Túnez, de la zarza al jazmín

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Una revolución popular y espontánea en Túnez ha derrocado al presidente Zine el Abidine Ben Ali y ha puesto fin a 23 años de una de las dictaduras más ferreas y consentidas por los gobiernos occidentales. Lo ocurrido allí se extiende como la pólvora. Una marea de ciudadanos de países árabes ha desafíado la represión para reclamar democracía, libertad y dignidad.

 

En la tarde del 15 de enero un avión procedente de una capital europea tomaba tierra en el aeropuerto internacional de Túnez-Cartago, cuyo espacio aéreo había permanecido cerrado durante algunas horas. Apenas una veintena de pasajeros, la mayoría periodistas que acudían a cubrir las revueltas populares, descendieron de la aeronave. Entre el resto del pasaje, cinco tunecinos regresaban a casa tras un viaje turístico a Cuba. Pasaron días de mucha inquietud siguiendo a través de teléfonos móviles e internet los momentos decisivos que vivía su país. “Quisimos conocer Cuba antes de que cambiara el régimen, pero nunca imaginamos que Ben Ali cayera antes que los hermanos Castro”, asegura con humor Ezzeddine Mhedhbi, abogado, defensor de los derechos humanos y profesor universitario. Cuando iniciaron el viaje, dos semanas atrás, apenas despuntaba una revuelta popular que rápidamente se extendió por todo el país y que terminó por derrocar al dictador que ha manejado Túnez con mano de hierro durante 23 años.

       La terminal del aeropuerto es amplia y luminosa, de columnas gruesas y paredes de mármol blanco. En la planta superior se arremolinan ante los mostradores de las compañías aéreas centenares de turistas y residentes europeos. Algunos llevan varios días intentando encontrar una plaza que les saque de Túnez. Sin embargo, en el piso inferior, la sala de llegadas está prácticamente vacía. Militares armados custodian la entrada al recinto. “Es mejor que no salgan. Es peligroso”, aseguran. El toque de queda impuesto el 12 de enero en la capital prohíbe el movimiento de civiles entre las cinco de la tarde y las siete de la mañana. A unos pasos de los militares, Sami, compañero de viaje del abogado, se muestra eufórico: “Antes teníamos miedo a hablar. Comentábamos la situación del país en pequeños grupos y en voz baja, mirando a cada lado para no ser escuchados. Si nos delataban podíamos ser detenidos o pagarlo con el fisco. Ahora podemos decir lo que pensamos. Se acabó el miedo. Somos libres, libres, libres…”.

       Es noche cerrada. Las calles de Túnez están desiertas. Solo el estruendo de los vehículos militares y disparos aislados rompen el silencio. El Ejército y la policía han tomado las calles y vigilan edificios y lugares estratégicos del centro y los barrios periféricos para evitar el pillaje y vandalismo al amparo de la oscuridad. Hay controles cada centenar de metros. Los militares empuñan armas automáticas y supervisan los escasos vehículos que circulan a poca velocidad, con las luces interior y de emergencia encendidas. Algunos ciudadanos, desafiando el toque de queda, caminan por el borde de la carretera con las manos en la nuca. Tanques vetustos y carros blindados descoloridos vigilan en plazas y esquinas. Varios helicópteros sobrevuelan permanentemente la ciudad proyectando haces de luz con el fin de localizar a los francotiradores de las milicias de la Guardia Nacional apostados en las azoteas de los edificios. Desde hace días disparan indiscriminadamente contra la población civil. Ráfagas esporádicas se escuchan en la calma de la noche.

       Apenas 24 horas antes, un avión había despegado de este mismo aeropuerto con un inesperado pasajero rumbo a Arabia Saudí. Asediado por su propio pueblo, Zine el Abidine Ben Ali abandonaba Túnez, un país considerado por occidente un modelo de estabilidad, tras cinco mandatos y 23 años de poder ininterrumpido. Nunca una revuelta civil había acabado con un régimen político dictatorial en un país árabe. La mecha que prendió las protestas populares tras el suicidio de Mohamed Bouazizi, el joven vendedor ambulante que se inmoló, humillado y desesperado, despertó un irreductible y contagioso sentimiento de ira contra el poder corrupto del presidente y el clan de los Trabelsi, la familia de Leila, su mujer.

       Incapaz de frenar la revolución espontánea que había tomado calles, plazas y alamedas del país clamando por su dimisión, Ben Ali comenzó a ver tambalearse su poder e intentó todo tipo de argucias para salvarlo. Las revueltas se extendieron como la pólvora por cada rincón del territorio tunecino. Facebook y Twitter mostraban las imágenes que los medios oficiales censuraban. Las redes sociales volvieron a jugar un papel determinante como herramienta de comunicación entre los jóvenes. El presidente echó mano de su temible policía para reprimir a disidentes y activistas contrarios al régimen. Sus agentes detenían a todo sospechoso y lo conducían al siniestro edificio del Ministerio del Interior en la elegante avenida Habib Burghiba de la capital para someterlo a duros interrogatorios.

       En los primeros días de 2011, el sindicato de los trabajadores se lanzó a la calle sumándose también a los manifestantes, que se contaban ya por miles. A pesar del toque de queda en algunas regiones, la propagación de las protestas no cesó. Ciudadanos de toda condición exigían con más fuerza y determinación la renuncia del presidente. La situación estaba fuera de control. Para intentar reconducirla, Ben Ali prometió en un discurso televisado rebajar el precio de los productos básicos, la creación de 300.000 empleos y llevar a cabo profundas reformas políticas. Por último, aseguró que no se presentaría a la reelección en 2014.

