Trayecto hacia la cuarentena

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Esta mañana he salido de casa a las seis en punto para ir al aeropuerto de Stansted. He cogido el metro en Highbury & Islington. La imagen dentro del metro era la de una ciudad que se resistía a bajar la persiana. Casi todo eran trabajadores del sector servicios, esa nueva clase obrera que ha ido sustituyendo a la tradicional clase obrera industrial en tantos países. No he visto demasiadas mascarillas y todavía menos guantes de látex. Ni siquiera el personal del metro parecía tomar ningún tipo de medidas. Lo mismo ha sucedido en el aeropuerto. He comprado un croissant, algo de fruta y un té de hierbabuena en Pret a Manger. Solo permitían comprar comida para llevar así que me lo he tomado en las butacas de la terminal. Tampoco las personas que atendían en Pret a Manger llevaban ningún tipo de protección. Desconozco los motivos (¿quizás la compañía considere que no es bueno para la “marca”?) pero contrasta con el supermercado turco debajo de casa donde compro las verduras (todos sus empleados llevan días con mascarillas y guantes).

En el avión me ha tocado sentarme en una de las salidas de emergencia. A mí lado iba una madre con su hijo. Los dos llevaban mascarilla y guantes. La madre ha hecho varias fotos del chaval con la mascarilla para mandárselas a la abuela. Cuando nos hemos bajado del avión han tenido que venir cuatro autobuses porque los viajeros se negaban a estar apelotonados en el autobús. En la cola de los pasaportes he escuchado una conversación entre una pareja joven y un chico. Cuando el chico les ha preguntado que si estaban viviendo en Londres la pareja ha contestado que “vivían en Londres hasta ayer”. Los dos trabajaban en hostelería. De la conversación he deducido que a uno de ellos le habían despedido del trabajo de un día para otro. El otro chaval joven, que iba solo, ha dicho que él podía trabajar desde casa. La ilusión de ir a Londres a ganarse la vida y aprender inglés se esfumaba en unos pocos días por causa de una pandemia global.

He estado todo el viaje escuchando canciones de La Costa Brava, Francisco Nixon y Ricardo Vicente. Son canciones que me ponen algo nostálgico pero siempre me hacen feliz; canciones que son seguramente más serias de lo que parecen. He vuelto a escuchar “Me casaré cuando me enamore”, “Amor bajo cero”, “Olímpicos” y “Háblame”. He pensado en el libro de Aloma sobre Sergio Algora y la resaca del día después de la presentación del libro cuando volvía a Tudela en tren por Semana Santa y en el documental sobre Algora que vi en Filmin hace unos días.

He recordado también cómo llegué a estos grupos. Al poco de llegar a Madrid para empezar la universidad fui con Padilla, mi hermano y sus amigos a Casa América a ver un concierto de Francisco Nixon. Le acompañaban Ricardo Vicente a la guitarra y Dario Adanti, cuyos bocetos se proyectaban sobre la parte trasera del escenario en tiempo real. Mi hermano me dijo que él era muy fan de Richi por una canción suya que se llamaba “Banderas rojas”. En aquel concierto sonaron “Notre Dame”, “Canción de regalo”, “Museo Británico” o “El cumpleaños de Ronaldo”. Los años siguientes vinieron mucho otros conciertos de Fran Fernández y Ricardo Vicente en diferentes formatos: con The New Raemon en el Teatro Lara, Nixon en acústico en el Chami, Nixon en acústico en Fnac, Ricardo Vicente con su banda en el Lara. Hace unos meses en Madrid los amigos de Pasavento versionaron “Canción de regalo” de La Costa Brava y fuimos felices una vez más.

He vuelto a casa y durante los primeros días apenas saldré de la habitación. Tengo la comida de mi madre, canciones, libros y una serie de anuarios de El País desde 1982 hasta 1997 que había en la estantería del salón; también conversaciones grupales con amigos con los que no hablo a menudo y alguien que me quiere desde el extremo oeste de la península.

 

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