Tres instantes de una novela

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Desdoblarse. La estación del tren de alta velocidad asoma súbitamente, en medio de la nada. Salvo por la refinería, que es como una de esas ciudades imaginadas, capaces de surcar la noche sideral, islas tecnológicas a la deriva con nuestros sueños dentro. ¿Qué necesidad tenemos de escribir? Acaso la misma que la de adentrarnos en lo desconocido. He ahí un espléndido decorado para la muerte. Como si ese viajero, un blanco perfecto en medio de la noche circundante, fueras tú mismo y estuvieras a punto de embarcarte en una novela.

 

 

 

Había dejado su casa en un pueblo del páramo muy temprano. Llevaba una vida que ninguno de sus vecinos sospechaba en qué consistía. Sabían que no dejabas de viajar. Que desaparecías durante semanas enteras en las que ni el menor rastro de vida trascendía de esas persianas siempre bajas. De vez en cuando un hilo de luz que duraba toda la noche. Como si el enigmático inquilino del número 7 las pasara en vela, leyendo, quién sabe si escribiendo. Si supieran que estabas tumbado en la cama, mirando al techo, vestido, con las botas puestas, listo para salir al menor indicio. Para ponerte en marcha en cuanto te dieran la orden. Las falsas cortesías de rigor cuando se cruzaban contigo en la calle, en el supermercado, daban para urdir más de una trama. Pero faltaban hilos consistentes. Lo más extraño es que casi siempre desaparecía al final de una cuesta. Con una mochila, y adiós. Como si emprendiera larguísimos viajes a pie. Y cuando volvía, seguramente para disimular, lo hacía como en una limpia elipsis cinematográfica: por el mismo lugar, pero sin rastro de cansancio. Tal vez algo menos de pelo, tal vez una sombra bajo los ojos. Pero nada de extenuación.

 

 

 

En la habitación del hotel neosoviético la policía encontró lo que no sabía interpretar si como una señal para un cómplice o un sarcasmo. El conejito luminoso había sido convenientemente despojado de toda huella. Como si el tipo del anorak rojo supiera que estaba siendo vigilado. Fue el único rastro que dejó, y lo hizo a conciencia. Ni siquiera un pelo en la gatera que pudiera servir para una identificación. Si es que figuraba en algún registro de personajes. Era como si en realidad apenas hubiera hecho uso de la lujosa habitación. La cama estaba casi intacta, con las marcas de un cuerpo que había dormido sobre la colcha. Llegaron a una conclusión: si la noche fuera un tren, lo había devorado con todos sus deseos. Como si fuera producto de la imaginación de un ingeniero de almas. Pero sin cadáver no hay investigación que prospere. Y menos una novela.