‘Trigo sucio’: Una viñeta vitriólica

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Sorprende la acidez certera de David Mamet (Chicago, Estados Unidos, 1947) para afrontar asuntos incómodos desafiando los colmillos de la corrección política, colocándose siempre a contrapelo de lo dictado por la intocable opinión general digamos “progresista” (y coloco este calificativo entre comillas por su subjetiva labilidad). Nadie discute que es uno de los nombres mayores del teatro norteamericano de nuestros días, una referencia esencial como renovador de los postulados del teatro realista cimentados por Arthur Miller, que a su vez prolongó y potenció lo edificado por Eugene O’Neill. A estas referencias sería preciso añadir los nombres de Anton Chéjov, Samuel Beckett, Harold Pinter y hasta Aristófanes, que también perfuman decisivamente la obra de Mamet, a quien, desde que el imperio “progresista” consideró que se había pasado al lado derecho de la Fuerza (los fans de Star Wars me entenderán), buena parte de la crítica de su país espera con las escopetas cargadas.  Tal vez por eso, en alguna ocasión haya manifestado: “Mi idea de la felicidad perfecta es una familia sana, paz entre naciones y todos los críticos muertos”.

David Mamet es un hombre orquesta de la actividad creativa vinculada al teatro, el cine, la televisión y la radio. Novelista, ensayista, dramaturgo, director cinematográfico y guionista, su labor en esta última faceta, por la que fue galardonado con un Oscar por Los intocables de Eliot Ness (Brian De Palma, 1987), cuenta con trabajos tan destacados como El cartero siempre llama dos veces (The Postman Always Rings Twice. Bob Rafelson, 1981), Veredicto final (The Verdict. Sidney Lumet, 1982), Vania en la calle 42 (Vanya on 42nd Street. Louis Malle y Andre Gregory, 1994), La cortina de humo (Wag the Dog. Barry Levinson, 1997), Ronin (Ronin. John Frankenheimer, 1998) y Hannibal (Hannibal. Ridley Scott, 2001), entre otros. Amén de los guiones de las adaptaciones cinematográficas de varias de sus piezas teatrales (Glengarry Glen Ross, Oleanna –que también dirigió–, American Buffalo, Edmond…) y las de las películas en las que él mismo se ha puesto tras la cámara, empezando por la soberbia Casa de juegos (House of Games, 1987) y con otros títulos de relieve como Las cosas cambian (Things Change, 1988) y La trama (The Spanish Prisoner, 1997). 

Nancho Novo (izquierda) y Fernando Ramallo, respectivamente el productor desalmado y el guionista pringado (Foto: Pentación)

Este genio estajanovista de la escritura dramática –que en buena parte de su obra indaga, a decir de mi querido Marcos Ordóñez (A pie de obra. Alba Editorial. Barcelona, 2003), en el poder, la revelación y el lenguaje–, es autor de algunas obras maestras incontestables como El búfalo americano (1975), Glengarry Glen Ross (1983), galardonada con el premio Pulitzer en 1984 y donde resulta bien patente que Mamet actualiza el universo de Muerte de un viajante para constatar que a aquel Willy Loman sin perspectivas ni esperanzas de Miller le han crecido unos tremendos colmillos de tiburón, y Oleanna (1992), todas estrenadas en España igual que otros muchos trabajos del autor estadounidense; de la segunda recuerdo, a bote pronto, al menos tres montajes diferentes, todos estupendos. 

En “La recepción de la obra de David Mamet en España”, un muy interesante y bien documentado artículo de Ana Fernández-Caparrós Turina, de la Universidad de Valencia, aparecido en la revista del Instituto del Teatro de Madrid (ITEM) Pygmalion (5, 2013, 61-84), se repasa la amplia presencia de sus textos en nuestra cartelera a lo largo de varias décadas y se subraya que “Mamet es un autor que ha logrado interesar, más que ningún otro dramaturgo norteamericano contemporáneo, a los más diversos directores y promotores españoles, lo que constata la validez, la contemporaneidad y la pertinencia de sus ideas más allá del ámbito norteamericano. La obra de Mamet suele generar polémica y, en más de una ocasión, una drástica división de opiniones”. 

La primera vez que subió a un escenario español, cuando ya era sobradamente conocido en Europa, lo hizo de la mano de Fermín Cabal, que, en febrero de 1990, dirigió en el madrileño Teatro Alfil su propia versión de El búfalo americano, una obra que, como otras del dramaturgo, explora las zonas oscuras, contradictorias y enfermas de la sociedad norteamericana y, por extensión, del sistema capitalista. El montaje obtuvo una calurosa recepción, lo que no ocurrió con la siguiente obra de Mamet que aterrizó en Madrid, Edmond (1982), pese a ser una cuidada producción del Centro Dramático Nacional (CDN) con escenografía del pintor Eduardo Arroyo. Ni el texto ni la dirección de María Ruiz convencieron a crítica y espectadores, quienes en el estreno, el 20 de diciembre de 1990, propinaron al montaje un pateo memorable. 