       Ya nada aplacaría la decisión unánime de la calle. La amalgama que formaban los manifestantes compartía un único deseo: la salida del sátrapa. En un gesto final de desesperación, Ben Ali declaró el toque de queda en la capital, sacó las tropas a la calle y ordenó reprimir la revuelta con más contundencia. Mientras los muertos comenzaron a acumularse en los depósitos de cadáveres, el jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, el general Rachid Ammar, fue relevado de su cargo al negarse a acatar las órdenes presidenciales que exigían a sus hombres disparar contra los manifestantes. «¡Estás acabado!», le advirtió el general al presidente. Finalmente el dictador destituyo al Gobierno al completo y decretó el estado de excepción. Ya era tarde. Acorralado y asustado, se escondió en su palacio de Hammamed horas antes de tomar un vuelo con varios familiares rumbo al Golfo Pérsico.

       Ante el vacío de poder, el primer ministro Mohamed Ghanuchi relevó de su cargo al presidente fugado y lanzó una serie de medidas de gran calado. La formación de un Gobierno de unidad nacional en el que se incluía a ministros hasta entonces opuestos al régimen y la convocatoria de elecciones en el plazo de días no lograron templar los ánimos en la calle. Ghanuchi reservó los puestos claves de Defensa, Finanzas, Interior y Exteriores a miembros del Reagrupamiento Constitucional Democrático (RCD), el partido del presidente depuesto. Para los manifestantes, todo lo que oliera al antiguo régimen sería sistemáticamente rechazado.

 

 

       Se suceden día tras día las protestas. Los manifestantes confraternizan con los soldados, que ocupan lugares sensibles y estratégicos de la ciudad y rehúsan utilizar la fuerza. La imagen de la institución castrense, sin un papel decisivo durante la dictadura de Ben Ali, ha salido reforzada desde que comenzó la crisis. Con la complicidad de los armados, la muchedumbre se concentró en el bulevar Mohamed V, frente a la sede del RCD, un imponente edificio de 20 plantas de cristales polarizados. Los militares que custodiaban el recinto permitieron la entrada a un grupo de manifestantes que deseaba derribar de la fachada principal las enormes letras doradas del nombre del partido. Mientras las siglas se precipitaban al vacío, el gentío aclamó con gratitud el gesto de los uniformados.

       Con su huída, Ben Ali dejaba un país de más de diez millones de habitantes sumido en el caos y el desorden, con grandes desigualdades sociales, una paro desorbitado -especialmente entre los jóvenes-, salarios míseros, una corrupción institucionalizada en todas las esferas del Estado y el saqueo permanente de los bienes públicos por parte de la familia del presidente y de su esposa. La familia de Leila se había convertido en una mafía arropada por la impunidad. No había un solo negocio lucrativo que no estuviese en manos de algún miembro del clan Trabelsi. Bancos, medios de comunicación, empresas de telefonía, aerolíneas, hoteles y casinos. Con despotismo y soberbia convirtieron el país en una finca privada. No es de extrañar que el odio y la ira de los ciudadanos se hayan dirigido hacia ellos desde el principio de las revueltas.

       Ben Ali, de 76 años, llegó al poder tras dar un golpe de Estado y apartar a su mentor y padre de la independencia tunecina, Habib Burghiba, argumentando incapacidad mental. Burghiba había dirigido el país durante tres decenios en los que promovió importantes avances sociales, especialmente para las mujeres. Su joven sustituto, militar de menor rango formado en academias castrenses de Francia y Estados Unidos, fue aclamado por el pueblo. Nada hacía presagiar que acabara sojuzgando al país.

       Alabado y aplaudido por los países occidentales, Ben Ali imprimió durante decenios la imagen de un Túnez tolerante y moderno. Fomentó la educación, atrajo al turismo exterior y liberalizó la economía logrando que el pequeño enclave norteafricano creciera mucho más que el resto de los países de la región. Entretanto, manejaba el aparato del Estado a su antojo y corregía la Constitución para imponerse en todas las elecciones que convocaba. Para conseguir sus fines, desmanteló toda posible oposición y dinamitó los movimientos islamistas enviándolos a las cavernas de la clandestinidad. El modelo de Estado laico entusiasmó a Europa y recibió a su promotor en cancillerías y palacios como a un aliado fiel. Mientras, los dirigentes extranjeros evitaban adentrarse en las espesas sombras de la dictadura. Túnez se acabó convirtiendo en un Estado policial que estrangulaba las libertades de expresión y asociación y aplastaba los derechos humanos.

       Pero si Ben Ali ha sido execrado, quien más odios ha suscitado en el pueblo tunecino ha sido su segunda mujer, Leila Trabelsi, de 53 años. Leila nació en una humilde familia de 11 hermanos, todos varones. Trabajó como peluquera y años más tarde estudió el bachillerato por correspondencia. Se casó con Ben Ali después de haber sido su amante y concebir una hija suya. Adora el lujo y los excesos. A lo largo de los años ha amasado una fortuna estimada en más de 5.000 millones de euros que tiene depositados en bancos en el extranjero, además de bienes inmuebles en Túnez y Francia. Creó a través de matrimonios, relaciones de conveniencia y sórdidos pactos una tupida red mafiosa. Leila ha sido la verdadera mano en la sombra de un poder que pensó heredar tras la retirada de su esposo. Abandonó el país días antes que su marido, cuando percibió que las cosas se ponían feas. Pero previamente sacó del Banco Central una tonelada y media de oro que se llevó consigo para asegurarse un cómodo destierro.

