
Nunca pierde la calma. Habla mirando a los ojos. Se toma el tiempo para explicar lo que piensa y para compartir su gran pasión vital: el periodismo. Nos vimos en su Cuéllar natal, provincia de Segovia, en las grandes llanuras de Castilla, el último verano. Fue una larga conversación en torno a Ucrania, donde ha pasado más de mil días sobre el terreno, contando mediante crónicas y fotografías la peor guerra europea en lo que va de siglo. ¿Quién es María Senovilla? Esto se lee en el periódico ucraniano escrito en inglés Kyiv Post: “María Senovilla es una periodista, fotógrafa y analista de defensa española. Reside en Ucrania desde 2022 y trabaja principalmente documentando lo que sucede en el frente. Corresponsal de guerra con quince años de experiencia, ha cubierto conflictos en Afganistán y varios países africanos”. De sí misma escribe: “Mis fotografías se han publicado en medios internacionales como el Washington Post, The New York Times, The Telegraph, Der Spiegel o The Guardian. Mis crónicas sobre Ucrania pueden leerse en El Español, Árticulo14 y la revista Atalayar. Fui redactora jefe de Cambio16 y he trabajado en los gabinetes de prensa del Ministerio de Defensa de España y de la embajada de Angola”. Tras más casi cuatro años asomada a una guerra atroz desencadenada por Rusia, el rigor y la emoción de sus crónicas y de sus fotografías demuestran que su capacidad de narrar el dolor de los demás y la complejidad de un conflicto no han dejado de refinarse, y desde luego no han hecho de ella ni una descreída ni una cínica, sino todo lo contrario.
—La invasión de Ucrania es un asunto crucial para Europa y por lo tanto para España. Pero parece como si muchos europeos no acabaran de darse cuenta, y los españoles hubiéramos, en buena medida, dejado de interesarnos porque pensamos que queda demasiado lejos de nuestras fronteras y de nuestros intereses…
—Toda Europa pensaba que sus fronteras estaban fijadas, que el tablero de juego estaba definido, y que no iban a volver a ver a moverse. Además, no había habido ningún conflicto bélico de esta magnitud en suelo europeo desde el final de la Segunda Guerra Mundial [si excluimos las guerras de los Balcanes, que es mucho excluir]. Pero lo que Rusia ha planteado ahora es que se pueden volver a mover fronteras por la fuerza y que, además, se pueden organizar acciones de injerencia para intentar desestabilizar desde dentro a otros países que no participan directamente en la guerra en Ucrania. Y eso es lo que está haciendo Moscú. Aunque Ucrania esté a 4.000 kilómetros de nuestras fronteras no dejamos de ver estas acciones de injerencia en Alemania, en Francia, en las Repúblicas Bálticas y también en España. Eso también es una forma de guerra, la guerra cognitiva, y se ha visto en varios procesos electorales europeos, y ocurrió también en Cataluña durante el procés. Lo hemos tenido en casa y aún así no lo queremos ver. Yo no sé qué problema tenemos con la realidad, pero lo cierto es que es la primera vez desde que terminó la Segunda Guerra Mundial que tenemos una guerra en suelo europeo donde se están intentando mover las fronteras exteriores por la fuerza de las armas. Rusia ya tuvo sus incursiones, por ejemplo, en Georgia en 2008, aunque se habló poco. También se habló demasiado poco de la anexión de Crimea en 2014. Pero todos los europeos, y el resto del mundo, vimos comenzar en directo la guerra de Ucrania. Y nos quedamos atónitos porque pensamos que eso jamás podría pasar. Yo creo que eso ya es suficiente como para que nos importe y nos preocupe. Y tomemos medidas para que no avance, para que no vuelva a pasar y para volver a disfrutar de un periodo de paz prolongado como el que hemos tenido las últimas décadas, en lugar de adentrarnos en una espiral de conflictos. Que parece que es a lo que vamos.
—Ha mencionado Crimea. Hablamos de que todo empezó en 2022, pero empezó en Crimea en 2014, y no sé si fue la primera tentativa de Putin, de ver qué pasaba si se apoderaba de un territorio como Crimea. Vio que podía y no pasaba nada. Fue una especie de primer test. Voy a ver qué pasa. No pasa nada y puedo seguir avanzando.
—Yo creo que el primer test fue Georgia. Ahora mismo Rusia controla de facto dos provincias de Georgia, que es casi un 20% del territorio georgiano. La guerra fue muy rápida porque no tenían suficientes recursos para resistir. Pero mira, los ucranianos sí fueron a apoyar a los georgianos entonces, y por eso ahora hay tantos soldados georgianos luchando del lado de Ucrania. Es muy interesante ver cómo se van entrelazando acontecimientos del pasado con las consecuencias en el futuro. Recuerdo cuando entrevisté al comandante de esta Legión Georgiana, Mamuka Mamulashvili, que además de ser un experto en propaganda rusa y asesorar a Washington en esos temas, es hijo de un general que luchó en la guerra de Georgia, y empezó a contar que ese era el motivo por el que estaba luchando en Ucrania. Decía: “Hay muchísima gente en Georgia que recuerda que los ucranianos fueron los únicos que llegaron para ayudar en esos momentos. Lo tienen en el corazón y han venido aquí a luchar a por eso».
