la memoria de un mundo que, para el resto es, en el mejor de los casos, un recuerdo. Entonces mira hacia atrás, vuelve sobre sus pasos e intenta reforzar su nueva pertenencia. Pero falla. Es el recién llegado, el que carga con otra historia a sus espaldas. No ser de ningún lugar parece ser el destino más oscuro de los desplazados. Y esta condición se torna más dolorosa a ciertas edades. En otros momentos de la vida abundan los recursos para hacer frente a esta contingencia. Algunos desplazados lo hacen con su familia o forman una nueva en el lugar de acogida. Pero en la infancia y en la adolescencia la interrupción de esas pertenencias o identificaciones tempranas condenan a una soledad muy particular. No se trata de la soledad inherente a toda existencia humana. No, es más honda, más densa y, a veces, devastadora. Tal vez no debería llamarla soledad sino desamparo. Una cierta incapacidad para retomar los lazos afectivos que quedaron en suspenso y reconectarlos en un nuevo lugar. Algo de la desconfianza, del temor a que la historia se repita, un cierto miedo a la provisionalidad de las relaciones dificulta la trama de nuevos vínculos. (…)

En nuestra cultura occidental, imbuida de una visión evolucionista del mundo, la infancia/adolescencia se define como un lapso temporal que precede a la madurez. Es este un período en el que faltan cosas: juicio, razón, capacidad de discernimiento. El propio nombre infancia significa “el que no habla”. Otro tanto con adolescencia. Adolecer es equivalente a “tener o padecer algún defecto” y su raíz latina significa “el que está creciendo”. Es decir, en proceso, en camino de llegar a ser un adulto completo, pleno de facultades. Pero la infancia/adolescencia también podría ser considerada como un lugar, a la manera en que la entendía Walter Benjamin. Como un lugar de memoria al que volver, al que revisitar a través de los objetos –casi la única materialidad– que lo definen. De esta forma la infancia/adolescencia no sería un tiempo anterior sino un espacio otro, diferente, en el que poder reconocernos y encontrarnos con los que fuimos. Así, todos los juicios de valor sobre la ignorancia o la inconsciencia de esos años quedarían suspendidos.

Como suspendido quedaría también, el deseo de aquellos que forzaron o provocaron nuestro destierro. Exilio significa expulsión, extrañamiento, exclusión. No hay nada menos inocente que el lenguaje y hablar del exilio es aceptar ese destino programado por otros. Ir al exilio y permanecer en el exilio son dos cosas diferentes. La palabra sitúa a quien lo vive en una posición pasiva. En nuestras discusiones hablamos de todo esto y nos preguntábamos: ¿cómo convertir el exilio –esa expulsión comandada por otros– en un destino propio? ¿Es posible hacer de esa exclusión otra cosa? ¿Se puede reconducir ese desvío en parte de nuestro camino? ¿Se puede pasar de ser exiliado a ser transterrado? Nosotras pensamos que sí y este libro es la prueba. Y ante estas preguntas y ante los modos o maneras de hacerlo, las tres respondimos de la misma forma. A través de la palabra. Entendida no como un vocabulario que habla del mundo sino como una trama de significaciones que lo crea o, lo que es lo mismo, que le da sentido. El testimonio es el relato de la experiencia y es a través de nuestros testimonios como queremos visibilizar a las niñas y adolescente que fuimos para iluminar a los niños y adolescentes que hoy padecen destierro. (…)

A veces un libro nos revela cosas, y decimos que fue una revelación; otras, nos ordena nuestras ideas y pensamos en él como si se tratase de un prospecto o de un manual de instrucciones; muchas veces un libro resulta útil para pasar el rato y, entonces, decimos que fue entretenido; y otras nos sorprende o nos conmueve y lo festejamos diciendo que fue una sorpresa. Este libro, siguiendo el juego de asociaciones, se parece a una navaja suiza. Siempre miro esos ingenios rojos expuestos en las vitrinas de las estaciones de servicio o de los bares de carretera. Todo cabe en esa pequeña y lustrosa superficie roja con el símbolo de la Confederación Helvética: la lima para las uñas, el destornillador, el cuchillo de pelar, el abrelatas, el descorchador y un largo etcétera que seguramente desconozco. Todo plegado y replegado, ocupando el mínimo espacio, esperando un gesto para mostrarse en toda su utilidad.

