Trinidad y Tobago

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En la embajada de Trinidad y Tobago son campechanos, afables, cercanos. La gente importante se mezcla con todos los menores adolescentes de 39 años que siguen dando tumbos empeñados en encontrar cándidamente su sitio en la vida.

 

Solo en misiones tan familiares como ésta el espía, al que todo dios conoce como conoce el nombre de su perro, esposo o esposa, e hijos si los trae, organiza una despedida en la que explica cuanto echará de menos espiarnos y leer cada mañana la prensa libanesa, un chiste, al menos con gracia, de principio a fin. Trinidad y Tobago dice también adiós a su militar supremo, enlace con las tropas acuarteladas en Saint Kitts and Nevis para evitar que una nueva milicia radical instalada entre los plataneros de la isla pueda atacar con sus misiles de largo alcance el estado sionista de Florida.

 

El militar supremo se hace fotos con sus fans, finge consternación por no haber atendido las llamadas de las nativas que buscaban un visado privilegiado para asistir a la final de la Copa Confederaciones en Maracaná y alterna con los invitados bebiendo descafeinadas cervezas en un intento de controlar la situación. Me recuerda a otra ilustre figura de la isla, Don Charles de la Verga y Dura, que prefería que en las recepciones no empezaran a sacar el alcohol pronto por “no liarla”.

 

Los guardaespaldas, curtidos en mil batallas en la selva, lucen camisas apretadas y tatuajes con símbolos chinos causando la misma impresión que si un chino se tatuara en el omóplato en español “Paqui te quiero”. No se sabe quiénes son la mitad de los que pululan por allí pero poco importa mientras haya alcohol. La república de Mariquistán ejerce el más feroz de los lobbies a favor de un país lleno de maricas en el que las mujeres sean recluidas en granjas, fecundadas y obligadas a parir niños sanos, inteligentes y de torso praxiteliano mientras que el gremio periodístico, tan muerto de hambre como de costumbre, procura sacarle algo hasta a la filipina que sirve las copas.

 

Una de las animadoras culturales de la embajada, tomándose en serio su trabajo, derriba en medio de un brote de alcoholismo una de las coquetas farolas que decoran el exterior ante el mal disimulado estupor de la anfitriona. Las fuerzas de seguridad acuden solícitas a sujetar el mobiliario jardinero el resto de la noche, dándole un nuevo giro poético a la palabra sujetafarolas, para evitar que la servidumbre se vea obligada a sacar las sales minerales.

 

A nadie le preocupa una guerra en los países en los que siempre hay guerra por mucho que diga la leyenda. Aquel te habla de sus jóvenes amigos a los que tanto quiere porque su exquisita y anticuada educación no le permite referirse a los chaperos que paga por horas, la otra te explica que el matrimonio solo es posible en un estado de empastillamiento continuo, y el de más allá cuenta que aún no se cree que con la cara de tonto que tiene alguien pueda pagarle la pasta que le pagan. Todos en Trinidad y Tobago viven de las desgracias humanitarias, el analfabetismo, los altercados y disputas familiares ajenas y las taras de los demás. Por eso el mundo está bien así, que no se convierta en algo mejor…