       Es domingo y tras una nueva noche sometida al toque de queda la ciudad amanece en relativa calma. Pocos automóviles circulan por las grandes avenidas. Los café se llenan de hombres que fuman, leen los periódicos y discuten las últimas noticias. Las grandes superficies comerciales están fuertemente custodiadas por blindados y militares, cercados por alambre de espino. Un establecimiento de la cadena Géant, así como una sucursal del banco Zeitunbank, pertenecientes ambos al clan de los Trabelsi, han ardido durante la noche. El abastecimiento de productos de primera necesidad en tiendas y hoteles se resiente y hace días que no se reponen algunos productos.

       En el barrio de El Kram, cercano al puerto de Túnez, también han ardido coches particulares que ahora obstaculizan, carbonizados, las estrechas calles. Otros vehículos, nuevos y de gran cilindrada, han sido robados de la zona de almacenaje del puerto por hordas de jóvenes y después destruidos y abandonados en distintos puntos de los arrabales. Un joven que intenta hacerse con algunas piezas del motor comenta que estos automóviles estaban destinados a los concesionarios de venta que controlaba el clan de la esposa del presidente. Un hombre que observa la escena en silencio asegura: “Quienes han robado y destruido estos coches son sólo ladrones. Nosotros no estamos de acuerdo con estos actos”.

       Un tendero que escucha la conversación comenta con sus pocos clientes que Ben Alí se ha refugiado en Arabia Saudí. “Allí está la Meca. Ahora me lo pensaré bien antes de rezar en esa dirección”. Una mujer mayor se acerca al periodista junto a un grupo de adolescentes. Cuenta que su hijo de 18 años murió por los disparos de un francotirador durante las manifestaciones. Aún no le han devuelto el cuerpo. “Qué me lo entreguen por favor”, suplica llorando. Otros dos muchachos tienen heridas de bala en mano y pierna. Aseguran que cuando puedan volverán a sumarse a las protestas.

       Mohamed Bouazizi no es un héroe, aunque desde el 17 de diciembre, cuando se quemó vivo en la plaza de su ciudad, Sidi Bouzid, su nombre ha alcanzado repercusión planetaria. Bouazizi fue en realidad un desgraciado, pobre y desheredado, sin esperanzas de futuro. Su gesto suicida ha inspirado a otros míseros que como él sufren la misma frustración, humillación y falta de perspectivas en muchos países árabes. Su fotografía, retocada hasta el sarcasmo y en la que aparece vestido con el uniforme de presidente de la nación junto a la enseña nacional, es enarbolada por centenares de jóvenes que salen diariamente a las céntricas calles de Túnez y otras ciudades. Muy probablemente será recordado en libros, calles y plazas de la geografía tunecina como el primer mártir de la rebelión popular. Su suicidio a lo bonzo tiene sin embargo poco de heroico y mucho de desolación, pero su determinación desencadenó una inesperada reacción colectiva que ha cambiado el curso del país.

 

 

       Mohamed tenía 26 años cuando, sin desearlo, se convirtió en un icono nacional. Era el mayor de cuatro hermanos y tres hermanas de una familia pobre. Comerciaba con frutas y verduras desde los diez años. La mayor parte de su vida la pasó recorriendo las calles de su ciudad, tirando de un carro sobre el que transportaba la mercancía para venderla por un puñado de dinares en la plaza principal. Dejó el colegio sin terminar los estudios. Le gustaba la informática y los idiomas, pero soñaba con hacer prosperar su negocio. Sufría a diario la corrupción de las autoridades, que le exigían mordidas para poder vender el género. Sus ingresos, siempre diezmados por los abusos oficiales, eran los únicos que entraban en la casa familiar.

       La mañana del 17 de diciembre, Mohamed empujó como cada jornada el carro de hortalizas en dirección a su emplazamiento habitual. Feida, una mujer policía y dos agentes municipales más, le exigieron el peaje diario para poder seguir vendiendo. Esta vez se negó. Fue abofeteado en la cara por la mujer delante de amigos y clientes, mientras los otros dos policías le golpearon las piernas. Avergonzado por el ultraje se dirigió al Ayuntamiento para presentar una queja. Allí sufrió nuevas mofas de los petulantes empleados públicos. Humillado por segunda vez, salió encolerizado del edificio, compró un bidón de gasolina, se roció y se prendió fuego. Diecinueve días después fallecía por las graves quemaduras en el hospital de Sfax. Una semana antes, el todavía presidente Ben Ali, le visitó. Ya sólo era un cuerpo agonizante cubierto de vendas. El afligido mandatario apenas podía sospechar que, por una perversa carambola del destino, aquel joven vejado por su poder despótico acabaría siendo su verdugo político.

       Es la víspera de la desbandada del dictador. La carretera que conduce hasta Sidi Bouzid está inquietantemente vacía. Ni una sola patrulla de policía, ni una sola barricada hasta Kelma. En una rotonda a las afueras de la ciudad, unos neumáticos arden sobre el asfalto bloqueando el paso. Una treintena de personas rodea la barricada, la mayoría jóvenes con los rostros cubiertos por pañuelos. Todos se quejan de la situación económica y todos apuntan al mismo culpable: Ben Ali. Todos claman venganza contra el poder.

