Un celeste infierno

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Exhibir en el hogar un cuadro con falo, es una provocación al pudor tradicional de la familia. Si un autorretrato es siempre una confesión de soberbia, colgar de la pared un desnudo frontal masculino, que coincide además con el del dueño de la casa, es como mínimo una perturbación para las visitas más íntimas. ¿Qué no decir de los operarios o las empleadas del gas, que pasaban a leer los contadores, y se encontraban a la salida con un trayecto de ocho metros de pasillo, que las conducía ineluctablemente hasta el cuerpo desnudo del inquilino? Cuando se trataba de amigas que iban a verle con sus hijas pequeñas, había que darle directamente la vuelta al cuadro. Convivir con un desnudo no resultaba tarea sencilla.

 

Un tanto hastiado de esta dura convivencia con su retrato a lo Adán, decidió probar a librarse de esta incomodidad fálica, incorporando un racimo de uvas al retrato. En la intimidad del hogar podría llevar el modelo su racimo en la mano; y cuando llegaran extraños, desplazarse a la derecha, para ocultar el pubis explícito del modelo. El sistema no dio mucho resultado. El cuadro estuvo más tiempo confinado que expuesto.

 

La manera más apasionante que encontró de mostrar o contemplar el cuadro, fue con el cuarto a oscuras y la televisión encendida. La cambiante y vertiginosa luz catódica se hacía casi luz negra sobre las blancas carnes de la estatua, resaltándolas. Con el resplandor dinámico de la pantalla, parecía vibrar y respirar como si estuviera viva.

 

Cinco años más tarde el cuadro sigue en la casa donde fue pintado, sin encontrar su sitio. ¿Acaso esperará a alguien dispuesto a adquirirlo? Aunque donde Faba presiente que luciría mejor este desnudo frontal de cuerpo entero, sería en una iglesia. Volvería a ser el profeta místico que fue, cuando gravitaba sobre la aureola amarilla de un celeste infierno.