A este libro le pasa algo parecido. Es un conjunto de testimonios que visibiliza, o eso pretende, a los niños y adolescentes desterrados como sujetos completos con formas distintas de pensar el mundo. Y por ello, podría interesar a aquellos que habitan esos espacios y a aquellos otros que, por razones profesionales o familiares, están en contacto con esos territorios y sus habitantes. Maestros, psicólogos, padres, niños, adolescentes, monitores, trabajadores sociales, entre otros. Pero estas páginas trazan y dibujan paisajes que componen climas de época. Y los historiadores, sociólogos, antropólogos y afines podrían encontrar material para su curiosidad académica y profesional. También su contenido, en la medida que trasunta valores y creencias, podría ser leído en clave ética o desde la filosofía política. La relación con los otros, los comportamientos propios de niños y adolescentes, sancionados socialmente, o la relación público/privado en infantes y jóvenes podrían ser matrices a expurgar. Con la misma indefinición que las navajas suizas, este libro está escrito en un género poco preciso. Es un ensayo, pero también una pieza literaria y, dependiendo de quién lo lea, podrá encontrar reflexiones historiográficas, filosóficas y de naturaleza política. Un libro más. Otro. Los libros son casi siempre una aventura y lo que está escrito, como los mapas, es solo una parte del viaje. Una parte importante, sin duda, pero solo eso: una parte. La experiencia, la verdadera apuesta, está en la lectura…

 

Fragmento del capítulo ‘Dobles’, por Marisa González de Oleaga 

Los desterrados viven en un espejismo, se oyó decir como si se tratara de un eco de su propio pensamiento. Pero vivir en un espejismo no significa vivir en un lugar falso. Los espejismos responden a otra verdad, a una materialidad diferente. La del deseo o la de la necesidad. Y entonces recordó a su abuelo M., que no era su abuelo. Al menos, no lo era en sentido estricto. También su relación con él respondía a otra verdad, no a la biológica sino a la del afecto. Su abuelo que no era su abuelo, pero había ejercido de abuelo. El único que había conocido, el único con el que se había criado. Un testigo de su infancia que la había acompañado durante años, todos los días de la semana, de-lunes-a-viernes-porque-el-fin-de-semana-les-doy-franco, decía moviendo su panza al compás de la risa. Su figura recortada contra el cielo gris del otoño porteño es la última imagen que recuerda de su salida de Buenos Aires. Uno de los pocos que habían ido a despedirla; se quedó hasta el final agitando un pañuelo blanco, aferrado a la valla de metal que fracturaba la dársena en dos territorios, el de los que se quedaban y el de los que se estaban yendo. Su abuelo le había dicho que se mantuviera en cubierta hasta que anocheciera, que incluso cuando ya solo se pudieran distinguir las luces de la ciudad a lo lejos, él seguiría estando allí, saludándola con su pañuelo. Prometió no moverse de esa tierra de nadie hasta que el barco desapareciera definitivamente de su vista y la noche desdibujara el horizonte. Y así fue o, al menos, era lo que ella creía.

Muchas décadas atrás, su abuelo M. había salido para siempre de su pequeña aldea. Tenía catorce años y nunca regresó. Cada tarde de-lunes-a-viernes le contaba historias de su llegada al puerto de Buenos Aires, de los primeros tiempos, de los sueños con los que arribó a la gran ciudad, al otro lado del océano, a la perla del Plata. El primer fin de año que pasó solo en la trastienda del negocio en el que trabajaba, mientras miraba con la lujuria del hambriento los panes dulces alineados sobre el mostrador. Cada día una historia distinta, jamás repetida que, como al verdugo de Sherezade, la tenía en vilo a la espera de la siguiente. Así, un día y otro, esos relatos fueron tejiendo una trama, un delgado y delicado tejido, una tela de araña, fina y resistente en la que sostenerse, con la que abrigarse e ir creciendo. Casi un legado. ¿Puede haber herencia más auténtica, la única que merecería ese nombre, que la que transmitimos desde la experiencia?

Cuando por última vez creyó ver a su abuelo M. recortado contra el gris frío y brumoso de la ciudad supo que un zarpazo había partido en dos la fina tela que la sostenía y solo una hilacha morosa sujetaba los dos trozos. Hubiese bastado otra breve embestida, un soplo, para que los dos jirones de tejido se desgarraran para siempre y parecía que solo un milagro los podía salvar de la fractura definitiva. Y ese milagro, por anunciado no menos inesperado, apareció una mañana calurosa del mes de julio en el puerto de Bilbao. Alto y desgarbado como un Quijote, luciendo un traje de raya diplomática y botamanga, de esos que usaban los indianos en el Caribe y que hacía décadas nadie llevaba, un viejo tío, su tío C., el hermano mayor de su padre, la estaba esperando en la zona de desembarco. Ese no-lugar, la frontera, en el que no se está dentro del país, pero tampoco fuera sino en una especie de limbo –como el reino de los no nacidos o de los inimputables– en el que alguien decidirá si uno puede pasar o si tiene que iniciar el viaje de regreso. Y ahí estaba ella, armada con dos láminas de buen tamaño –una del Che y otra de Salvador Allende– a las que se agarraba como si fueran la tabla de un náufrago y por las que estaba dispuesta a pelear con la energía y la convicción de sus casi quince años. Quién sabe si los funcionarios de aduanas o migraciones o la misma Guardia Civil –que custodiaba fusil en mano la entrada imaginaria al país–, quién sabe, si hubieran sido capaces de reconocer a los personajes de esos retratos. Tal vez, de haberlos visto, no hubieran reparado en lo que significaban o, quizá, de hacerlo, los hubieran requisado por subversivos. Nunca lo sabrá porque fue entonces cuando la iglesia vino en su ayuda. Como salidas de la nada, dos monjas de la Congregación del Corazón de Jesús, apostadas justo antes de la fila de la aduana, la esperaban. Privilegios de un Estado confesional como era el de la España de entonces. Con un cartelito escrito a mano con el nombre de la familia, estas siervas del señor iban a buscar un paquete que les mandaban sus hermanas desde la Argentina. Y así, en una cadena de favores forzada por las circunstancias, las monjas sacaron bajo las sayas a dos de los héroes de la revolución socialista latinoamericana. Y ella sintió que había ganado la primera batalla.

