Tylenol

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Venía bajando por mi calle pensando que a estas alturas uno ya sabe cómo acabará la película antes de entrar al cine. Todo lo que sucede, los amigos, las noches y las despedidas, llegan envueltos por el fuerte sabor metálico de la anticipación, como si la realidad, antes de materializarse, llamara a la puerta. Ya en la línea de salida se sabe quién será el ganador, dice un personaje de ‘Érase una vez en América’.

 

Caminaba por Graham Ave. sabiendo que la bolsa llena de drogas legales -como si acabara de atracar la farmacia del barrio- me iba a sacar de esta gripe terrible y que no necesitaría un médico, ni esperar interminablemente en una sala y que lo iba a hacer solo, quizás con algún chupito de ron nicaragüense (del que me envía mi buena amiga Gabriela desde Costa Rica con mi buen amigo Álvaro como correo) y que todo iba a salir bien al final. La anticipación es el arma secreta de los supervivientes. Que nunca falten los amigos de verdad.

 

Andaba, pues, dándome ánimos y tosiendo y saboreando la gripe o el futuro inmediato sin ella y entonces vi el anuncio de arriba, pegado en un árbol y me quedé pensando, por un instante, en la chica de la foto, la ciclista de la foto, atropellada por un coche y luego abandonada sobre el asfalto de una mugrienta calle de Brooklyn, cubierta de sangre y de miedo y me acordé de un accidente de tráfico que tuve con mis padres en Hungría en el verano de 1989.

 

Tenía ocho años. Recuerdo estar tirado en el asfalto y un sol muy fuerte y tocarme los dientes con la lengua y sentir que ya no tenía dientes y asustarme mucho. La carretera estaba llena de gente mirándome como un coro de ángeles que se hubiera equivocado de encargo y el Volkswagen Passat estaba en llamas empotrado contra un árbol gigantesco y mi madre, que se había partido el esternón, estaba encima de mí, protegiéndome como una loba herida y diciéndome, una y otra vez, que sí tenía dientes. Nunca he vuelto a sentir un dolor tan agudo por culpa de estar vivo. En el hospital militar, el médico me rompió mi camiseta preferida y yo le dije que perdonaba a los responsables del accidente y sé que grité como un loco y luego me metieron algo y me calmé y me llevaron a una habitación donde estaba mi madre en el corazón de aquel edificio fantasmagórico. Esa noche vomité la cena, un repugnante puré de paprika. Dormí en una cama que era una jaula.

 

A la mañana siguiente, después de vomitar el segundo puré infernal, la madre del niño que estaba a mi lado me trajo sandía y melón de la calle y me dijo palabras muy cariñosas que no pude comprender. Mi madre, tumbada en el centro de la sala, ya se había hecho amiga de la señora que estaba a su lado y se comunicaban por un lenguaje de signos de lo más original. Me llevaron a la sala de la televisión y vi programas que no entendía, rodeado de enfermos con caras tristísimas. Recuerdo que una enfermera vino y me chutó algo en el brazo.

 

Al tercer día, mi padre, que andaba de trámites arriba y abajo, trajo noticias: la embajada o el seguro, ya no lo sé, nos iba a sacar de allí con destino a Viena y luego en avión a Barcelona. Llegó una furgoneta, me despedí del niño y su madre. Mi madre le regaló el perfume a su amiga, se intercambiaron direcciones y a la mujer se le caían las lágrimas -envió una carta aquella Navidad-. A los ocho años uno piensa realmente que siempre podrá volver a ver a la gente que quiere, así que estaba feliz. Nos subimos a una furgoneta Volkswagen modernísima, con mi madre tumbada en una camilla y nos largamos de allí.

 

En el camino, antes de entrar a Austria, un atasco bíblico de decenas de kilómetros que sorteamos con sirena y por el arcén. Yo estaba alucinado. Años después, en una clase de historia en la universidad, el maestro Francisco Veiga explicó que aquel atasco era “la crisis de los turistas”, los alemanes del Este pasando al Oeste a través de Hungría, el inicio del fin de la cárcel soviética. No tuve agallas para contar todo esto en aquella clase.

 

El caso es que estuve allí, tenía ocho años en aquel hospital militar húngaro, los dos brazos enyesados. Echo de menos a toda la gente que me cuidó y que ahora no puedo encontrar. Estoy hasta arriba de Tylenol en una habitación de Brooklyn. Se necesitan testigos.