—Ahora está el régimen georgiano bajo tutela de Moscú…
—Precisamente por eso creo que no hay una reactivación del conflicto armado en Georgia. Porque si te das cuenta en Ucrania el conflicto armado se desató cuando echaron al presidente prorruso que gobernaba hasta 2014, Yanukóvich. Él huyó a Rusia después de la revolución de Maidán y el pueblo ucraniano eligió a Poroshenko primero y a Zelensky después, alejándose cada vez más de la influencia de Moscú. Fue entonces cuando Rusia, en vez de respetar la nueva realidad, las reglas del juego democrático, y asumir que Ucrania era un país libre y soberano que se había desvinculado de la antigua URSS mediante un referéndum en 1991, empezó a preparar no sólo la anexión de Crimea, sino también la invasión del Dombás.
Yo puse a Ucrania en el mapa, por así decirlo, durante la revolución de Maidán, que empezó porque dos días antes de que Ucrania firmara un acuerdo para comerciar más libremente con la Unión Europea, Yanukóvich dio marcha atrás. Hoy cuando pregunto por aquello a la gente, a pie de calle, todos creen que el Kremlin le dio la orden a Yanukóvich de no firmar y cortar lazos con Europa, y por eso la gente empezó a reunirse espontáneamente en la plaza de Maidán de Kiev. Para mí ese fue el primer contacto que tuve con Ucrania, a finales de 2013. En aquella época estaba trabajando en Cambio 16 como redactora jefe e hice el seguimiento de lo que estaba pasando, desde Madrid, pero eso me llevó a indagar y a leer libros y a intentar entender. Y cuando empezó esta guerra ya tenía parte de los deberes hechos.
—Igual que hablamos ahora de los colonos israelíes en Cisjordania, Rusia ha ido infiltrando colonos en la parte del Dombás, antes de que comenzara a introducir a los famosos hombrecillos verdes, que eran soldados sin insignias ni distintivos, tanto en Crimea como en el Dombás, que ayudaron a movilizar a los grupos contrarios al gobierno de Kiev.
—Fueron paramilitares que empezaron a introducirse y a sentar las bases para dar un Golpe de Estado y así se tomó de facto parte de ese territorio. De todos modos, hay que partir del gran desconocimiento que hay en España de lo que ocurre allí. Y eso a pesar de que hay mucha información si quieres encontrarla. Pero ¿la gente realmente quiere saber lo que está pasando en Ucrania? Yo creo más bien que creen saberlo, con lo que leen a salto de mata y sin profundizar. Entiendo que estamos muy saturados, porque pasan más cosas en el mundo, no sólo la guerra de Ucrania… Pero sigue siendo importante, y lo vemos en el hecho de que normalmente una guerra mantiene el interés informativo de uno a tres meses, y sin embargo el interés informativo se mantuvo muy alto hasta que empezó la de Gaza.
—Hace poco estuvo en Madrid Mikel Ayestaran y se preguntaba qué estábamos haciendo mal para que la gente no se interese de verdad (en este caso ante lo que ocurría en Gaza) y actúe, y si convenía publicar fotos más duras de Gaza, que por cierto son las que están haciendo los propios periodistas palestinos, porque Israel ha impedido de forma sistemática la entrada de periodistas internacionales. Pero es como si los lectores, los espectadores, estuvieran como anestesiados ante las imágenes duras.
—Así es. Y te voy a poner un ejemplo aún peor: el año pasado yo di una clase online en una universidad española para alumnos de comunicación y de máster de Relaciones Internacionales y Resolución de Conflictos. O sea, chicos que se supone que que van a trabajar en en este tipo de situaciones, que además tienen una formación sólida y que son mayores de edad. Entonces aproveché mi faceta de fotógrafa y les preparé una clase en la que les ponía también imágenes de la guerra de Ucrania, porque quería que vieran a lo que se iban a enfrentar. Había preparado dos series de fotografías, pero cuando terminé con la primera, me escribieron en el chat de la plataforma y me preguntaron si era necesario poner imágenes tan crudas, porque podían afectar a su salud mental. La verdad es que eso era lo último que esperaba que me dijeran. ¿Qué es lo que pensaban que es una guerra? Hay gente que no quiere mirar y ver que la guerra es barro, es sangre, es dolor.
—¿La relación entre la prensa occidental y el ejército ucraniano sigue siendo buena?
—A los periodistas nos cuidan mucho. Cuando entramos en el frente las brigadas llevan incluso tiradores, para repeler posibles ataques con drones. De hecho, si te das cuenta, en esta guerra están muriendo menos periodistas en comparación con otras. En los dos últimos meses han muerto tres colegas, por ataques directos con drones FPV, y otro más ha perdido una pierna. También ha habido varios ataques más en los que, afortunadamente, los periodistas implicados han salido ilesos. Rusia ha intensificado su ofensiva contra la prensa este otoño, parece que somos molestos. [La entrevista se celebró el pasado verano, pero ha sido actualizada este mes de diciembre].
—¿Pero no es cierto que ha habido oscilaciones en cuanto al nivel de acceso al frente, a los aspectos menos favorables de la guerra, no han aumentado las limitaciones?
