Un Cádiz

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Andaba por el sur del país.

Estaba visitando una de las últimas fronteras que me quedaban, la de España con la base estadounidense de Rota.

Llevaba conmigo el libro de un amigo. Junto a la valla única releí el trayecto que hizo (e hicieron) hace años en barco, del Puerto de Santa María a Cádiz. Desde Rota también zarpaba una barca.

Así, navegué hacia la ciudad que tanto quería él.

Llegué con sus ojos y ánimo.

Fuimos a comer tortillitas de camarones al Merodio.

Tomamos dos amontillados en la taberna de la calle Veedor.

–Yo, Colden, te veo como un veedor. Observas los puntos, llevas a ver.

–¿Tú crees?

–¿Por qué le pusieron este nombre?

–Dicen tres gaditanos que si pudieras poner un ojo en cada extremo de esta calle verías la ciudad completa.

–Podríamos probar.

Llegamos al Mentidero.

Llagamos a la plaza de la Mina.

Vimos los cañones en las esquinas y tocamos las bocas.

Recorrimos decenas de calles entregadas al océano y al laberinto.

Huimos por el callejón del Pirata.

–¿A dónde vamos, Colden?

–Al final de la isla, vamos a cortar el cable de tierra.

–¿Cádiz es una isla?

–Casi.

–¿Con qué?

–Traje unas tijeras de casa.

–Bastará.

–Valdrá.


Valla de España en Rota

Vemos

Cañón de esquina

Juntacalles de Cádiz


Yo de Cádiz podría decir lo mismo que dice Xuan Bello de los puentes: que me gusta porque tiene algo mío que no me explico, y que esta afición ya estaba conmigo cuando del mundo nada conocía.

V. Colden

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