       Sidi Bouzid, a 270 kilometros al sur de Túnez, es una ciudad olvidada y menesterosa. La agricultura representa casi el único medio de vida, pero años de persistente sequía la ha empobrecido aún más. 40.000 habitantes sobreviven de espaldas al turismo y al brillo de los neones de los hoteles y casinos de la costa. El dinero de los visitantes extranjeros y las oportunidades de trabajo pasan de largo, o más exactamente no llegan a este municipio del interior.

       La ciudad está sumida en el caos. Encontrar la casa de Mohamed Bouazizi es fácil. Es un personaje popular. Un joven de 39 años, en paro, hace de guía. La vivienda familiar es una casa a medio construir con tres modestas habitaciones, cocina y baño. Su hermana Leila está en el interior. Al tiempo entra Manoubia, su madre. Ambas se cubren el cabello con un pañuelo. “Mohamed estaba siempre presionado por la policía de la ciudad a la que tenía que pagar para poder trabajar”, cuenta Leila. “En este municipio la corrupción está por todas partes. Si no eres uno de ellos, no tienes derecho a nada”, añade su madre. Samia, hermana menor de Mohamed, se suma a la conversación para preguntar: “¿Quién va a pagar ahora mis estudios? Mi hermano era quien lo hacía”. A pesar de la falta de salidas, Mohamed nunca pensó en emigrar como solución. “Sabía que tenía una gran responsabilidad familiar. Nunca hubiera pasado una sola noche lejos de mi”, asegura su madre.

       En la ciudad todos conocían a Mohamed. Amigos y compañeros le apreciaban y respetaban. “Se ganaba la vida honestamente”, afirman unánimemente. “Es este sistema podrido el que le empujó a la tragedia”, comenta un joven. “Son todos estos corruptos los que nos imponen esta vida de miseria”, afirma otro. Delante de la Alcaldía se han instalado efectivos del Ejército para garantizar el orden después de que la policía fuera expulsada de la ciudad por los manifestantes. Fue aquí donde comenzó la Revolución de los Jazmines. Sidi Bouzid sigue sumida en el caos.

       Cae la noche. A los pocos minutos se impone el toque de queda. Surgen barricadas en diversas suburbios de la capital tunecina. Aquí también se repiten las escenas. En el bulevar Taher Ben Achour una docena de hombres, algunos con la cara cubierta y armados de palos y cuchillos, han cruzado contenedores sobre el pavimento obstaculizando el tránsito de vehículos. Apoyado contra la barrera arde un enorme cartel con la imagen de Ben Ali. Las llamas iluminan sus rostros. Consentidos por las fuerzas de seguridad, jóvenes y mayores se han organizado en comités de defensa civil para proteger sus barrios de los saqueos y de las milicias armadas fieles al presidente depuesto. “Estamos aquí para proteger el barrio y a nuestras familias, defender nuestros bienes”. La vigilancia organizada por estos comités vecinales se prolonga por turnos durante toda la noche. ¿Contra quién os protegéis?, pregunto: “Contra la gente de la antigua seguridad. La policía y el Ejército no son el problema. Ellos hacen su trabajo, nosotros el nuestro”. Y te defiendes con un palo contra una pistola: “¿Qué quieres, que me esconda?”, responde airado. “Hasta ahora hay más de 70 mártires. Si tenemos que ser más los seremos. Yo moriría por mi país. Queremos que Túnez avance. Justicia y libertad. Una verdadera democracia”.

       Fethi Dbeck ha salido hace unas horas del hospital. El pelo revuelto y la barba de varios días difumina su perilla canosa y remarca su aspecto de enfermo. Supera los 50 años. Está recostado sobre un voluminoso cojín en un amplio canapé al fondo de la sala principal de un apartamento modesto. La vivienda ocupa el segundo piso de un bloque de edificios de cuatro plantas de fachadas blancas situado en un apacible barrio a las afueras de Túnez. Los muebles son sencillos y deslucidos. De las paredes cuelgan cuadros, fotografías y banderas que revelan su ideología. En la parte superior del sofá, un descolorido cartel del presidente venezolano, Hugo Chávez, con el puño en alto y una leyenda que reza: “Siete años, por ahora…”.

 

 

       Fethi Dbeck es el portavoz de la Unión General de Trabajadores Tunecinos (UGTT), el único sindicato tolerado en el país y que ha desempeñado un papel activo en las revueltas populares que comenzaron en diciembre. Descansa rodeado por sus tres hijas adolescentes y su mujer, pendientes de él en todo momento, que cuidan sus lesiones. Un brazo y una costilla flotante rota, la rodilla inflamada y múltiples hematomas son las secuelas de la brutal paliza que la policía le propinó durante la manifestación del pasado 12 de enero.

