Tsipras dimite: una crónica casi sentimental

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Grecia es, seguramente, el espejo en el que se miran todas las izquierdas europeas, quizás la española muy en particular. Y los últimos acontecimientos han puesto muchas cuestiones sobre la mesa.

 

Hay que recordar ciertos hechos para contextualizar. El 25 de enero de 2015, Syriza recibió el mandato del pueblo para negociar un acuerdo con sus socios europeos que cumpliera tres condiciones: que no continuara la austeridad que siguiera dañando el crecimiento económico y la situación de las clases populares; que no se engordara el endeudamiento con préstamos que tuvieran como destino el pago de créditos previos; y que incluyera una reestructuración de la deuda.

 

La cerrazón de Europa, que se negaba a satisfacer esos tres requerimientos, hizo tomar conciencia al Gobierno griego que era imposible cumplir con estos tres objetivos sin que el país incurriera en un colapso financiero cuya quizás única salida podría ser su salida de la Unión Monetaria.

 

El primer ministro griego, Alexis Tsipras, convocó un referéndum: ¿Le permitiría el pueblo griego olvidarse del programa con que había ganado las elecciones? El pueblo griego le respondió que no. El pueblo griego ratificó a principios de julio pasado el mandato que había dado a Syriza el 25 de enero. Tsipras creyó que con ese resultado iría a Bruselas a negociar con la fuerza de la razón que le daba el respaldo de la mayor parte del pueblo griego. Ésa era, al menos, la teórica estrategia.

 

Algo debió de pasar en la noche del referéndum. Cuando la gente celebraba el resultado en las calles, el ex ministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis, entró en el despacho del primer ministro, Alexis Tsipras y no le gustó lo que se encontró. Él mismo lo cuenta: algo le hizo pensar que Tsipras no iba a acatar ese «no» del pueblo griego. Y por eso es posible que dimitiera.

 

La decisión de Tsipras puede ser comprensible: el pueblo griego en ningún momento dijo «no» al euro y quizás ese «no» a las condiciones de la troika podría dar con sus huesos fuera de la Unión Monetaria. Pero quizás Tsipras aceptó el rescate y sus condiciones porque no quería pasar a la historia como el mandatario que sacó a Grecia de la Unión Monetaria. O porque volviendo al dracma condenaría a un gran sufrimiento a su pueblo.

 

 

Falta de pedagogía

 

Es en este punto donde comienzan las dudas y lo que es peor: los juicios de intenciones. ¿Debería Syriza haber sido más clara con su pregunta en el referéndum?, ¿debería haber hecho más pedagogía sobre las consecuencias de una y otra respuesta, de ese «sí» y de ese «no» a las condiciones vinculadas al rescate?, ¿debería haber hecho más pedagogía sobre la solución que muchos economistas de Syriza, entre ellos Lapavitsas y quizás el propio Varoufakis, creen más saludable a largo plazo para Grecia, es decir, el abandono de la Unión Monetaria?, ¿convocó Tsipras el referéndum para perderlo, para recibir el «sí» temeroso de su pueblo a las medidas de austeridad a cambio de no caminar hacia el territorio desconocido que supone la salida del euro?

 

Lo que sabemos con certeza es que si lo que pretendía Tsipras era ganar fuerza negociadora en Europa para lograr un buen acuerdo que respetara la voluntad de su pueblo, fracasó. Sus acreedores no cedieron ni un ápice. El que claudicó fue él, que aceptó más austeridad a cambio de más deuda.

 

El tercer rescate está firmado, las medidas a las que se condicionó su puesta en marcha, ya están aprobadas. Grecia ya recibido su primer tramo. Pero Tsipras no ha contado con el apoyo unánime de los suyos: ni de todo su Gobierno, ni del Comité Central del Partido, ni de su grupo parlamentario. Lo primero lo solventó realizando cambios en el Ejecutivo destituyendo a los elementos más críticos; para intentar resolver lo segundo, se acordó la celebración de un congreso extraordinario que se celebraría en septiembre y que parece que ya no será necesario; pero para acallar las voces discrepantes del grupo parlamentario, un tercio del cual, al menos, prometía seguir votando sistemáticamente en contra de las medidas del memorándum asociado al rescate, la única solución era convocar elecciones. El maquiavelismo a veces se disfraza de democracia.