Eva Isanta y Nancho Novo en el despacho de Barney Fein, un tipo asombrosamente parecido a Harvey Weinstein (Foto: Pentación)

Después se han sucedido en nuestro país, a buen ritmo y en general con buena recepción, los montajes de obras de Mamet, cuya producción dramática supera la cuarentena de títulos. Con intención de destacar esa amplia presencia, aparte de los ya citados, recordaré algunos sin ánimo de resultar exhaustivo, señalando el año de su estreno en Estados Unidos: Perversión sexual en Chicago (Sexual Perversity in Chicago, 1974),  El motor de agua (The Water Engine, 1977), Una vida en el teatro (A Life in the Theatre, 1977), El criptograma (The Cryptogram, 1994), Un matrimonio de Boston (Boston Marriage, 1999), Noviembre (November, 2007), Razas (Race, 2009), La anarquista (The anarchist, 2012), Muñeca de porcelana (Baby Doll, 2015) y La culpa (The penitent, 2017), entre otros.

La última obra del autor estrenada en la cartelera madrileña es Trigo sucio (Bitter Wheat, 2019), en la que, a pesar de que Mamet haya señalado que todo en ella es ficción, resulta evidente que está escrita tomando como referencia al productor cinematográfico Harvey Weinstein, condenado por delitos de agresión sexual y violación en 2020, un año después del estreno de esta pieza. El cofundador de Miramax, que desencadenó la imparable catarata del movimiento #MeToo, se asoma por todas las rendijas, empezando por el físico elefantiásico del protagonista y por su conducta depredadora. Barney Fein –¿no suena parecido a Weinstein?– se llama este personaje desmesurado que recibe en su despacho a un guionista, cuyo trabajo califica de vomitivo, y que recibirá luego la visita de una actriz con proyectos en cartera.

Conviene hacer hincapié en que esta función no puede contarse entre lo mejor de Mamet, es más, cabría añadir que es un texto menor, de leve entidad dramática, poco más que una viñeta satírica, pero tiene el inconfundible sello cáustico del escritor y unos diálogos como latigazos, veloces y rebosantes de vitriolo, que da gusto escuchar por su afilada viveza y su absoluta verosimilitud. Se nota que, por su amplio trabajo cinematográfico, el dramaturgo conoce bien el paño y ha efectuado algo así como un apunte del natural a mano alzada que nos ofrece un bosquejo de cómo funcionan –o funcionaban al menos hasta hace bien poco– algunos mecanismos influyentes de la industria hollywoodiense y, es de suponer, de otras latitudes y hasta de sectores diferentes al del cine. Una pringosa maraña de sucios intereses y jerarquías machistas.

Candela Serrat y Nancho Novo, la víctima y el depredador (Foto: Pentación)

Las criaturas de Mamet están construidas con carne de verdad y él las suele moldear de una forma amena y directa, con sentido del humor, carácter autocrítico y voluntad desmitificadora; está claro que buena parte de lo que sabe de teatro lo ha mamado de las ubres de la experiencia. Como en otras de sus obras, aunque sea de manera menos brillante, en Trigo sucio vuelve a meter las manos en el caldero hirviente de la controversia para pescar un argumento que luego cocina con su mañas de prestidigitador. Transmite al espectador la impresión de que a muchos jerarcas del cine les importa un bledo el contenido artístico de sus películas y, además, seguramente no tienen ni idea al respecto y hacen lo que hacen en su propio beneficio no solo económico. Viene a subrayar que Hollywood es incapaz de saber qué merece realmente la pena más allá de lo que pueda vender y que engulle los talentos, las iniciativas, las ideas frescas, los anhelos de personas ansiosas de reconocimiento para regurgitarlos una vez extraído el provecho. No revela nada nuevo.

Barney Fein es un tipo repulsivo, un canalla de manual, un abusador que va indicando a su fiel secretaria los sobornos, las corruptelas, las maniobras para comprar premios y honores, los contrapesos para mantener su influencia sobre determinadas personas mientras planea beneficiarse, Viagra mediante, a la actriz anglo-rusa que acudirá a su despacho. Muy en su línea de pensamiento, Mamet viene a sostener que muchas relaciones no se basan en la concordancia o el afecto sino en intereses transaccionales y las perspectivas de beneficio para al menos una de las partes. Pero lo que expone y cómo lo hace este cabestro tan antipático y con tanto talento para el mal resulta interesante y, perdonen ustedes, divertido por el desvergonzado sarcasmo con que se mueve por la vida y el humor ácido y cafre con que se expresa. Tiene algún paralelismo con Chuck Smith, el protagonista de Noviembre, un presidente de Estados Unidos falaz, ignorante, racista, profundamente machista y corrupto hasta el tuétano, aunque el vuelo de este Fein resulte más ligero y esté pintado más desmañadamente.

