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BrújulaTrr trr trr trr, o el vacío de Shirin Salehi

Trr trr trr trr, o el vacío de Shirin Salehi

Hay que saber callar en varias lenguas.

Macedonio Fernández

Como si al llenar con gemidos los aires insensibles, se quitara parte de su dolor y absorbiera nuevas fuerzas para soportar el sufrimiento.

J. G. Herder

Estuve pensando cómo acompañar con un pequeño texto este libro. Después de leerlo en voz baja, como se recomienda en las primeras páginas, me daba la impresión de que no era necesario decir nada más. Solo enmudecer quizá, o suspirar. Dice Cecilia Molano que el lenguaje es un intento de organizar el balbuceo, pero que en el intento el balbuceo aumenta y nos quedamos vibrando. ¿Y si en lugar de querer ordenar el territorio ininteligible de lo que nos desborda aprendiéramos a tartamudear? Escapar gateando de la lógica imperante del discurso, como sugiere Molano, y empezar a vacilar. Ser tartamuda no solo de las palabras, sino del lenguaje entero, ser como una extranjera en la propia lengua, como un animal sorprendido ante los ruidos emitidos por su cuerpo, convertido en un repertorio de señales y gestos.

Todo en el mundo está tartamudeando porque todo es intermitente y porque “tiembla todo lo vivo”, como nos recuerda María Zambrano. Ayer se dejó oír un trueno, por ejemplo, y él también se comportó como si la tormenta tartamudeara: en vez de un disparo decidido y enérgico, resonó una serie de sonidos pausados –trr trr trr trr–, un eco en vez de un trueno. Un rayo en intervalos que titubeaba.

Durante la década de 1980, en California, varias mujeres camboyanas acudieron a sus médicos con una misma queja: no podían ver. Todas eran refugiadas de guerra y habían sido testigos de las atrocidades de los jémeres rojos entre 1975 y 1979. Muchas de ellas habían sido violadas o torturadas y la mayoría había visto cómo asesinaban a sus familias. Los médicos que examinaron a las mujeres –unas ciento cincuenta en total– descubrieron que sus ojos estaban “sanos”, que las pruebas de ondas cerebrales y oculares no detectaban ningún problema físico. Como el lenguaje en estas páginas, enfermo ante tanta tristeza e incapaz de asumir su propio trabajo, los ojos también se atrofian, ya no saben qué hacer después del llanto.

Nada es capaz de articular el desgarramiento en discurso coherente.

En Incendies, la película dirigida por Denis Villeneuve basada en la obra de teatro de Wajdi Mouawad, una mujer deja su país después de sobrevivir a la cárcel y al dolor extremo de una guerra. Para soportar la conmoción enmudece, pero antes, durante sus años en prisión, resiste a sus torturadores cantando constantemente en su celda. Su tarareo es una rebeldía. Igual que la voz que habita estos textos invisibles: lo único que puede hacer, cuando todo está bloqueado, es cantar.

¿Será el canto lo que posibilite que la doliente no se suelte de la comunidad de los vivos?

La desubicación y el exilio obligan a adoptar otras formas de hacer signo ante lo perdido. Contaba Chantal Maillard que cuando de niña migró con su familia de Bélgica a España se convirtió en una niña desubicada y silenciosa. Cuando la internaron en un colegio de Andalucía sin saber hablar castellano perdió el habla y fue sin palabras durante más de un año. Después se puso a cantar sola, para oírse y recuperar la sonoridad de la lengua perdida.

El sentimiento suena, y el lenguaje, antes que letra escrita, es sonido e incluso canto. Deleuze y Guattari escriben: “un niño en la oscuridad, presa del miedo, se tranquiliza canturreando. Perdido, se cobija como puede o se orienta a duras penas con su cancioncilla. Esa cancioncilla es como el esbozo de un centro estable y tranquilo, estabilizante y tranquilizante, en el seno del caos”.

Shirin Salehi hace resonar al vacío en sus páginas. Su lengua materna –el persa– y su lengua de acogida –el castellano– se trenzan tanto que parecieran formar un nuevo idioma irreconocible que hace babear o temblar a quien lo pronuncia. El suelo se abre y aparece la grieta. Caer en ella quizá no sea abismo sino posibilidad. Esa grieta es la vasija en la que la doliente vierte sus gritos quebrados, sus gemidos y sollozos. Ahí depositados, se revuelven en un tejido colectivo que, sin querer decir nada, sostiene los balbuceos del dolor.

El pasado (no) es prólogo. Libro de artista de Shirin Salehi.
Diseño de Marina Meyer. Publicación de la galería Fuga, Barcelona.

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