—Ha habido oscilaciones. Durante la primera fase de la guerra, durante el año 2022 y hasta la liberación de Jersón, los grandes medios, sobre todo los estadounidenses, que eran del país que más ayuda militar les enviaba, tenían un tratamiento privilegiado con más accesos. Estadounidenses, pero también británicos, alemanes y franceses, el trato era de alfombra roja. Luego estábamos los periodistas que pertenecíamos al resto de países, esos que habían mandado diez tanques oxidados, algunos lanzagranadas y chalecos antibalas. Y si además de ser de un país que enviaba poca ayuda militar, además eras freelance, como es mi caso, pues estabas el último en la fila de accesos.
Pero eso cambió durante la liberación de Jersón. En ese momento acudieron cientos de periodistas para cubrir la historia, y el Ejército ucraniano les dijo que tenían que esperar en Mikolaiv, que primero iban a entrar las tropas y luego ya se les daba acceso. Sin embargo, junto con esas tropas dieron acceso a tres medios estadounidenses. Te puedes imaginar la que se montó… Los chats de periodistas ardían con quejas. Y el Ejército tomó nota y se produjo un cambio, se democratizó el acceso.
Desde entonces, ha habido momentos puntuales en los que se han cerrado un poco los accesos, después de ataques por ejemplo, pero se ha podido trabajar bien. Sin embargo, en los últimos y debido al uso masivo de drones, que dificultan tanto el trabajo de los militares como el de los informadores, ha sido muy difícil entrar al frente de combate. Creo que hay muy pocos periodistas que pasen tanto tiempo en el frente como yo, y las brigadas me conocen, pero aún así cada vez es más difícil garantizar la seguridad y eso les echa para atrás.
—Después de tanto tiempo sobre el terreno tendrás fuentes muy directas…
—De todo lo que te puedas imaginar: militares, civiles, con políticos trabajo menos. Pero tengo buenas fuentes. Estar tanto tiempo allí, durante muchos meses seguidos, es un gran sacrificio. Pero tienes compensaciones en cuanto a acceso a la información, a crear relaciones de confianza.
—¿Cómo ha ido evolucionando el conflicto desde primera hora hasta este momento?
—En este momento la situación sobre el terreno es terrible, nunca había visto la guerra en Ucrania tan mal como ahora. Faltan soldados, porque hay menos voluntarios, y los rusos les superan en número y en recursos. La ventaja numérica del lado ruso es incontestable, hay puntos del frente de combate en que la diferencia es de uno a diez: por cada soldado ucraniano hay diez rusos; por cada dron ucraniano hay diez rusos; por cada cañón ucraniano hay diez rusos. Sí que es cierto que el bando que defiende tiene más ventaja frente que aquel que ataca, y los ucranianos tienen además la convicción de estar defendiendo su libertad. Pero la presión es enorme. Y los drones han convertido el conflicto en algo que, yo creo, a nivel de peligrosidad no tiene precedentes y desde luego que no se había visto en ninguna guerra antes.
La guerra de 2025 no tiene nada que ver con la de 2022, sobre todo a la hora de esos accesos al frente de combate. Al principio, cuando ibas a una trinchera te arriesgabas a sufrir un ataque de artillería puntual, y se pasaba mal, pero no era la tensión continua que llevas ahora a cada paso que das. Ahora el trayecto que haces desde el punto de encuentro con los soldados hasta la trinchera es lo más peligroso, estar después en la posición de combate se ha convertido en la parte tranquila. La última vez que entré en el frente me dijeron que había un 50 por ciento de posibilidades de llegar enteros a causa de los drones.
—En cuanto a munición, también están más escasos los ucranianos, ¿es así?
—La crisis de munición más grave que yo vi fue a principios del 2024. Ahora los drones han sustituido en parte a la artillería, y los ucranianos tienen cada vez más producción propia de estos vehículos no tripulados, y dependen menos de lo que les envían otros países.
—Parece evidente que a la hora de evaluar la capacidad de resistencia ucraniana el servicio de espionaje ruso se equivocó…
—Quizá sea el mayor error estratégico de Rusia. Creo que asesoraron muy mal a Putin, y este se creyó que los ucranianos iban a recibir a sus tropas con flores y con los brazos abiertos. Recuerdo entrevistas con soldados rusos muy jóvenes que fueron capturados en los primeros días de la invasión, al norte de Kiev, y unos pensaban que estaban de maniobras, y otros que venían a ayudar a los ucranianos. Eso fue lo que les vendieron. Me parece que no hubo ni un general ni un coronel que se atreviera a contarle a Putin algo que él no quería ver. No conviene olvidar que en Rusia mucha gente se cae accidentalmente por la ventana o se muere después de beber un café envenenado… Por eso el Ejército ruso tuvo que recular y retirarse del frente norte, porque no tenían recursos para pelear ahí durante un periodo de tiempo prolongado. El cerco de Kiev duró un mes. Y ese fue el primer punto de inflexión.
Los meses de junio y julio del 22 fueron durísimos, sobre todo en el frente del Este, en Járkiv y en el Dombás. Y cuando en otoño llegó la contraofensiva ucraniana, con la que consiguieron recuperar casi un 30 por ciento de lo que habían conquistado los rusos, hubo un gran optimismo. Fue la primera vez que los ucranianos creyeron que podían ganar la guerra. Estaban eufóricos, creían en sí mismos.