 

Fragmento del capítulo ‘Sauf le nom’, por Carolina Meloni González

Quizás, podría decir que nuestro exilio comienza el día en que mi madre recupera la libertad, tras cinco años y medio de cautiverio por su militancia. Ese día, mi abuela y yo la esperábamos impacientemente en un pequeño bar situado en frente de la cárcel de Villa Devoto, en Buenos Aires. Desde el interior, recuerdo que el único paisaje urbano que mis ansiosos ojos infantiles alcanzaban a divisar era el muro, infinito y amenazador, del penal, el cual me resultaba bastante familiar.

Los primeros años de mi vida, sin contar con el año y medio que permanecí con mi madre en cautiverio en distintas cárceles de la provincia de Tucumán, transcurrieron en trenes de segunda clase en los que mis abuelos y yo recorríamos media Argentina para visitar a mis padres, presos en diferentes cárceles de Buenos Aires. Estos viajes interminables, desde el interior del país, fueron mis primeras experiencias del destierro, de la desterritorialización más desoladora. En los vagones del famoso tren ‘Estrella del Norte’, que conectaba la Argentina profunda con la capital, comíamos, dormíamos, escuchábamos la radio, compartíamos relatos con otras familias de presos políticos que iban sumándose en las distintas provincias que atravesábamos (La Banda, Colonia Dora, Rosario Norte, etcétera). Éramos también requisados y controlados por la policía y el ejército que subía prepotente con sus perros y ametralladoras en diferentes puestos fronterizos interprovinciales.

El 18 de julio de 1980, mientras esperaba a que mi madre saliera de la cárcel en aquel barcito junto a mi abuela, no era aún consciente de que esos oscuros años de visitas, esperas, viajes y pensiones baratas, requisas y canciones de cuna cantadas tras un cristal tocaban a su fin. Entre juegos y escondidas, conseguí salir del bar y esperar en la vereda. Cuando de repente, la vi. A lo lejos, caminando sola, casi pegada al frío y gris muro infinito. Tan bella, joven como inocente, con su abrigo de pana marrón y con ese aire desorientado de aquel que ha vivido el paréntesis del cautiverio y que debe volver a ingresar en un mundo distinto, un mundo que ha seguido cambiando sin su presencia. Corrí hacia ella para abrazarla y ella me esperó con sus brazos abiertos. El reencuentro con mi madre, ya fuera de la cárcel de Villa Devoto, inicia mi infancia transterrada.

 

Fragmento del capítulo ‘Inventario de pérdidas’, por Carola Saiegh

En 12 horas de avión el pebete se hizo medianoche, las medialunas cruasanes, la manteca mantequilla, las frazadas ahora son mantas; la crema se confunde con la nata, no existen los submarinos. Nadie merienda chocolatada y yo no recuerdo el anuncio del Cola Cao. Mis abuelas viven en otro tiempo: cinco horas menos significan que allí duermen cuando yo voy a la escuela, que aquí es el cole. Ya no voy a tercer grado sino a tercero, no hay maestra, pero tengo profe, aquí no usan guardapolvos. Mi mamá es mi madre, y aquí ya no es acá.

Acá usaba guardapolvo y no me gustaba que mi mamá prefiriera el guardapolvo más reo de botones adelante frente al guardapolvo tableado en el pecho y con moño atrás (con lazo) de las niñas. Mi mamá hubiera querido que yo saliera más rea, pero yo soñaba con el disfraz de Rosamunda que finalmente logré que me regalaran por mi noveno cumpleaños.