       El día anterior a la agresión había realizado un llamamiento a la huelga general. La cadena Al Jazeera y otras televisiones difundieron su convocatoria. Al oscurecer, la policía de Ben Ali fue a buscarle a su domicilio, pero no le encontró. Su intuición le salvó. Decidió poco antes pasar la noche en casa de un familiar. A la mañana siguiente, durante la manifestación que volvió a congregar a miles de tunecinos en la plaza Mohamed Ali para pedir la caída del dictador, repitió la petición de huelga general y la continuación de las revueltas para forzar la salida del dictador. Rápidamente fue identificado por los servicios de seguridad del régimen. “Nos sacaron de la manifestación a mi y a mis compañeros. Fueron ocho o nueve agentes. Me golpearon con porras, me dieron patadas y saltaron sobre mi rodilla mientras el Jefe de Policía me gritaba: ‘¿Te quieres cargar a Ben Ali? Es a ti a quien nos vamos a cargar”.

       Fethi es un viejo conocido de Ben Ali y de su policía. Sus amigos le llaman el Ché Guevara de Túnez. No es la primera vez que su compromiso político pone en peligro su vida. En 2002, durante las celebraciones del Primero de Mayo, el sindicato llevó a cabo unas protestas en favor de la causa palestina. Fethi criticó la postura del presidente y su sometimiento a la política de Estados Unidos. Aquella misma tarde, agentes secretos le detuvieron en un café mientras conversaba con varios compañeros. Habla con dificultad. La costilla rota le impide respirar con normalidad y necesita largas pausas para tomar aire. Su voz es grave y rotunda: “Me golpearon hasta dejarme inconsciente. Luego me llevaron a un bosque cercano donde me abandonaron. La presión de mis colegas sindicalistas, que denunciaron mi desaparición, les hizo cambiar de opinión. La policía regresó al bosque para llevarme al hospital. Días después me desperté del coma”. Posteriormente, en 2004, fue de nuevo detenido y golpeado en casa de un amigo mientras confeccionaba un periódico crítico llamado El arte de la dignidad. De una caja de cartón saca unas fotografía en las que aparece con el rostro ensangrentado y deformado. Irreconocible.

       Le pregunto si todo eso merece la pena. “Sí, claro. Está en juego la libertad, la dignidad del pueblo». ¿Y no tiene miedo?: “Tengo miedo, por supuesto. Miedo por mi familia, por los que me rodean. Esto no es un juego y el miedo es parte de la vida. Pero hay que sacrificarse para que el país cambie”, afirma mientras se lleva las manos al costado dolorido. “Estoy contento con que Ben Ali se haya marchado. Ha sido gracias al pueblo, los trabajadores, los abogados, las asociaciones, los artistas… No todos, solo los progresistas”. Levanta la vista hacia el techo. La habitación se ha quedado en penumbra. Suad, su esposa, le acerca un vaso de agua y un par de comprimidos que traga con dificultad. “Nuestro futuro va a ser mejor. La ideología política no es un problema. Hay gente que tiene ideas diferentes a las mías, y que respeto. Son gente honesta y correcta”. Se refiere a los ministros de la oposición nombrados por el primer ministro para formar un Gobierno de Unidad Nacional. “Pero ellos no pueden trabajar con un gobierno de Ben Ali que va a intentar volver a la situación anterior. Por eso les he pedido que sean dignos, respeten al pueblo y abandonen. Hace falta un verdadero gobierno nacional que elabore las leyes necesarias para celebrar unas elecciones libres. Los ciudadanos decidirán y se respetará la voluntad popular”.

       Al día siguiente, varios ministros de la oposición elegidos por el primer minstro Mohamed Ghanuchi dimitieron de sus flamantes cargos. La presión de la calle, que día tras día reclama la salida de todos los miembros del RCD del gobierno de transición, arrincona los residuos del pasado.

       ¿Y si es un partido islamista? “Estamos contra la dictadura, pero también contra los integristas. Los partidos islamistas tienen derecho a existir, pero no deseamos que Túnez sea como Irán o Sudán. Sus dictadores son peor que Ben Alí”. Le pregunto si la cuestión es o ustedes o los islamistas. “No. Un gobierno laico, democrático, que respete a todo el mundo. Hay que separar el Estado de la religión”. Mira a su mujer. Suad y sus hijas le observan en silencio. “Mi esposa reza, es libre. Yo no rezo, soy libre. Mis hijas piensan como quieren y actúan según sus conciencias”.

       Con una voluntad irreductible, Fethi asegura estar deseando reponerse de las lesiones para unirse a sus compañeros. Insisto de nuevo si no le da miedo. “Después de salir del coma en 2002, mis amigos me preguntaron lo mismo. Les dije que la vida es bella, que quiero vivir y disfrutar de mi familia y mis amigos, beber una copa, pasarlo bien y divertirme. Pero cuando ves a tu pueblo herido en su dignidad y sumido en la pobreza dices ‘no’, peleo y sacrifico mi vida para que la lucha continúe”.

       El olor a jazmín envuelve la atmosfera de Hammamed y la dota de una intensa fragancia intermitente. Es una ciudad costera de aire mediterráneo y casas blancas situada a 60 kilómetros de la capital. Hammamed es bella y próspera, el corazón del turismo en Túnez. Una industria que proporciona importantes ingresos al país, en torno al 8 por ciento del PIB. Tras la caída de Ben Ali, la ciudad se ha desfigurado y apenas evoca su antigua estampa vacacional.

       Durante las revueltas, muchos ciudadanos han irrumpido en las mansiones de ricos y gobernantes. La presencia del periodista atrae la atención de la gente. Le rodean y narran agitadamente lo que han callado durante años de silencio forzoso. “Los turistas extranjeros disfrutan del lujo cuando vienen aquí. Se duchan varias veces al día y llenan las piscinas, pero nosotros ni siquiera tenemos agua en nuestras casas”, comenta un joven. “Ben Ali nos ha sometido tanto que nos hemos convertido en meros objetos”, asegura otro.