 

De acuerdo con la ley griega, si las elecciones anticipadas se celebran dentro de los 18 primeros meses de la legislatura, el líder del partido tiene libertad para configurar las listas como quiera. Tsipras puede diseñar la candidatura que desee, puede incluir en ella a sus compañeros de partido más afines y excluir a los más críticos.

 

 

El memorándum como programa electoral

 

Tsipras, según explicó, dimite y fuerza la convocatoria de elecciones para que el pueblo decida quién quiere que lleve les riendas del país a partir de ahora. También, para que ponga nota a su gestión durante estos siete meses que lleva en el Gobierno. Él se siente orgulloso de haber dado la batalla y de haber salvado al país. Lo que no dijo es que se presenta con un programa electoral que no puede ser otro que el memorándum del rescate que ha negociado con Europa, con todas sus medidas de austeridad, sus privatizaciones y sus liberalizaciones. Fue el propio Tsipras el que dijo que Grecia no tiene otra salida que ésa. Ha repetido en numerosas ocasiones que no le gusta el acuerdo y las medidas, pero también ha afirmado que no tiene otra alternativa que aceptarlos. 

 

Ahora busca legitimarse, aunque quizás no lo hubiera hecho de haber contado con un grupo parlamentario cohesionado y si las encuestas no le sonrieran como lo hacen. Esto último, que mantenga el apoyo popular, es comprensible si tenemos en cuenta que hasta ahora ningún gobierno había defendido los intereses del pueblo griego como lo ha hecho Syriza. Además, el pueblo griego es consciente de que ha recibido el castigo ejemplar de Europa para que no cunda la rebeldía en el continente.

 

Pero es posible que dentro de poco la ciudadanía griega tome conciencia de que se le ha hurtado la posibilidad de una alternativa, de que votó a un partido para que hiciera algo diferente y se ha encontrado con que está desarrollando las mismas políticas. El pueblo griego puede caer en la cuenta de que votó a otros para que hicieran políticas diferentes y se encontró con otras caras, pero con las mismas políticas.

 

Además, un inciso: haciendo memoria, como ya escribíamos antes, Tsipras había prometido dimitir en caso de que en el referéndum saliera el «sí» a la austeridad. El partido no se sentía preparado para gestionar ese «sí». ¿Está cumpliendo con su palabra Tsipras?, ¿o para haber sido fiel a sus promesas debería haber dimitido antes de comenzar a aplicar las medidas asociadas al tercer rescate?

 

 

La Plataforma de Izquierdas, anulada

 

Tsipras, antes incluso de que se hayan convocado las elecciones ha conseguido quitarse de en medio a los diputados más críticos de Syriza, los de la Plataforma de Izquierdas, liderada por su ex ministro de Energía al que destituyó, Panagiotis Lafazanis, que ha creado un grupo parlamentario propio y concurrirá a las elecciones por su cuenta en un partido llamado Unidad Popular. No ha constituido ninguna sorpresa porque ya la semana pasada Lafazanis había anunciado su intención de organizar un frente anti-memorándum para luchar contra el rescate.

 

Lafazanis no esconde que el cumplimiento de su programa electoral puede llevar a Grecia fuera del euro y dice que no sería ninguna catástrofe. De esa opinión es también el diputado de Syriza Costas Lapavitsas, que lo escribio hace años en su libro Crisis en la eurozona. Pero la responsabilidad de un partido que concurre a las elecciones hace obligatoria la presentación de ese plan «B» y todas sus consecuencias para que el pueblo decida con conocimiento de causa. Hacer esto en las cuatro semanas que restan para las elecciones se hace un poco difícil. 