A partir del 23 hubo un estancamiento, una guerra de desgaste. Ucrania preparó una nueva contraofensiva, pero no funcionó porque Rusia aprendió la lección y fortificó sus líneas defensivas. En 2024 empezamos a asistir al incremento de bombardeos masivos contra las ciudades más alejadas del frente de combate, como Kiev. Y también contra la infraestructura civil crítica del país, lo cual constituye un crimen de guerra, algo que a Putin le da igual. Pero Ucrania logró invadir parte de la región rusa de Kursk, probablemente para tener algo que intercambiar de cara a unas futuras negociaciones. Fue un golpe de efecto que nadie esperaba. Yo conseguí entrar en la zona ocupada en agosto, y pude hablar con algunos ciudadanos rusos que se habían quedado atrapados en la ciudad de Sudzha. Para mí fue muy valioso informativamente poder hablar de manera directa con aquellas personas, entender qué sabían de la realidad de la invasión al otro lado de la frontera, etc.
Pero 2025 ha sido el año en el que se ha consolidado la guerra de drones que, como te he explicado, lo ha cambiado todo. El Ejército de Zelensky perdió Kursk, y además seguimos con esos ataques aéreos masivos contra ciudades ucranianas, que han vuelto a obligar a sus habitantes a dormir en estaciones de metro y en sótanos como al principio de la guerra. A soportar larguísimos apagones eléctricos. Y también a huir de sus hogares, bajo las bombas, en muchos puntos del país.
—¿Y qué tal las conversaciones con los vecinos rusos?
—Surrealistas. Si ya teníamos sobradas pruebas de lo lejos que llega la propaganda rusa a toda Europa y al otro lado del Atlántico, imagínate en su propio territorio. Durante los primeros meses de la invasión yo recogí testimonios de muchos ucranianos que tenían familiares en Rusia, y no les creían cuando les contaban de las atrocidades que estaban cometiendo las tropas rusas en la parte que habían invadido. Imagina los propios rusos… Parte de la gente que entrevisté en Kursk no era de allí, era de lugares como Moscú y estaban de vacaciones, porque aquella ciudad era un destino vacacional. Muchos estaban como en estado de shock. Pero otros eran residentes habituales, y vivían a 20 kilómetros de la guerra con Ucrania, a pesar de lo cual no sabían nada de la realidad.
Hablé con un matrimonio de entre cuarenta y cincuenta años, con hijos adolescentes, que iban a buscar agua potable a un tanque que había llevado los ucranianos. Nos confesaron que no entendían lo que les estaba pasando. Y otra periodista ucraniana que venía les preguntó que cómo era posible que no entendieran lo que sucedía. Decía: “Nos estáis invadiendo, por eso ha pasado esto”. Pero el matrimonio ruso insistía en que la guerra era un invento ucraniano… Habían comprado todo el discurso oficial de Moscú; negaron la masacre de Bucha, los bombardeos de Putin, todo.
Pero lo que más recuerdo es que esa gente, que estaba viviendo en el sótano de un edificio, se parecía a tantas y tantas personas ucranianas que yo vi en los sótanos de Bajmut, o de Chasiv Yar… Las mismas caras, el mismo olor a cerrado, gente durmiendo en el suelo. Eso te ayuda a entender mejor lo que es la guerra.
Los que decían cosas más sensantas eran los mayores, gente de más de 80 años. Había abuelas que hablaban ucraniano, porque esa parte fue ucraniana hasta que llegó la URSS y cambió las fronteras administrativas. De hecho, muchos ucranianos tienen abuelos de Kursk, de Briansk, de toda esa parte que fue ucraniana antes de 1923. Una de estas abuelas hablaba con los oficiales en ucraniano, en una mezcla entre el ruso y el ucraniano, y les decía: “Mira, yo lo que quiero es que esto se acabe. Que no maten ucranianos, que no maten rusos y que esto se acabe y que vuelva la paz. Porque somos países hermanos y esto no debería de estar pasando. Porque luchamos juntos en la Segunda Guerra Mundial. Nuestros muertos y los muertos ucranianos están enterrados juntos. ¿Cómo hacen esto los políticos?”. Pero también había gente que se sentía soviética, directamente. Un hombre me contó que mantuvo su pasaporte de la URSS hasta el año 2016 en que le obligaron a cambiarlo por uno actualizado… Decía que la democracia no era necesaria y que el capitalismo era lo peor del mundo.
—En España había gente de izquierdas que lo pensaba… ¿Cuál es la moral de los ucranianos y qué diferencias ha captado entre lugares como Kiev, Lviv y las localidades más cercanas al frente?
—En Lviv sólo estuve brevemente una vez… Allí no hay no hay guerra. Aunque muchos periodistas hayan cubierto la guerra desde allí, a distancia. Respecto a lo que preguntas de la moral, ahora mismo está muy condicionada por todo lo que está pasando en la escena política, sobre todo por el papel del presidente estadounidense, Donald Trump. Cuando volvió a ganar las elecciones hubo mucha gente que se echó las manos a la cabeza, pero otra parte, ingenuamente, creyó que podía ser bueno porque cuando intentara negociar con Putin y viera que jugaba con él, rearmaría a Ucrania. Pero ya hemos visto cómo Trump incluso le puso una alfombra roja en Alaska, en contraste con la humillación a la que sometió a Zelensky en el Despacho Oval, recriminándole incluso por no llevar traje.