       Hammamed era la imagen de marca del Túnez floreciente. Pomposos hoteles, restaurantes, casinos y discotecas permanecen cerrados. Las calles están vacías y tristes. La misma tristeza que refleja la cara de sus ciudadanos. A cada paso la gente reclama que escribamos bien sobre el país para que no se hunda. “Hemos hecho una revolución para vivir mejor. Ahora necesitamos que el turismo vuelva”, suplica una joven.

 

 

       La familia de Ben Ali tiene varias mansiones en la ciudad. Una de ellas, un palacete bañado por el mar y a corta distancia de la medina de la ciudad, propiedad de un sobrino del presidente, fue asaltada el viernes 14 de enero por manifestantes encolerizados. Desde entonces, un barco de la Armada patrulla la costa entre pequeños barcos de pesca que faenan mecidos por el mar. La playa es amplia y de arena limpia y fina.

       El palacete es una bella construcción, antes de paredes blancas, ahora ennegrecidas por el fuego. Al entrar en los lindes de la propiedad por la parte trasera, un hombre asegura que “hasta ahora el pueblo no podía sobrepasar estos límites. La playa estaba reservada al propietario”. Un jardín con el césped bien cuidado rodea la mansión y se extiende hasta la misma arena. Un gran ventanal con vistas al mar preside la fachada posterior. En el fondo de la piscina, a medio llenar de agua sucia y pestilente, reposa una lujosa bañera blanca y otros objetos allí arrojados. Frente a la depuradora, otro hombre reitera que “el agua que llenaba esta piscina nos la robaron para bañarse mientras el pueblo no teníamos nada qué beber”.

       El interior está tomado por curiosos de todas las edades que recorren las estancias, subiendo y bajando las escaleras. Padres con sus hijos toman fotografías como recuerdo. Un niño pregunta: «Pápa ¿Quién vivía aquí?”. El progenitor contesta con cierto grado de solemnidad histórica: “Un tirano que nos ha dominado durante 23 años. Te traigo aquí para que conozcas la dolorosa historia que tu padre vivió. Espero que siempre recuerdes esto”.

       Pasto de las llamas, paredes, muebles y otros objetos carbonizados yacen en el suelo ennegrecido. Una voluminosa lámpara de araña que corona desde el techo lo que fuera un elegante salón ha perdido su brillo. Los cristales de las ventanas, blindados, han sido picoteados a golpes, pero el tumulto ha sido incapaz de romperlos. Al piso superior se alcanza por una amplia escalinata cubierta por una espesa capa de ceniza. En el balcón, los visitantes siguen retratándose con la piscina y el mar de fondo.

       En el jardín delantero, dos hombres muestran un documento al periodista. Dicen ser los propietarios de la parcela. Un acta notarial así lo confirma. “Mire, aquí, donde ahora usted pisa es nuestro terreno. Fue expoliado por el sobrino del presidente para construir el palacio con un préstamo bancario de 2,5 millones de euros que nunca devolvió. Ni siquiera pagó al constructor. Lucharemos para que nos restituyan lo que nos pertenece”, promete uno de ellos. Su acompañante cuenta que llevan pleiteando mucho tiempo, pero nunca fueron escuchados. “Hemos llamado a todas las puertas sin resultados. Así es la justicia en Túnez”.

       La entrada principal del edificio soporta un trasiego continuo. El gentío acarrea azulejos, alfombras, cables, el motor de la depuradora…, incluso un rosal japonés que flanqueaba el extraordinario portón. El joven, que se afanaba descubriendo con las manos las raíces de la planta, justifica el saqueo con una pregunta: “¿Sabe cuánto cuesta esta planta? Una fortuna. No somos ladrones. Es el dinero del pueblo. Ellos son los expoliadores”.

       Al salir de la propiedad, rodeada por un sólido muro, una joven tocada con un hiyab negro cuenta que en el pasado, cuando iba a rezar a la mezquita, la policía le despojaba del velo y le forzaba a firmar un documento comprometiéndose a no volver a la mezquita. “Ahora lo llevo porque nadie me lo quitará». Antes de alejarse grita: «Señor, esto no es Hammamed. Si quiere conocer la verdadera ciudad venga dónde vivimos el pueblo y conocerá la miseria”.

       Hammamed Jasmine es el emblema del turismo en Túnez. Una extensa sucesión de complejos hoteleros de lujo y apartamentos para un turismo europeo de masas. La mayoría de ellos permanecen cerrados. En la avenida principal, un pequeño grupo de extranjeros bebe cerveza en la terraza de una pizzería. En frente, un puñado de empleados ociosos discute a la entrada de un hotel. En una tienda de artesanía, el empleado pretende aparentar un aire de normalidad. “Es la temporada baja. No es la guerra. Estoy convencido que los turistas regresarán. No somos terroristas, somos civilizados”. Hoy eso es todo en Hammamed, el resto, un vacío que intimida. 

       Ante la presión de la calle, el primer ministro, Mohamed Ghanuchi, hace nuevas concesiones. Decreta la libertad de prensa en el país y la liberación de los presos políticos, también de los islamistas. Sin embargo, una multitud acude cada mañana a la avenida Bhurgiba, cerca del Ministerio del Interior. Las manifestaciones se fragmentan y los asistentes se congregan alrededor de cualquier orador que arenga su solemne discurso.