Un ejemplo de cómo es este personaje. Cuando el guionista despechado lo acusa de que lo único que le importa es el dinero, responde: “No. También me importan los premios. Y la crítica. Por eso la compro. ¿Significa eso que soy mala persona? No. Significa que soy rico”.

Si las cuentas no me fallan, esta es la cuarta obra de Mamet que dirige el también dramaturgo y guionista Juan Carlos Rubio tras Razas, Muñeca de porcelana y La culpa, así que está claro que sabe lo que se trae entre manos. Bernabé Rico, con el que trabaja asiduamente y firmó las anteriores versiones, firma también esta dinámica adaptación. La función, dirigida con solvencia y fluidez, no llega a la hora y cuarto, ya digo que es una viñeta esquemática donde se impone la caricatura del magnate y el resto de personajes tiene poco relieve. Pero se ve con la atención prendida en las malas artes y la facundia grosera de ese fantoche de una pieza que camina hacia un desenlace nada inesperado. En su estreno en Londres lo interpretó John Malkovich, aquí lo encarna con reforzada contundencia abdominal Nancho Novo, que sabe sacar buen partido de este ogro zafio y con pocos matices. Eva Isanta presta con propiedad su perfil al de la indispensable secretaria al tanto de todo, Fernando Ramallo encarna con eficaz apresto de pringado al sufrido guionista y Candela Serrat aporta una nota de terca desconfianza disfrazada de inocencia a Irina, la actriz anglo-rusa que en el original es de origen asiático. El escenógrafo Curt Allen Wilmer ha diseñado un despacho que parece más el de un productor de medio pelo que el de un magnate de Hollywood, tal vez a tono con la miseria moral del protagonista. En sus paredes cuelgan carteles de películas que son un remedo de las producidas por Weinstein, lo que el director aprovecha para introducir un guiño autorreferencial: en el que semeja ser el de Shakespeare in Love ha colocado el título de Shakespeare nunca estuvo aquí, la pieza teatral que firmó con Yolanda García Serrano y fue galardonada con el premio Lope de Vega de Teatro 2013. Al final, cuando todo se derrumba en la vida de Fein, cae también el decorado, un final simbólico muy bien resuelto por Rubio.

Título: Trigo Sucio.Autor: David Mamet. Versión: Bernabé Rico. Dirección: Juan Carlos Rubio. Escenografía: Curt Allen Wilmer en colaboración con EstudioDeDos. Vestuario: Pier Paolo Álvaro. Iluminación: José Manuel Guerra. Producción: TalyCual, en coproducción con La Alegría, Pentación, La Claqueta y Kubelik. Intérpretes: Nancho Novo, Eva Isanta, Candela Serrat y Fernando Ramallo. Lugar: Teatro Reina Victoria. Madrid. 

(Esta crítica ha sido publicada en el número 484 de Revista de Occidente correspondiente a septiembre de 2021)

 

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Juan Ignacio García Garzón es uno de los nombres que me habitan (o que habito, vaya usted a saber). Como tal espécimen, nací y vivo en Madrid, donde ejerzo la profesión periodística desde hace más de tres décadas, que ya son años. En tiempos pretéritos trabajé en Radio Exterior de España (RNE), la Agencia EFE y la cadena radiofónica COPE, no simultáneamente. En el diario ABC, he sido redactor jefe de la revista dominical Blanco y Negro, las secciones de Cultura y Espectáculos, y su suplemento cultural, además de crítico teatral.   He publicado dos libros biográficos: “Lola Flores. El volcán y la brisa” (2002 y 2007), y “Paco Rabal. Aquí un amigo” (2004), con el que obtuve el II Premio Algaba de Biografías, Autobiografías y Memorias, y el volumen de análisis cinematográfico “Cary Grant. RKO Films” (2009), además de alguna otra cosa sobre cine y teatro que se hace fatigoso enumerar. En 2009 fui agraciado con el premio Ciudad de Alcalá en su modalidad de Periodismo, que lleva el nombre de "Manuel Azaña", por el artículo “Si Hamlet fuera mujer”, publicado en ABCD las Artes y las Letras.   A veces, aunque hace ya tiempo que se hace el remolón, me visita un tipo que escribe poesía y firma como Juan Garzón. Pese a su ánimo remiso, este holgazán de la escuela Bartleby ha publicado cuatro libros de poemas: “Ejercicios de estilo” (1979), “Figuras y descripciones” (1984), “Imán” (1989) y “Principio de viaje” (2000).

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