—¿Cómo se vivió ese momento en Ucrania?
—Como una verdadera bofetada. Pero en aquel momento, que además las cosas no marchaban nada bien para los ucranianos en el frente, la reacción de la gente fue cerrar filas en torno a su presidente, fue un espaldarazo. «Si además de los ataques constantes de Putin, Trump insulta a nuestro presidente, vamos a apoyarle con más fuerza». Yo estaba en una trinchera en ese momento, y la polémica rápidamente saltó a las redes; entonces les pregunté a los soldados y me dijeron que había sido un insulto para Zelensky pero que ellos estaban más centrados en evitar que les mataran.
Y lo mismo sucede con los civiles que están, por ejemplo, volviendo a dormir en el metro para protegerse de los ataques aéreos. Recuerdo un testimonio reciente, las palabras de una mujer con una hija de 16 años, ambas durmiendo en el suelo de la estación de metro. La madre era profesora en la Universidad, y la chica estudiaba en la escuela de música y decía que era duro tener que dejar tu casa por las noches, pero que era una tortura psicológica aguantar los ataques con la ansiedad de que podían morir en cualquier momento. “Te acabas dando cuenta de que aquí estás segura. Es incómodo, porque hay días que te pasas la noche entera aquí, porque la alarma se mantiene hasta las ocho de la mañana y tienes que ir a la escuela desde el andén del metro”, decía. Llevaba la mochila con los libros y no volvía a casa hasta después de nueve horas de clase, ya que por la tarde iba a piano. Lo más duro, decía, era “cuando estás cenando y vuelve a sonar la alarma y sabes que tienes que volver al suelo del metro… pero a pesar de todo no se me quitan las ganas de volver a las clases. Yo quiero ser una gran pianista y voy a seguir”.
—Es su forma de combatir.
—“Los rusos no me van me van a arrebatar mis sueños, ni mi vida”, me decía.
—Da la sensación de que Putin le ha tomado la medida al presidente estadounidense.
—Se la tenía tomada antes incluso de que de que llegara a la Casa Blanca. Es vergonzoso. En Ucrania da rabia y da vergüenza a partes iguales. Ven ahora mismo a Trump como un títere en manos de Putin.
—Y en medio, las constantes devastaciones de la guerra. ¿Cómo describiría a Ucrania en comparación con el resto de Europa y con Rusia, como país, después de tanto tiempo estando allí?
—Me admira sobre todo su nivel de resiliencia. Yo no sé si en el resto de Europa, y sobre todo en España, tendríamos esa capacidad de resistir en condiciones tan extremas y difíciles. Si en un plano hipotético nos invadiera Marruecos o Francia, yo creo que la mayoría huiría a Portugal para no tener que combatir. Aunque, ¿quién sabe? A la fuerza, ahorcan. A lo mejor resulta que no nos vamos y aflora en nosotros también la resiliencia. Pero cuesta mucho imaginárselo, y eso fue lo primero que me impresionó en Ucrania, cómo la población civil se echó a la calle a ayudar y la valentía que mostraron. Recuerdo los primeros días de la invasión en Odesa, con la gente civil fabricando cócteles molotov, y las mujeres y los niños haciendo redes de camuflaje para enviarlas al frente…
—Recuerdo los comentarios de amigos sensibles que se preguntaban aquí en Madrid por qué no se rendían y así dejaban de sufrir…
—No entendemos bien el mundo en que vivimos. Hace poco publiqué una crónica contando como funcionan los campamentos militares para adolescentes, como Centuria, donde enseñan a disparar un kalashnikov a chavales a partir de 14 años. Puede resultar muy dificil de entender para nuestra sociedad, pero es la realidad en países como Ucrania, como Estonia, Letonia, por supuesto Rusia. Y cuando les preguntas a esos chicos qué es lo que están haciendo ahí te das cuenta que muchos van por imitación, siguiendo el ejemplo de amigos y amigas, pero otros te respondían: “Yo tengo que proteger a mi familia”. Esta guerra está generando un repunte de nacionalismo y de gente que en su vida futura se ve como soldado y se ve en la profesión militar, porque están en la obligación «de defender a su familia». Antes de la invasión rusa ese sentimiento no estaba en el ADN de la mayoría de los chavales ucranianos, pero a día de hoy ese pueblo no se va a rendir.
—¿Hay alguna posibilidad de que Ucrania se imponga en el campo de batalla
—Conseguir desplazar a los rusos hasta las fronteras previas a la invasión a gran escala es altamente improbable. Y respecto a la posibilidad de un acuerdo de paz, de momento Rusia se niega a devolver los territorios que ha ocupado. De hecho, pide más territorios que aún no ha logrado ocupar. Aquella jugada de invadir Kursk en 2024 hubiera sido una buena carta para Ucrania, pero no sólo salió mal, sino que provocó que Corea del Norte entrara en la guerra y enviara miles de soldados para engrosar las filas del Ejército ruso.
—¿Hasta qué punto son inagotables los recursos rusos?