 

Lafazanis tiene muy pocas posibilidades de éxito, es cierto. Obtendrá un pequeño porcentaje de los votos. Pero su mera existencia es importante, aunque logre una mínima representación parlamentaria. Para el propio sistema es fundamental contar con voces que hablan de alternativas y mentes que trabajan para desarrollarlas. Las utopías ayudan a caminar. Nada da más miedo que la ausencia de ellas. También de principios y convicciones. 

 

 

El resistente apoyo a Tsipras

 

Es cierto que quienes desde la izquierda continúan defendiendo a Syriza (los aparatos de IU y de Podemos, por ejemplo, aunque con críticas de militantes de una y otra formación) lo hacen con la convicción, queremos creer, de que no está escrito todavía el final de esta historia y de que, estando Tsipras en el poder, existe cierta esperanza en que, poco a poco, vaya realizando pequeñas conquistas. Quizás después de que pasen las elecciones españolas y portuguesas el próximo otoño. Puede que en ese momento se pueda arañar la concesión de un pequeño alivio de la deuda, con la complicidad del FMI.

 

Pero es que quizás no se tratara sólo de esto. Quizás no se tratara sólo de ir arañando pequeños logros: un pequeño alargamiento del plazo para devolver un préstamo, un poco menos de recorte en las pensiones… De lo que se trataba era de que el pueblo recuperara la soberanía y de poner en marcha un proyecto transformador. O eso pensamos muchos.

 

 

Las dudas que abre sobre la izquierda

 

 

Grecia es, seguramente, el espejo en el que se miran todas las izquierdas europeas, quizás la española muy en particular. Y los últimos acontecimientos han puesto muchas cuestiones sobre la mesa:

 

1. Por ejemplo, sobre los movimientos de convergencia de las izquierdas. Syriza era para muchos un modelo de éxito. Y sí lo ha sido, pero sólo para ganar elecciones. En la primera decisión importante, la convergencia ha estallado y se ha impuesto la facción más moderada. O la más pragmática. Syriza acordó un programa, pero posiblemente, no lo hizo ni con la estrategia ni con la táctica. Ni tampoco con las alternativas en el probable caso de que no se pudiera cumplir todo lo que se acordó en Tesalónica. Syriza no lo tenía todo atado y bien atado, algo de todas formas muy difícil en un partido que primero fue coalición con gentes procedentes de familias políticas muy diversas. Podríamos decir, entonces, que los movimientos de unidad popular podrían están predestinados a romperse. 

 

2. Además, se ha puesto sobre la mesa el cuestionamiento de la gran prioridad de las nuevas izquierdas (ganar) sin definir lo más importante (el para qué). A propósito de esto, alguien ayer escribió en twitter: «La derrota (ideológica) de la izquierda fue cuando sustituimos la palabra ‘transformar’ por ‘ganar'». Cuando el objetivo de un partido político es llegar al Gobierno, se convierte en una maquinaria electoral que prioriza ir sumando fuerzas. Para ir sumando y hacerlo rápido, para lograr ese «desborde» del que hablan Podemos y sus adláteres, por ejemplo, hay que realizar muchas renuncias, a veces a principios muy importantes, descafeinarse, adaptarse a la opinión mayoritaria, que nunca es extrema, que nunca es radical en su sentido etimológico, que nunca es de verdad transformadora, si la situación no es lo suficientemente desesperada y la griega, pese a todo, se ha demostrado que no lo es para la mayoría de la gente, para la que decide elecciones. Para convencer al pueblo de una transformación radical de la realidad se necesita mucho más tiempo, mucho trabajo, mucha pedagogía, mucha concienciación, mucho estudio, muchos años. Y la paciencia que parecen demostrar con Tsipras, no la quieren emplear en hacer este trabajo de campo. La ambición que demuestran en su afán por ganar no la demuestran en la transformación a llevar a cabo en la sociedad.

 

3. Pero todo se resume en una mezcla de sentimientos que pueden ser frustración, tristeza, impotencia y un poco de rabia a veces. Ya nunca más ni la fe ni la pasión de antes. Se han visto sustituidas para siempre por el escepticismo que siempre nos recomendaron para hacernos mejores periodistas.  

 

 

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