Un desayuno en el Ritz

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La politología y el éxito circunstancial hicieron un Del Bosque y han hecho un Iglesias. A ambos hay que escucharles siempre pero quizá no haya que votarles tanto.

 

Estaba uno pensando que la técnica de Del Bosque es similar a la de Iglesias. El estilo prevaleciendo sobre el argumento. El entrenador y el politólogo (así se le refiere en los periódicos, algo más que un político, su azote; otro término con el que se le reconoce, que él mismo asume con maneras de esnob: “algunos creen que vengo a robarles los visones a las señoras y los relojes a los caballeros”, aunque dicho queda) son estilistas como Umbral, al que no había que entenderle sino escucharle, como en un concierto. A Iglesias sólo hay que entenderle cuando no se ceba, y a Del Bosque cuando lo hace (en ese cebarse maquiavélico por indirecto como su elegancia) con el Real Madrid, que a su vez no entendió sus maneras. El Madrid era Pérez Reverte haciendo escarnio de sus novelas, y don Vicente contraatacando (¡no tocando!) con el estilo. En la Federación encontró el marqués su Pedro J. para darse al estilismo que ha llegado tan lejos en el tiempo como para permitirle enrocarse en él, igual que Gibraltar pero en el fracaso. La politología y el éxito circunstancial hicieron un Del Bosque y han hecho un Iglesias. A ambos hay que escucharles siempre pero quizá no haya que votarles tanto. El estilo es materia de artistas y de elegantes cuyo apogeo se dio en la Belle Epoque para que, entre otras cosas, Proust lo contara a través del estilo literario. Iglesias argumentado, como retratado por Carver, libre de afeites y tocados y ropajes, es el chavismo igual que Del Bosque es aquello que decía Figo: “No molesta”. Molestar o no es lo que cada uno de ellos necesita para sí. La selección alcanzó su techo en Sudáfrica y Podemos hoy en un desayuno en el Ritz, donde el escrache se le ha dado la vuelta como si hubiera criado un cuervo. Capote crió uno al que llamó Lola dedicándole un relato, que es al final para lo que ha quedado el entrenador y el politólogo: para contar cuentos. Lola acabó perdiéndose. Y ahora los jugadores y el pueblo descastado se encaran, en rebelión con las formas que son al fútbol y a la política matices al contenido que se precisa. Hay en la demagogia un carácter de rondo y al revés, como si uno se hubiese dado cuenta de que pasarse la pelota cuarenta veces fuera una tomadura de pelo sin los goles que llevan a la victoria.