—Parece que Rusia ha aguantado las oleadas de sanciones mucho mejor de lo previsto. Aunque también hay que tener en cuenta que la opacidad en el lado ruso es total: ni los periodistas rusos ni los internacionales pueden informar de ningún aspecto sensible sobre la seguridad, el Ejército o la economía rusas. Hay que recordar que en marzo de 2022 Rusia aprobó un decreto en el que se establecía que cualquier periodista que publique algo que vaya contra los intereses de la patria puede ser condenado hasta con 15 años de cárcel. La libertad de prensa ha desaparecido por completo en Rusia. En realidad, no sabemos nada, es un agujero negro informativo. Yo no sé cómo de inagotables son sus recursos y si el país va a poder soportar esta tremenda presión económica, pero lo cierto es que han puesto como ministro de Defensa a un economista, y ahora mismo es un país que tiene una economía de guerra, donde las necesidades de los ciudadanos no importan nada. Entre arreglar las tuberías del gas en una ciudad que pasa frío y fabricar más tanques, está claro cuál va a ser la opción elegida, y no va a haber la más mínima protesta, y si la hubiera la policía se encargaría rápidamente de aplastarla a palos sin el menor atisbo de prensa crítica que vaya a dar cuenta de ello.
—Una sorpresa de esa guerra es que Kiev ha conseguido inutilizar a la Armada rusa…
—Y también hay que tener en cuenta que la Fuerza Aérea tampoco tuvo un papel relevante al principio, luego después vimos el nacimiento de una nueva fuerza aérea, pero en el campo de los drones. En los primeros compases de la invasión nos preguntábamos dónde estaban los aviones rusos.
—Sin forzar la historia, ¿ves algún paralelismo entre la Guerra Civil Española y Ucrania, entre la falta de apoyo a la República por parte de las democracias europeas y las reticencias de parte de la izquierda a apoyar a los ucranianos con armas y dinero?
Me refiero a que una parte de la sociedad española, sobre todo al inicio, parecía incapaz de reconocer el sacrificio que estaba haciendo Ucrania para defender su independencia y su libertad frente a Rusia, un modelo de sociedad que quiere ser europeo. Mientras que algunos que mantienen vivos viejos prejuicios siguen viendo a Putin como si fuera una figura de la izquierda frente al imperialismo estadounidense, y por otro están los que todavía piensan que el pacifismo es una opción frente a la codicia de Moscú… Parte del fracaso de la República Española se debió a que las democracias optaron por el embargo de armas frente al masivo apoyo de Hitler y Mussolini a Franco…
—Lo primero que la izquierda debería hacer es reconocer que Rusia no es un régimen comunista, sino un Estado totalitario de derechas. No hay el menor atisbo de libertad, ni de prensa libre, ni de manifestación, ni de reunión, y la represión es implacable. Que les pregunten a los periodistas españoles que han sido expulsados de Moscú. La asfixia social es incuestionable. Eso ni es comunismo ni es desarrollo social ni nada que se le parezca. Y eso es lo primero que debería entender la izquierda española. Y luego esa teoría de que si dejamos de enviar armas se pondría fin a la guerra… Claro, así acaba la guerra y empieza la masacre.
Muchos periodistas pudimos visitar las cámaras de tortura que han instalado los rusos en los territorios ocupados, cuando el Ejercito de Ucrania liberó las regiones de Járkiv y Jersón. Fuimos testigos de cómo Rusia torturaba personas en pleno siglo XXI. Por no hablar de cómo en los territorios que ocupan y en la propia Federación rusa cambian la historia en los programas educativos: Ucrania ha sido borrada del mapa como país y como identidad. Para Rusia Ucrania no tiene el menor derecho a existir, debe ser sometida. ¿Qué más necesita ver la izquierda española para abrir los ojos? No hay peor ciego que el que no quiere ver.
—En Sarajevo durante el cerco, Susan Sontag me dijo que la historia nos enseña, pero la gente no quiere aprender. No sé si ese es el caso.
—Totalmente de acuerdo.
—¿En qué medida la doble vara de medir de Occidente ante Rusia e Israel debilita su imagen y su modelo en el sur global? Porque es verdad la Alemania de Angela Merkel demostró que podía acoger a un millón de refugiados sirios sin descalabrarse, y también la solidaridad europea acogió a millones de refugiados ucranianos, mientras que para otros todos son barreras, por no hablar de la tolerancia ante las acciones de Israel en Gaza…
—Es cierto, depende de dónde sean los inmigrantes, así actuamos. Pero en general la acogida a los ucranianos ha sido buena. Europa acogió a más de seis millones de refugiados ucranianos. Pero no deberíamos revictimizar a los refugiados ucranianos para denunciar que faltan programas de acogida para los de otras nacionalidades. En los primeros meses de la guerra que se hablara de discriminación. ¿Somos así de retorcidos? En vez de aprender y decir: “Si podemos acoger a este, podríamos acoger a aquel también”. En cambio, ha habido discursos de odio contra los ucranianos por el hecho de que se han integrado bien, lo que me parece el colmo. Yo estas cosas las analizo y no sé si de verdad somos capaces de entendernos a nosotros mismos.
—Respecto a la OTAN, ¿cree que ha estado a la altura las circunstancias o ha tenido oscilaciones y las tiene todavía?