       En un céntrico edificio a pocos metros de la Paza de la Libertad se encuentra la sede de Kalima –palabra, en arábe-, una revista y emisora de radio digital cerrada durante los últimos años por el régimen de Ben Alí. Su editora es la periodista opositora Sihem Bensedrine, una mujer menuda, afable, de cabellos negros y de sonrisa amplia. Tiene 60 años, aunque aparenta muchos menos. Regresó a Tunez hace unos días para seguir de cerca los acontecimientos y participar en la restauración democrática del país.

       Desde la llegada al poder de Ben Ali en 1987, Bensedrine ha combatido el sistema corrupto que se instaló en Túnez, el flagrante despotismo y el veto a la libertad de prensa. Por su lucha a favor de la justicia social y de las victimas de la represión sufrió torturas, prisión y la retirada del pasaporte. Difamada y vilipendiada por la policía secreta de la dictadura, el régimen la tachó de peligrosa.

       En 1998 fundó el Consejo Nacional para las Libertades en Túnez (CNLT). Dos años después creó Kalima junto a la periodista Naziha Réjiba. Y en 2001 estableció el Observatorio de la Libertad de Prensa, de la Edición y la Creación para promover la libertad de prensa. Ese mismo año fue detenida tras haber hecho unas declaraciones en televisión denunciando el abuso de los derechos humanos en el país. Un mes más tarde, el régimen se vio obligado a liberarla por la presión desde dentro y fuera del país. En 2002 se exilió en Hamburgo esperando que la situación mejorara en Túnez. Desde hace unos meses vivía en Barcelona.

       La sede de Kalima se divide entre dos plantas de un decrépito edificio. Las instalaciones de la revista y radio online fueron selladas y las cerraduras cambiadas por las autoridades. La policía, tras revisar cada rincón de la redacción, confiscó cables, modems y material de oficina. Les acusaron de utilizar una frecuencia ilegal. “¿Cómo íbamos a utilizar una frecuencia ilegal si nunca nos la concedieron? Nuestra difusión es a través de Internet”, se burla, dejando escapar una gran carcajada.

 

 

       “Estoy feliz, aun no me puedo creer que estemos de nuevo en nuestros locales. Vamos a limpiar todo y adecentarlo para volver a instalarnos. Hasta ahora las emisiones se han llevado a cabo desde Europa, España, Alemania, Francia y Bélgica, pero pronto vamos a empezar a emitir desde aquí”, asegura la periodista. Desafiando la prohibición, miembros de la emisora ascienden por las amplias escaleras del inmueble hasta al segundo piso. Con una gran barra de hierro, Bensedrine fuerza la cerradura, cruje el marco de madera y cede en parte. Un hombre de mediana edad, de una patada, acaba por abrir la puerta mientras exclama: “¡Por todos los años de abusos!”. El resto aplaude.

       El interior está sucio y desordenado. En el suelo y sobre las mesas hay documentos, pantallas de ordenador e impresoras cubiertas por una espesa capa de polvo. Bensedrine abre la puerta acristalada del balcón que da a una de las calles principales para airear la estancia. Los gritos de los manifestantes se cuelan. “Estoy orgullosa de mi pueblo. Un pueblo libre que no aceptará nunca más la sumisión. Para ellos esta libertad es preciosa y están dispuestos a pagar con su sangre para mantenerla”. Preguntada por el riesgo de que los islamistas alcancen al poder, Besendrine es categórica: “Son una parte de nuestro pueblo, pero no representan a la mayoría. Tienen derecho a expresarse. No vamos a construir una democracia contra nadie, de exclusión, sino una democracia real que permita a todos los ciudadanos decidir en libertad. Después de cuatro semanas, ¿ha oído algún eslogan islamista en las revueltas o a algún barbudo conducir las manifestaciones? Era el pueblo tunecino, que no quiere dejarse gobernar ni por radicales islamistas ni por extremistas de otro signo”.

       Sin embargo, no son pocos los que tras la euforia ven el futuro con cierto pesimismo. Temen que la libertad de poder vestir a su gusto, beber y salir hasta cualquier hora, como hasta ahora habían hecho, se vea contestada por movimientos fundamentalistas que se aprovechen de su nueva posición política. Desde los partidos islamistas, que comienzan a hacerse presentes en el proceso de transición, así como sus seguidores en las calles, aseguran que el islam no puede ser la solución para resolver los problemas del país. Este es el caso del partido islamista En Nahda -Renacimiento-, cuyo modelo es el Partido Justicia y Desarrollo turco. Al igual que Ali Larayedh, destacado dirigente de esta agrupación, numerosos miembros del movimiento islamista sufrieron en sus carnes encarcelamiento, tortura y exilio. “No estamos en contra del modernismo”, declaró hace días, e insistió en que no van a poner ningún impedimento a que los tunecinos o los turistas extranjeros beban vino francés o se paseen en bikini por las playas del país. Años de prisión y exilio han permitido a En Nahda ampliar sus miras y englobar los valores occidentales.

