Un corto de lo más real

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Mientras veía el vídeo de veintisiete minutos que la policía de Dubai distribuyó al mundo entero tras el asesinato de un dirigente de Hamas, me acordé de aquel memorable verso de T S Eliot que dice que la humanidad no tolera demasiada realidad.

 

Las imágenes del vídeo, que fueron grabadas por las cámaras de seguridad del aeropuerto y de varios hoteles, muestran las idas y venidas de un comando de al menos diez individuos desde su llegada a Dubai hasta su marcha, dos días después.

 

Los supuestos asesinos, cada uno por separado, esperan pacientemente la recogida de maletas en la terminal; toman luego taxis, entran en hoteles, en cuartos de baño, en ascensores. Se pierden por pasillos, vuelven a aparecer al cabo de un rato, vuelven a meterse en el ascensor; salen del hotel…En principio, las imágenes no son más que un banal detritus de gente en movimiento sin el menor significado o importancia.

 

De pronto, al cabo de más de quince minutos de tedio visual, vemos llegar a la víctima, un hombre corpulento, algo fondón. Cruza el lobby del hotel y se dirige a recepción; sube luego a su cuarto. Varios de los supuestos asesinos –una mujer con peluca, dos hombres vestidos con indumentaria deportiva- lo acompañan. Naturalmente, si identificamos a unos y a otros es gracias a que el video lo indica con varios letreros superpuestos, de igual modo que va indicando el tiempo que falta para la ejecución: doce horas, cinco horas, una hora, diez minutos…

 

La última porción del video es la más emotiva por tratarse de una muerte anunciada. La víctima, que se había ausentado del hotel, regresa. Al salir del ascensor, mira de soslayo, como si sospechara algo. Dobla luego por el pasillo que lleva a su cuarto y desaparece. Una mujer, la misma mujer de la peluca, habla en su móvil cerca de la puerta del ascensor. Dos hombres con raquetas de tenis aparecen y siguen a la víctima. En la siguiente toma los mismos hombres vuelven caminando por el mismo pasillo. Un letrero nos advierte que el asesinato ya ha tenido lugar. Los hombres charlan como si tal cosa mientras esperan el ascensor. Se abren las puertas. Desaparecen. El video termina de manera casual, como empezó, con varios de los supuestos asesinos saliendo del lobby del hotel rumbo al aeropuerto.

 

Me he preocupado de narrar los hechos tal como quedaron grabados en mi memoria. Muchos detalles faltan, pero quizá sea mejor así. Las imágenes por sí solas no dicen nada. Pura banalidad, como quien se sienta en un banco y mira pasar a gente por la calle. Si tienen valor –valor policial- es por la interpretación que se hace de esos hechos, no por lo que vemos, pues lo que vemos son señores y señoras que entran y salen de ascensores.

 

Alguno ha llegado a comparar este vídeo con un relato de Le Carré, pero es evidente que exagera o se deja llevar por una imaginación saturada de novelas y películas de espías.

 

Pues el material visionado no es más que una franja reducidísima de esos dos días que antecedieron al crimen. Mucho ha quedado fuera, casi todo. No escuchamos a los asesinos cruzar una sola palabra entre ellos. Todas las conversaciones faltan, como falta todo lo que hizo la víctima desde que llegó a Dubai hasta que lo mataron. Así, por ejemplo, durante varias horas, en su última tarde, se ausentó del hotel. Nadie sabe dónde estuvo, qué hizo, con quién habló. Mucho menos sabemos lo que sintió antes de morir o qué pasó exactamente en el lugar del crimen. El crimen mismo es la gran incógnita, la información esencial que se nos escamotea. ¿Cómo murió el dirigente de Hamas? ¿Suplicó por su vida, se defendió, cayó sin enterarse de lo que le pasaba?

 

Cualquier narración que se desentiende de todas estas circunstancias es todo menos una novela de espionaje; y si acaso, se aproximará a una narración modernista del tipo de The killers de Hemingway o, más aun, la película Blow-up de Antonioni, en donde tras una superficie aparentemente banal, cotidiana, incluso aburridamente obtusa, se esconde de manera soterrada el mal o, por mejor decir, las babas del diablo.

 

Miro por la ventana de mi oficina. Abajo, en la explanada del campus, con montículos todavía de nieve, veo pasar docenas de estudiantes dirigiéndose a sus clases. Casi todos van solos, metidos en sus pensamientos. De pronto, diviso una pareja que se abraza, detrás de un arbusto medio pelado y, algo más lejos, un joven que los mira muy fijamente, como con envidia ¿Puede andar agazapado con intenciones aviesas? ¿Y no guardará cada uno de ellos quizá una aventura única digna de ser contada?

 

Puedo imaginarme un día, no tan lejano, en que innumerables cámaras vayan grabando cada una de nuestras acciones, de la mañana a la noche, y que cualquier otro, en un remoto lugar, decida recrear lo que ve de ti o de mí… Humankind cannot bear very much reality.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.