Las canillas ya no dan agua porque sale de los grifos, no se puede jugar a la ronda porque lo que se hace son corros; el veo-veo es con letras y no con colores. En la tele no dan más Meteoro y los adultos lloran viendo cómo los sábados a las tres de la tarde Marco busca a su mamá. No hay ravioles ni “sánguches” de milanesa, las papas fritas no vienen a caballo, pero sí hay Postre Royal de chocolate así que puedo seguir haciendo mi adorada torta (que ahora es tarta) de galletas con chocolate. Casi todas mis compañeritas nuevas del cole se llaman María de primero, como las galletas que toman en lugar de Chocolinas. A veces me mandan un Billiken de Buenos Aires, pero ahora alterno Esther y su mundo con el Manual de los Jóvenes Castores. No es lo mismo leer Billiken en Madrid. Ya no me gusta.

Aquí no hay mamaderas para mis muñecas porque tienen biberones y yo juego más con la Lesley que con la Nancy; aquí no hay Mantecol. Los duraznos son melocotones y nunca el frutero te explica si son priscos porque no lo puede saber. Los boletos rosados del subte son más lindos que el billete de cartón del metro, al menos durante los primeros meses. Aquí no hay queso hilo.

Las valijas que transportaban nuestra herencia y nuestra historia se abrieron aquí como maletas y todo fue ya otra cosa.

Los viernes en la casa de mi abuela Sarita se comía a la noche comida “turca”, pero aquí en Madrid no hace ni un año que se murió Franco y no venden kebbes ni tampoco “lajmayín” (quién sabe cómo diablos se escribe lahmajin). Ya no puedo jugar a separar con mis dedos los hilos de la madeja del blanquísimo queso (shelal se llama, dicen). Jugaba a ver cuál era el hilo más fino que podía separar entre las hebras antes de llevarlo a la boca desde arriba, largo y colgando como un espagueti, el ambiente impregnado con el olor del zaatar en el centro de la mesa (esa mezcla indescifrable de especias de la cocina sirio-libanesa que une semillas de ajonjolí, comino, sésamo, tomillo y otras cosas y que varía de unas fórmulas a otras como lo hacen las buenas recetas). De todos modos, tampoco se puede comer en España a la noche, porque aquí a la noche solo se cena y se dice por la noche.

“Pan con manteca, manteca con pan, tecapán con man, manteca con pan”. Mi último cumpleaños allá lo festejé con algunos primos e hijos de amigos de mis padres, compañeros de militancia. Mi madre tenía 29 años. En la locura de levantar la casa y organizar el destierro, de la mano de dos hijos y un destino incierto, no dudó en no ceder y defender ese cumpleaños donde unas animadoras infantiles nos hicieron jugar con los ritmos del lenguaje cantando una y otra vez esa canción. Aun hoy resuena aquel golpeteo sincopado de la música.

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Estos textos pertenecen al libro Transterradas. El exilio infantil y juvenil como lugar de memoria, que ha publicado Tren en movimiento, Buenos Aires, Argentina.

Marisa González de Oleaga (Buenos Aires, 1960) es doctora en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y profesora titular del Departamento de Historia Social y del Pensamiento Político de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED. Ha publicado artículos en revistas nacionales y extranjeras sobre discurso político, experiencias utópicas, museos y memoria. Actualmente dirige un proyecto de investigación sobre las industrias de la memoria en el ámbito latinoamericano. Entre sus publicaciones: El doble juego de la hispanidad. España y la Argentina durante la Segunda Guerra Mundial; El hilo rojo. Palabras y prácticas de la utopía en América Latina (coeditado con Ernesto Bohoslavsky), En primera persona. Testimonios desde la utopíaItinerarios. Historiografía y posmodernidad. Lleva una vida trashumante entre dos casas: la del bosque en la sierra del Guadarrama y la del arroyo Caracoles, en una isla del Delta del río Paraná. En FronteraD ha publicado Isleños. En el Delta del Paraná.

Carolina Meloni González (Tucumán, Argentina, 1975) es filósofa y profesora universitaria de Ética y Pensamiento Político. Se ha especializado en filosofía política y pensamiento feminista contemporáneo. Ha colaborado con diversos artículos en revistas especializadas en filosofía, así como en seminarios, proyectos de investigación, cursos, congresos y másteres, tanto en España, Latinoamérica como en Francia. Entre sus publicaciones se encuentran: Las fronteras del feminismo. Teorías nómadas, mestizas y postmodernas. Con F. Bayón y J. M. González, Repensando la ciudad desde el ocio. Con Julio Díaz Galán, Abecedario zombi. La noche del capitalismo viviente.

Carola Saiegh Dorín (Buenos Aires, 1968) es filóloga e investigadora en didáctica de lenguas, es profesora en el Departamento de Humanidades de la Universidad Carlos III de Madrid y en la Universidad de California en Madrid. Por vocación docente es formadora de profesores y ha sido además co-directora del Archivo de la Memoria de la Fundación Ortega-Marañón en Toledo, archivo audiovisual del proyecto docente y de investigación Memoria e Historia.

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