       Esta formación política, perseguida e ilegalizada por Ben Ali a finales de los 80 tras alcanzar el 20% de los votos en unas elecciones parlamentarias, continuó existiendo en la clandestinidad. Sus militantes, más de 30.000, como los de otras formaciones de corte islamista, sufrieron un acoso constante. Según su líder, Rachid Ghanuchi, quien se encuentra exiliado en Londres y prepara su inminente regreso a Túnez, En Nahda representa una versión liberal de la esfera política islamista y su tono es conciliador.

       La reciente ley de amnistía para presos políticos fue recibida con alborozo por familiares de opositores encarcelados, organizaciones de derechos humanos y los ciudadanos. Pero Amara Sghairi no lo tiene tan claro. “Nos han liberado a muchos presos comunes, pero los presos políticos y religiosos siguen es prisión”. Amara tiene 33 años, los diez últimos los pasó encarcelado hasta hace dos días, que fue puesto en libertad. La disputa con un conocido, luego convertido en policía y que por venganza le implicó en un asunto de drogas, le valió una condena de 10 años. Los vivió en varias prisiones, la última la de Siliana. «Éramos como objetos. Nos golpeaban, nos insultaban y nos mataban de hambre. Durante diez años, solo vi el cielo por el hueco de un azulejo en el techo. Cuando la familia venía a visitarme, nos hablábamos detrás de un cristal con un teléfono. Todo lo grababan. Tenía miedo de decir cualquier cosa que supusiese una extensión de la condena”.

       “¿Que cómo veo el futuro? Mi futuro está ligado a mi pasado. No sé que podré hacer, he perdido los mejores años de mi vida”. ¿Y la situación política actual? “Aún no me lo creo. Es verdad que los últimos días en la prisión notábamos algo raro en los guardianes, pero no intuíamos lo que estaba pasando fuera. Allí solo nos dejaban ver comedias egipcias por la televisión. Cuando salí a la calle y vi como un grupo numeroso se manifestaba delante de la prisión en contra del RCD entendí que Ben Ali se había marchado. Le pedí a mi hermana que me pellizcara por si lo estaba soñando”.

       Amara vive con sus padres y hermanas en Ben Arous, un barrio popular de las afueras de la capital considerado caliente. Su hermana Nada, que viste velo negro y camisa hasta los pies, dice que debido a la intensa humedad del presidio y la falta de medidas sanitarias, Amara padece asma alérgico. Además, el joven sufre un complejo de inferioridad, miedo a estar en público y ha perdido el sentido de la orientación. “Si le dejamos a dos calles de la casa, es incapaz de regresar solo”.

       La familia es humilde y muy religiosa. Su madre se acera a él mientras le escucha narrar su experiencia en la prisión y le besa repetidamente con los ojos llorosos. Otra de las hermanas, que pasa por delante del hueco de la puerta y oculta el rostro tras un niqab, saluda fugazmente. Al salir de la vivienda de la familia Sghari se escucha por los altavoces de una mezquita cercana el canto repetido de versos del Corán, durante muchos años prohibidos. En todo ese tiempo, únicamente se podían realizar desde los alminares la llamada a la oración. Asímismo, los sermones de los imanes eran controlados y los asistentes a los rezos vigilados por la policía secreta. Un periodista tunecino bromea: “Nada de proclamas fundamentalistas. Bendiciones a Ben Ali y a su familia y se acabó”.

       Cerca de dos mil agentes de seguridad, muchos de ellos vestidos de paisano, se sumaron a las protestas de la calle. Ellos también querían dejar atrás los años negros del régimen de Ben Ali. Quienes hace tan sólo unos días reprimían con dureza la revuelta popular, ahora se sentían liberados. En el aeropuerto de Túnez Cartago, al atravesar el control de pasaportes, una mujer policía de servicio me pregunta si soy periodista. Tras comprobar los datos me recrimina que después de haber permanecido todos estos días en Túnez seguramente no había entendido nada de lo que estaba pasando. Extrañado por la rotundidad de su cometario, recojo mi bolso de mano sin decir nada. Pero vuelve a la carga: “La policía no ha hecho nada de lo que los periodistas extranjeros habéis escrito. Quienes golpeaban y reprimían a los manifestantes eran miembros de las milicias del presidente. Nosotros estamos pagando por todo eso. También hemos sufrido una vida miserable, ganamos 200 euros por turnos interminables de 24 horas y sin apenas vacaciones. Somos los traicionados del régimen”. Un compañero vestido de paisano se acerca y añade: “Estamos con el pueblo tunecino. Nosotros hemos padecido igualmente un régimen criminal”. La mujer se despide diciendo: “No se olvide lo que le hemos dicho”.

       Las manifestaciones de protesta, que durante semanas congregaron a miles de personas a lo largo del país con un solo fin, la salida del dictador, comienzan a dar un giro. Partidarios de conceder un margen de maniobra al primer ministro Ghanuchi se han enfrentado a aquellos que exigen su salida inmediata y definitiva del Gobierno de Unidad Nacional. La justicia del país también parece recuperar el tiempo perdido. Así, ha emitido una orden a Interpol de búsqueda y entrega contra el ex presidente Zine El Abidine Ben Ali, su esposa Leila Trabelsi y el resto del clan familiar que consiguió fugarse del país. Es la gran paradoja. Después de años de un trágico letargo, los acontecimientos discurren a una velocidad desenfrenada. La Revolución del Jazmín ha cambiado la vida del pueblo tunecino. Ahora es necesario que no se marchite.

 

Túnez, enero de 2011

 


Autor: José Luís Toledano