Turismo de recesión; o la batalla de Dublín

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Ya estaba cansada de los mismos bares. Del mismo gintonic que una pide con la bayoneta calada amenazando al camarero con trincharlo como un pavo si se le ocurre convertirlo en una menestra. De las mismas conversaciones. De los mismos lamentos. Del mismo idioma. Pero como el dolor regocija y se convierte en un motivo de unión y movimiento, me costaba encontrar un destino dónde aun conociera las reglas del juego. Así que saqué un billete de avión a Dublín. Turismo de recesión, lo llaman. De la española a la irlandesa. Las mismas realidades pero en distinto idioma y con cerveza espesa y negra como la vida que últimamente arrastro como alma en vena.

 

Me recibieron dos amigos y un centenar de bares. Un invierno que duraba una vida. Nubes con intervalos de sol y marejada baja. “Mis dos días favoritos del año”, me dijo Paul, mirando al cielo con desgana y media sonrisa atravesada, “son Navidad y verano”. Los irlandeses lo llevan todo mejor. Ya apenas se lamentan. Hunden las lágrimas al fondo de las pintas y cantan canciones irlandesas, que es lo suyo. Yo, en casa, les dije, allá en la España, no puedo ponerme a cantar coplas, que la gente te mira raro si lo haces.

 

Los irlandeses son una especie especial. Unos españoles pálidos no tan del norte. Irónicos. Cariñosos. Resignados. Pero con las uñas y las maletas siempre dispuestas para empezar de nuevo. Desde que comenzó esta crisis uno de cada diez ha dejado el país. Ya están acostumbrados a sacarse el pasaporte y un billete a otra vida. A nadie le sorprende. Ni se hacen fiestas de despedida ni se pregunta de más. Se va uno, a Australia, a Canadá, a dónde carajo sea, y punto. Así son las cosas. Y no le des más vueltas.

 

Dicen que es el país más maravilloso del mundo, si alguien le pusiera un techo encima. Pero es en ese flujo de estaciones constantes, cuando una pasa del verano al invierno en la misma calle, donde se encuentra el refugio y el consuelo. Ahora nos amenazan las nubes y los truenos. Atrévete a dar un par de pasos y saldrá el sol. Después llegarán el viento y la lluvia. Sigue caminando y todo cambiará pronto de nuevo.

 

En España me he acostumbrado a que el verano dura apenas unas horas, un rato. A que te pilla desprevenida una tarde de sol y optimismo y para cuando te has arreglado y has salido a la calle para celebrar tu nueva vida aunque el sol sigue ondeando en el mástil tu ánimo ya está buscando en el armario la ropa de abrigo, la sopa de sobre, la manta en el sofá y los fantasmas. A arrastrar los pies con la vista clavada en la puntera de los zapatos. A no mirar al horizonte, por si acaso te gusta lo que ves y no te atreves a acercarte.

 

La recesión nos ha hecho más fuertes. Eso me dicen. Nos ha cosido a palos y nos ha puesto de nuevo en nuestro sitio. Nos creímos lo que no éramos. Fuimos y seremos granjeros. Poco más. El resto fue un espejismo. Duró poco. Pero fue bonito mientras lo hizo. Ahora volvemos a ser los que ya fuimos y así seguiremos siendo. Todo resulta más sencillo entonces. Mis queridos irlandeses lo tienen claro. Me marcho en pleno otoño camino de una primavera de minutos más optimista. Con ganas de luchar. No sé lo que me durará. Porque aun pienso en lo que me ha contado mi amiga Mary. Que están pensando en devolverle las llaves de Irlanda a Inglaterra y pedirle perdón por lo que le han hecho al país.