—Mi pregunta es, ¿qué es la OTAN? Uno de los problemas de la Alianza Atlántica es que la organización está demasiado personalizada en el presidente de un solo país, y son muchos miembros. La gente se cree que la OTAN la fundó Estados Unidos, hay mucho desconocimiento acerca de su origen y los países que la impulsaron. Pero hablando del presente, estamos en un momento en el que Estados Unidos le ha dicho a los países miembros de Europa que tienen que hacerse cargo de su propia defensa. La invasión de Ucrania nos ha obligado a despertar, a tomar conciencia y a darnos cuenta de que no vivimos en un mundo angelical en el que podemos prescindir de las armas. Pero la OTAN tiene un gran margen de mejora, igual que la ONU, ambas se crearon en un contexto y en un momento determinado, para responder a las necesidades internacionales que surgieron al final de la Segunda Guerra Mundial. Y sinceramente creo que ambas se han quedado anticuadas, especialmente Naciones Unidas.
—¿Dónde y cómo empezó su pasión por el periodismo? ¿Y dónde hizo el bachillerato?
—Aquí, en Cuéllar, en este rincón segoviano. Cuando estaba estudiando el bachillerato ya intuía lo que quería ser, y de hecho participé en la fundación de la revista de mi instituto. Incluso antes, en el colegio, también escribía en la revista escolar.
—¿Y de qué escribía?
—Ya no me acuerdo. Supongo que eran cosas del colegio, cosas del pueblo. Pero sí recuerdo que cuando llegué al instituto la profesora de Lengua y Literatura se quejaba de no hubiera una revista y me subí al barco y me convertí en su directora.
—¿Pero el periodismo ya había aparecido en su cabeza?
—Dudé entre estudiar la carrera de Bellas Artes o periodismo. No es que soñara con convertirme en pintora, sino que me interesaba todo lo relacionado con el arte en general, el mundo de los museos, la fotografía… Acabó ganando el mundo de la comunicación, pero podían haberlo hecho el de las bellas artes tranquilamente. Quizá de ahí también proceda mi pasión por la fotografía, porque no concibo mi periodismo sin compaginar la palabra con la imagen. Yo creo que la fotografía tiene una parte de bellas artes y otra de periodismo…
—¿Y cuando acabó de decantarse el oficio por trabajar de corresponsal, de enviada especial, de reportera de guerra…?
—Desde los primeros años de carrera. El deseo de viajar y de contar el mundo ya estaban ahí.
—¿Dónde hizo la carrera?
—En la Universidad Internacional de Segovia, que ahora es el Instituto Empresa. Y después hice el máster de Estudios de la Defensa y Comunicación de los Conflictos Armados en la Complutense. A mí lo que me atraía era la idea de contar, de llegar donde otros no llegaban. De ver lo que la mayoría de la gente no podía ver y de contárselo al resto.
—¿Cuál fue su primer viaje como periodista a un conflicto?
—Afganistán, en 2009. Fui sola y cuando regresé cogí mi disco duro con las fotos, fui a la redacción de Grupo Z y dije: “Vengo a hablar con Interviú porque publica muy buenos reportajes de guerra”. Me compraron la mayor parte de lo que había hecho y con eso conseguí cubrir los gastos y ganar algo.
—¿Cuándo tiempo ha pasado en Ucrania y cuál ha sido el coste personal que ha supuesto esta cobertura?
—He estado viviendo en Ucrania unos 300 días al año desde que empezó la invasión a gran escala. Son más de mil días de guerra. Y cuando vuelvo intento dar conferencias para seguir divulgando este conflicto. Descanso en Navidades y alguna semana en verano. Y es duro estar tan lejos de tu familia y de tus amigos, porque además yo llevaba una buena vida en Madrid, y la dejé por irme a Ucrania. Pero yo siempre trabajado de periodista. No quiero hacer otra cosa. Y me apasiona tanto este trabajo que, aunque el coste personal sea alto, me parece soportable porque me aporta mucho.
—¿Y el coste emocional por la exposición constante a imágenes duras, al dolor de los demás?
—Yo creo que te hace mejor persona y te hace valorar más lo que tenemos aquí. Todos deberíamos reflexionar sobre el hecho de que la seguridad total no está garantizada, y no es gratis. Como sociedad deberíamos trabajar activamente para tener un mundo mejor. Ver la realidad del mundo y cómo se sufre en otras partes tiene que servir para crecer. Yo pienso, además, que no tengo derecho a sentirme mal estando en medio de la guerra, porque cuando quiera puede coger un autobús, un tren y un avión y volver a casa. Yo no soy un hombre ucraniano en edad militar al que no dejan salir del país, podría dejar Ucrania, borrarme de todos los grupos de WhatsApp y no tener relación con lo que está pasando. Pero no quiero hacer eso.
—¿Y después de mucho esfuerzo ha conseguido hacerse un espacio y vivir de esto de forma decente, o todavía es complicado?
—Vivo de esto y no pierdo dinero por trabajar como reportera de guerra, como sé que le ha pasado a otros colegas, que han ido a cubrir la guerra gratis «para hacerse un nombre». Me indignado esa la falta de respeto por la profesión, y en Ucrania también lo vi durante los primeros meses de la invasión, que vinieron periodistas que trabajaban como teleoperadores «a probar suerte». Aparte de eso, me quejo siempre de que las tarifas que pagan en España a los periodistas freelance son las más bajas. Los portugueses cobran el doble que los españoles, los franceses y los alemanes el triple y los anglosajones cuatro veces más.
—¿Cuál debe ser la mirada del reportero ante el dolor de los demás?
