Últimas tardes con Don Pedro

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Aquel montón de cajas del saloncito de Don Pedro, 7 había ido creciendo a lo largo del mes de agosto. En realidad estaba empaquetando no sólo libros y objetos, sino los años pasados en aquella buhardilla. Habían sido años transcendentes en su vida, una suerte de resistencia en la bohemia postmoderna, entregando todas sus fuerzas al arte de Talía.

 

Los atletas desnudos con que estampaba cada nueva caja llena de libros, eran en cierto modo un sello de la casa, un rasgo que había permanecido inalterable por encima de los años. En aquellas últimas tardes con Don Pedro, bajo un calor tan desmedido como inevitable, era mejor trabajar rodeado de cuerpos refrescantes, (como lo haría un carpintero o un zapatero de los de antes), que dejarse arrastrar por las huellas del pasado, o calcular el rendimiento de las esperanzas. Había que divertirse, se trataba sólo de una mudanza, no de un furioso sicoanálisis.

 

Entrar en aquella casa, donde ya no dormía nadie, le convertía a sus ojos en ladrón de sus propios recuerdos. Aquella torre de hombres desnudos que seguía creciendo en el salón de Don Pedro, resultó ser su mejor compañía, y la mejor de sus obras durante aquella dilatada mudanza hacia una vida más próspera.

 

La noche anterior a que llegaran los porteadores de la Casa de mudanzas, dudó si no sería mejor despedirlos, y quedarse a vivir allí sólo con ellos: con sus Apolos de papel cuché y sus muchachos de papel periódico. Se tendió en la alfombra, y sintió que yacía con todos al mismo tiempo. Resucitaron a través de sus cuerpos en flor, todos los amantes que había disfrutado en aquella casa, tan alta como un puente de mando.

 

Fotomontaje: Vizcaíno