—Tiene que ser por supuesto una mirada humana. Llámalo empática si quieres, pero no tiene que ser una mirada de activista. Es algo que veo mucho en las nuevas generaciones de periodistas, algunos se creen que son activistas. El periodismo es información, y si cruzas la línea y te vas al lado del activismo, tu trabajo deja de tener credibilidad. Esa línea no hay que cruzarla jamás. El periodista de conflictos tiene que estar siempre del lado de las víctimas, tener una mirada humana, pero
tiene que ser escrupuloso con los datos. Y al mismo tiempo contarlo de una manera que no deje indiferente. Por eso escribo crónica, porque te obliga a estar en el lugar de los hechos, poner los cinco sentidos, y te da la licencia de incluir tu opinión en el sentido de las impresiones: lo que ves, lo que escuchas, lo que sientes. Y con eso puedes sentar al lector a tu lado.
—¿Qué importancia tiene el miedo?
—Yo tengo poco. Se tiene o no se tiene, y yo no tengo. Eso no significa que sea una imprudente, al contrario, hago un esfuerzo extra para tomar medidas de seguridad, para tomar todas las precauciones necesarias. Pero el miedo no aporta nada y puede ser paralizante.
—¿Y cómo mantiene a raya el peligro del cinismo, la indiferencia?
—Por mi parte no hay indiferencia, no puede haberla. Yo me emociono y me sigue doliendo el dolor de las víctimas, y lo intento transmitir.
—¿Y qué echa de menos en el periodismo español contemporáneo?
—Tantas cosas. Sobre todo echo de menos al lector, que cada vez tenemos menos. Eso es lo que más echo de menos: lectores.
—Tal vez tenga parte de culpa los medios, que en muchos casos parece que desprecian el hecho de que haya lectores que quieran leer de verdad, en serio…
—Creo que una buena parte de la culpa la tienen también los lectores, que han dejado de querer saber. Si el lector quiere saber algo y pregunta por algo, el medio se lo va a dar. También hay parte de lo que has dicho, y lector han mostrar desinterés ante la oferta de los medios. Pero si los medios cada vez ofrecen más entretenimiento que información, el click fácil, es porque la sociedad prefiere estar entretenida que informada.
—¿Cómo compagina su mirada de reportera gráfica con la escritura? ¿Cómo mira cuando escribes y cómo miras cuando fotografía?
—Son dos miradas que se complementan, que suman. Pero no son simultáneas: primero haces una cosa y después otra. Tienes que dividirlo para poder trabajar bien: cuando estoy haciendo fotos, no estoy pensando en hacer una entrevista al soldado que tengo delante de la cámara; estoy mirando, estoy tratando de ver la foto. Tienes que pensar distinto y no es fácil. Y yo soy muy curiosa, hago muchas preguntas, hablo mucho con la gente, así que necesito tiempo y dedicación para las entrevistas. Lo bueno es que ahora, cada vez que vas al frente de combate, tienes que estar ahí con ellos al menos 24 horas, porque no te pueden sacar hasta la siguiente rotación. No es lo más cómodo del mundo meterte 24 horas en una trinchera, pero no imaginas la cantidad de crónicas que he escrito ahí. Saber que tienes 24 horas por delante me ha permitido enfocarme y profundizar tanto a la hora de hacer fotos como de hacer entrevistas. Los mejores trabajos que he hecho son aquellos en los que he podido pasar muchas horas con la gente, ganarme su confianza para que me cuenten los detalles importantes.
—¿Qué aconseja a quien le dice que quiere seguir sus pasos y convertirse en reportero de guerra?
— Cada vez que un estudiante me pregunta qué debe hacer para convertirse en corresponsal de guerra siempre digo lo mismo: estudiar. Es lo que yo he hecho, formarme lo mejor posible y leer sin parar, libros y periódicos. Y aprender al menos la historia del país que quieres contar. Muchos de los periodistas a los que he visto cubrir Ucrania no sabían la historia del país.
—¿Es esta la vida que soñaba con vivir?
—Sí. Además estoy disfrutando mucho de la cobertura en este momento, porque estar cubriendo la invasión desde el principio me ha permitido especializarme a un nivel muy alto. Y sigo aprendiendo, sobre la guerra en Ucrania y sobre el entorno de los países que pertenecieron a la Unión Soviética y su evolución. Todo está conectado. Sigo aprendido cada día, y a la vez sigo emocionándome con las historias que cuento. También sigo sintiendo el mismo dolor cada vez que veo cómo sacan a gente de debajo de los escombros. No me he vuelto una cínica, ni me ni me he impermeabilizado.
—¿Ha cambiado su percepción de la condición humana después de todo lo que ha visto y sentido en Ucrania?
—De la condición humana como tal, no. Del nivel de formación, de educación y de criterio social, sí. Creo que hemos involucionado como sociedad, que hemos ido para atrás. Somos más tontos, más iletrados, más bocazas. Y las redes sociales son parte de la ecuación, de esa degradación. Antes la gente pensaba antes de hablar, pero ahora se sirven del anonimato de una red social y de una pantalla para decir cualquier barbaridad. Cada vez estoy más segura de que la exposición constante a las pantallas produce podredumbre cerebral, y no lo digo yo, lo dice un estudio científico.
—¿Quién es María Senovilla?
—Esa parte se la dejo responder al periodista que hace la entrevista.




